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TRIBUNA

Los últimos días de la URSS (2)

viernes 10 de diciembre de 2021, 20:55h

En diciembre de este año se cumplen 30 años desde la desaparición de la Unión Soviética del mapa mundial. El escritor y periodista, Boris Cimorra, dedica, en tres entregas, un amplio artículo a los acontecimientos claves, llenos de la tensión y del dramatismo, que, finalmente, culminaron con que “la URSS como sujeto de derecho internacional y realidad geopolítica ha dejado de existir”.

En la entrega anterior “LOS ULTIMOS AÑOS DE LA URSS (1): El golpe de Viskulí”, el autor ha contado cómo los presidentes de las tres Repúblicas Soviéticas – de las 15 que formaban la URSS – Boris Yeltsin (Federación Rusa), Leonid Kravchúk (Ucrania) y Stanislav Shushkévich (Bielorrusia) firmaron, el día 8 de diciembre de 1991, a espaldas del Presidente de la URSS, Mijail Gorbachov, en un lejano pueblecito, llamado Viskulí, un Acuerdo que ponía fin a la existencia de la URSS y proclamaba la creación de una Comunidad de Estado Independientes (CEI), formada por la Federación Rusa, Ucrania y Bielorrusia.

En la entrega de hoy se tratará de lo qué había sucedido a continuación.

La jugada final del Presidente de la URSS

Yeltsin vino a Moscú desde Viskulí y visitó a Gorbachov en su despacho del Kremlin, enseñándole el Documento de la disolución dela URSS, firmado con sus colegas ucraniano y bielorruso el día anterior.

A la reunión asistió Narsultan Nazarbáev, el presidente de la República de Kazajstán, invitado por Gorbachov. Él estaba impaciente por conocer todos los detalles y las explicaciones que daría Yeltsin sobre lo ocurrido en Viskulí. Presidente kazajo se sentía agraviado porque sus colegas eslavos no le hubiesen invitado a su reunión trilateral desde el principio y sólo se “acordaron” de él, cuando todo estaba ya decidido. Nazarbáev se encontraba entre dos fuegos y dudaba qué partido tomar. Apoyar y formar parte de la CEI o quedarse con Gorbachov que calificaba de ilegal el Acuerdo que habían firmado los tres líderes eslavos.

El cabreo de Gorbachov fue monumental.

Por favor, Boris Nikolayévich, cuéntanos cómo ha sucedido esto. ¿Acaso no te ibas a Minsk, como me contaste en este mismo despacho, a convencer al Presidente ucraniano para que se uniese al Tratado de Novo-Ogariovo estaba (el Tratado de una nueva Unión de las ex Repúblicas Soviéticas que Gorbachov estaba negociando en sustitución de la URSS)? Y resulta que Kravchúk te ha convencido de todo lo contrario. ¿Dónde está tu palabra?

Yo intenté convencer a Kravchúk para que firmara el Tratado de la Unión en cualquiera de sus posibles variantes. Que fuera de una vigencia de cuatro o cinco años, para ver cómo funciona. O que Ucrania se convirtiera en un miembro asociado de una Unión de las Repúblicas eslavas con el resto de las Repúblicas. Kravchúk se negó a aceptar cualquier idea que se refiriese a cualquiera “unión”. Por tanto la formación de la CEI ha resultado ser la única solución para no perder a Ucrania.

Os habéis reunido los tres y habéis decidido disolver la Unión Soviética ¿Pero quién os ha dado poderes para ello? El Gossovet (El Consejo del Estado) no os había encomendado tal misión. El Soviet Supremo de la URSS tampoco. Es un acto ilegal, de una irresponsabilidad sin precedentes. ¡Una traición! Hay que convocar un referéndum y que el pueblo decida la suerte de la URSS y no los líderes de tres Repúblicas.

La conversación iba subiendo de tono. Las acusaciones mutuas iban en aumento. La crispación entre los dos rivales subía de voltaje. Nazarbáev se había quedado mudo. No se podía creer lo que estaba presenciando.

Cuando Yeltsin intentó abandonar la reunión, Gorbachov le retuvo y bajó de tono. Finalmente, ambos rivales llegaron a un compromiso: el texto del Acuerdo sobre la CEI será enviado a los Parlamentos de las ya ex Repúblicas soviéticas para su valoración. Ahora todo dependería de los Parlamentos “republicanos”. O rechazaban el Acuerdo eslavo, simbolizado por Yeltsin, o se inclinaban por la firma del Tratado de la Unión, que proponía Gorbachov.

Gorbachov, después de la reunión con Yeltsin y Nazarbáev intentó hablar con los jefes militares para buscar su apoyo en la defensa de la integridad del país, sometida a una prueba de fuego con la proclamación por las tres Repúblicas de la disolución de la URSS, la “Patria” a la que los militares de todos los rangos habían jurado su lealtad.

Pero la reacción de los generales fue casi unánime. No dejarían utilizar las Fuerzas Armadas en las luchas políticas. Obedecerían a las autoridades que surgiesen de las negociaciones políticas, tendentes a resolver la crisis institucional que estaba padeciendo el país.

Y el mismo día en que los generales le negaban su apoyo a Gorbachov, el Parlamento Ucraniano con 288 votos a favor de 367 emitidos, y el Parlamento Bielorruso, con 263 votos a favor de 266 emitidos, aprobaban la disolución de la URSS ratificando el Acuerdo sobre la CEI.

El día 12 de diciembre el Parlamento ruso hizo lo mismo. No todos los diputados estaban de acuerdo, pero Yeltsin en su intervención había convencido a la mayoría de que: “En las actuales circunstancias, sólo la Comunidad de los Estados Independientes es capaz de garantizar la conservación del espacio político, jurídico y económico que se ha formado durante siglos, pero que está a punto de perderse en la actualidad. Finalmente, 188 diputados de los 263 que tomaron parte en la votación, votaron a favor del Acuerdo.

Eran muy malas noticias para Gorbachov. No le dejaban prácticamente margen de maniobra. Pero el Presidente de la URSS no se rendía e intentó jugar la última carta que le quedaba en su baraja política: movilizar contra el trío eslavo a las cinco Repúblicas centroasiáticas y para ello le pidió apoyo a Nazarbáev para que interviniese como un mediador.

El papel del Presidente de Kazajstán resultó muy importante en la fase final de la desintegración de la URSS. Él era un político astuto, ambicioso y con buen olfato. Hasta entonces, en las reuniones en Novo-Ogariovo (una residencia del Presidente de la URSS a las afueras de Moscú) y en el Gossovet, Nazarbáev siempre había apoyado a Gorbachov en su pugna con Yeltsin y Kravchúk en los temas del nuevo Tratado de la Unión, bloqueando de esa manera, con la complicidad de otros líderes “asiáticos”, las propuestas de los presidentes ruso y ucraniano.

Nazarbáev era un líder nacionalista que había llegado a la cresta del poder en su República, en verano de 1989, cuando el todopoderoso Secretario General del PCUS, Mijail Gorbachov, le había nombrado líder del Partido Comunista kazajo. Este máximo cargo en el poder “republicano”, pronto, al son de las reformas políticas de Gorbachov en el marco de la “Perestroika”, permitió a Nazarbáev convertirse en el Presidente de Kazajstán, copiando al propio Gorbachov, quien se hizo con el puesto del Presidente de la URSS.

Pero en diciembre de 1991, la situación era cardinalmente diferente. Gorbachov estaba totalmente debilitado y su poder a nivel del país era prácticamente inexistente. Mientras su rival, el Presidente de la Federación Rusa, se había convertido en la figura número uno, arrebatando al Presidente de la URSS todos los resortes de poder que éste tenía hasta entonces. Así que, Nazarbáev, debía medir meticulosamente todas sus acciones para quedar bien con “ambos” presidentes en Moscú donde uno lo era todavía de iure y el otro lo era ya de facto.

Nazarbáev estaba obligado a tener un trato especial con el Presidente ruso, ya que curiosamente en Kazajstán, aunque su nombre significa “país de los kazajos, éstos no eran la mayoría, como sucedía en las otras Repúblicas soviéticas donde la nacionalidad titular da nombre a la propia República. De los 16,5 millones de habitantes, sólo 7 millones eran kazajos, el 42% y el resto eran de otras nacionalidades: 6,5 millones de rusos (el 39%), un millón de ucranianos (el 6%) y algunas más.

O sea, que los rusos y los ucranianos juntos representaban la mayoría étnica en la república, pero esta superioridad no se reflejaba en los órganos de poder, mayoritariamente ocupados por los kazajos. Y, además, los rusos vivían concentrados en los territorios limítrofes con la Federación Rusa, en el Norte de Kazajstán.

Así que Nazarbáev se veía obligado a maniobrar en su política en el interior de la República – y lo hacía muy hábilmente – frenando, por un lado, los crecientes apetitos del nacionalismo kazajo y, por otro, apaciguando las tendencias separatistas de la población eslava. Y, claro, intentando evitar con sus acciones el enfado del vecino Presidente ruso.

Pero tampoco podía, de momento, dejar sin atender la petición de Gorbachov y empezó las consultas con los demás líderes centroasiáticos acerca de sus posturas cara a la nueva realidad, creada por la fundación de la CEI por las tres repúblicas eslavas.

Pero no todos los Presidentes reaccionaron igual. Los líderes de Tayikistán y Turkmenistán acudieron a Moscú para hablar con el Presidente Gorbachov, mientras los de Uzbekistán y de Kirguizia no lo hicieron.

No obstante, el Presidente de Turkmenistán, Saparmurat Niyázov, después de la reunión con Gorbachov, organizó en la capital turkmena, Asjabad, una reunión de los líderes de las cinco Repúblicas asiáticas: Turkmenistán, Uzbekistán, Tayikistán, Kirguisia y Kazajstán. Él propuso la idea, claramente proveniente de Gorbachov, de crear una especie de confederación centroasiática como contrapartida de la que habían fundado Yeltsin, Kravchúk y Shushkévich entre las tres Repúblicas eslavas.

Pero el “zorro” de Nazarbáev, en lugar de apoyar esta idea y de esa manera quedar bien con Gorbachov, se opuso a ella y llamó a sus colegas unirse a la CEI. En el último momento, el Presidente de Kazajstán decidió tomar el lado de Yeltsin, ya que la fórmula de una “alianza” de países independientes sin ningún órgano de poder supranacional, le atraía bastante más que el modelo de una Unión con ciertos elementos “centralizados”, que defendía Gorbachov.

Nazarbáev argumentaba que, sin la Federación Rusa, cualquier otra formación sería inviable, ya que las economías de las Repúblicas centroasiáticas estaban fuertemente ligadas a la de Rusia. “No podemos enfrentarnos a Rusia y romper nuestras relaciones económicas y de otra índole. Nos perjudicaría más que a ella” – insistía Nazarbáev. – Pero juntos ganaremos todos”.

Mientras uno de los pesos pesados del quinteto centroasiático, el Presidente de Uzbekistán, Islam Karímov, que representaba a una de las Repúblicas más pobladas de la Unión Soviética que con cerca de 20 millones era la tercera más poblada después de la Federación Rusa y de Ucrania, e incluía más de 14 millones de uzbecos como la etnia titular, no compartía el entusiasmo de Nazarbáev en el apoyo a la CEI. En su caso los rusos, la etnia minoritaria más numerosa no superaba el 8,5%, así que difícilmente podían influir en las relaciones de Uzbekistán con la Federación Rusa, como sucedía en el caso de Kazajstán.

Karímov deseaba independizarse lo máximo posible de los “rusos” y de lo que representaban en el pasado, al haber acaparado el máximo poder en la URSS. Pero, le gustase o no al Presidente uzbeco, tenía que entrar en una alianza con Rusia, para que la economía de Uzbekistán no sufriera un colapso si las fábricas rusas, el principal consumidor del algodón uzbeco, dejaban de comprarlo. O si la Federación rusa empezaba a vender sus productos petrolíferos a precios internacionales en divisas fuertes, en lugar de en los actuales rublos fuertemente devaluados. Uzbekistán no tenía grandes reservas en divisas y vender su algodón, de muy baja calidad, directamente en los mercados exteriores no era viable. Una cosa era cuando lo vendía la URSS, que tenía una gran estructura de comercio exterior y medios de transporte para suministrar sus mercancías, y otra que lo hiciese Uzbekistán, carente de todos estos medios.

El Presidente de Tayikistán, Rajmon Nabíev, y el Presidente de Kirguizia, Ascar Akáyev, tenían los mismos argumentos para apoyar la CEI. Eran Repúblicas no muy pobladas, entre 5 y 8 millones de habitantes, fronterizas con China y fuertemente integradas en la economía de la URSS, principalmente en la de la Federación Rusa.

Así que, el presidente de Turkmenistán, Saparmurat Niyázov, que era el anfitrión de la reunión y padre de la idea de crear una alianza centroasiática, se quedó solo y finalmente sumó su criterio al de sus colegas.

Al término de las discusiones, que duraron hasta las tres de la madrugada del día 13 de diciembre, se aprobó una declaración conjunta a la que unos periodistas bautizaron como la Carta musulmana. En ella, entre otras cosas se postulaba una principal condición: las 5 Repúblicas centroasiáticas entrarían en la CEI igual de “fundadores” como las tres Repúblicas eslavas.

Si el trío eslavo quería el apoyo mayoritario para la disolución de la URSS para darle a este acto la máxima legitimidad posible, tendría que admitir en su club a las cinco Repúblicas asiáticas en las condiciones que éstas estaban planteando. Los mismos derechos que los tres fundadores y un trato igualitario, independientemente del peso político-económico de los nuevos socios.

Tras obtener el apoyo de sus vecinos centroasiáticos, Nazarbáev les propuso a Yeltsin, Kravchúk y Shushkévich organizar en Alma-Ata una reunión de todos los líderes de las Repúblicas soviéticas para discutir la posible adición de éstas al Acuerdo sobre la CEI.

Para asombro de muchos politólogos que predecían si no el fracaso, sí una difícil y complicada negociación, la reunión se desarrolló sin grandes dificultades, en un clima amistoso y constructivo. Se discutió y aprobó por los 11 líderes republicanos presentes en la reunión (todos menos el de Georgia) la nueva versión del Acuerdo de la CEI, dónde todos los firmantes figuraban como fundadores, tal como habían propuesto las Repúblicas centroasiáticas.

Se aprobó la creación de dos órganos consultivos, el Consejo de los Presidentes y el Consejo de los Primeros Ministros de los miembros de la CEI.

Así que el éxito de la reunión en Alma-Ata fue rotundo. Fue la firma del certificado de defunción de la URSS como un Estado unitario y sujeto del derecho internacional. Pero, por otro lado, se estaba abriendo para las ex Repúblicas soviéticas una fórmula político-económica de cohabitación conjunta dentro de las fronteras de la extinta Unión Soviética sin limitar, en modo alguna, la plena autonomía para el ejercicio de sus estatus como países independientes. O sea que la CEI ampliada a 11 miembros había conseguido conservar el formato de unión que Gorbachov había intentado conseguir, sin éxito, con su versión del Tratado de Unión que ya no satisfacía a nadie.

El Acuerdo de Alma-Ata acabó con la última esperanza de Gorbachov de encontrar algún sitio para sí mismo en las nuevas estructuras de la CEI. Fue la sentencia del final para su carrera política. Sólo quedaban unos trámites jurídicos y protocolarios para que su dimisión fuera efectiva.

Más detalles, poco conocidos, sobre la última maniobra de Gorbachov para salvar la Unión de las ex Repúblicas Soviéticas, el lector los podrá encontrar en mi último libro “La Caída del Imperio Soviético, publicado recientemente por la editorial ACTAS.

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