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TRIBUNA

Cae la segunda Torre de Babel

José María Méndez
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axiologiatelefonicanet/9/9/20
viernes 10 de diciembre de 2021, 21:05h

En el relato bíblico queda bien claro que al principio todos los hombres hablaban la misma y única lengua. El paso a múltiples lenguas se presenta como un castigo divino a la soberbia del hombre, que intenta construir una torre que llegase hasta el cielo. El relato tiene una intención moralizante. La Torre de Babel es una metáfora que denota el intento humano de construir un mundo feliz de espaldas a Dios.

Sin embargo, el hecho de fondo, el paso de una sola lengua a muchas, tiene explicación. Cuando algunos primates recibieron el don supremo de los operadores lógicos, adquirieron al mismo tiempo la capacidad de dar nombre a las cosas. O sea, construir palabras materiales, las que designan algo. Las palabras formales son los operadores lógicos. No designan nada sino que relacionan o combinan las palabras materiales.

Nosotros estamos acostumbrados a dar nombre a las cosas con los fonemas compuestos de letras consonantes y vocales. Somos capaces de emitir los más o menos treinta sonidos distintos que tiene cualquier idioma actual. Pero los primates que pudieron por primera vez pensar y hablar no disponían más que de los tres o cuatro ruidos distintos que emiten los primates de nuestros días. Si es que llegan a cuatro.

Adán, Eva y compañía dispusieron muy pocas palabras materiales fónicas. La mayoría de sus palabras materiales tuvieron que ser gestos. También ahora usamos ocasionalmente el lenguaje gestual. Si tenemos la boca llena y alguien nos pregunta dónde hemos dejado el periódico, lo indicamos con un gesto de la mano.

Lo característico de los gestos es que son universales. Ese gesto indicando donde está algo lo entendemos todos. Lo mismo ocurre con esos dibujos simplificados en aeropuertos y lugares públicos indicando salida, inválido, etc. Equivalen a gestos. Todo el mundo los entiende. El lenguaje primitivo gestual fue único. El mismo para todos. Lo afirma explícitamente el Génesis, pero también el más elemental sentido común.

Tuvo que pasar la friolera de dos millones de años de evolución, para que los canales hipoglosales, por donde pasan los nervios que controlan nuestro actual aparato fonador, alcanzasen la anchura suficiente para emitir los treinta fonemas antes aludidos. Fue entonces cuando surgió la dispersión lingüística. En la época del relato bíblico se conservaba el recuerdo muy lejano, pero aún vivo, del lenguaje único primitivo.

La primera Torre de Babel no existió de hecho. Era sólo una metáfora. En cambio, la que sí existe es la segunda, la que los hombres estamos construyendo y casi ya está a punto de tocar el cielo. Empezamos a edificarla cuando Watt logró la primera máquina de vapor. Luego vino la enorme conquista de la electricidad y sus aplicaciones. Lo último y más formidable ha sido el cálculo lógico, que ha permitido que tengamos ordenadores. Y al conectarlos todos entre sí, hemos construido la plataforma Internet. En ella hemos instalado nada menos que la fotocopia del mundo, y hasta el perfil de cualquier persona que despunte un poco. A ella accedemos desde cualquier teléfono móvil. Aparte de eso hemos llegado a La Luna y disponemos de armas nucleares capaces de destruirnos todos en cualquier momento. La segunda Torre de Babel está ciertamente muy cerca de alcanzar el cielo. El hombre está más cerca que nunca de poder construir un mundo feliz de espaldas a Dios. Se ha llegado a escribir recientemente “El proyecto de la humanidad para el siglo XXI es alcanzar poderes divinos...pasar de homo sapiens a homo deus” (Yuval N. Harari).

Y justo en este momento viene el inoportuno e insignificante coronavirus. Un miserable bichito que ni siquiera es visible y hay que usar el microscopio para detectarlo. No hay mejor imagen del derrumbe de esta segunda Torre de Babel que ver a los más poderosos de este mundo con la humillante mascarilla puesta. Vamos para tres años con este universal símbolo de nuestra impotencia. Pusimos nuestra esperanza en conseguir las vacunas apropiadas. Las fabricamos y nos vacunamos la mayoría. Y resulta que la pandemia no termina. Rebrota con nuevas variantes, que nos obligan a encontrar nuevas vacunas, y otra vez a empezar de nuevo.

Otra metáfora bíblica de la soberbia humana fracasada es el gigante con cabeza de oro, torso de plata, vientre de bronce, piernas de hierro....pero pies de barro. Una piedrecita golpea los débiles pies y el gigante se viene estrepitosamente abajo. La piedrecita ha sido en nuestro caso el presente e invisible coronavirus.

La lección que recibe la soberbia humana es tan obvia que huelga cualquier comentario. Se trata del último y enésimo fracaso del humanismo ateo. A pesar de estar tan cerca, ya nos habíamos olvidado del fracaso anterior, la Revolución Rusa y la estrepitosa caída de la URSS.

Dada la magnitud de la actual pandemia, la primera de tan colosales dimensiones en la historia de la humanidad, incluso cabría preguntarse si estamos ante la primera de las señales de que el fin del mundo está a punto de llegar. Lo que concuerda con la impresión de que la segunda Torre de Babel está cerca de llegar al cielo.

Los textos bíblicos dicen que el Sol, la Luna y las estrellas del cielo se tambalearán. Pero eso es también metáfora. Lo esencial es que esas señales serán absolutamente universales, Todos los humanos las verán. No habrá nadie que pueda decir que no se ha enterado. Y esta circunstancia se da ciertamente en la actual pandemia.

Hace muchos años, en una excursión cerca de Lucena del Cid, llegué a Mas de Montoliú, hoy abandonada. Era la masía más alta de la zona, cerca de la cima de Peñagolosa, la mayor montaña de aquella parte del Maestrazgo. Su dueño me contó esta curiosa historia. Tenían de casi todo para comer en la aislada masía. Pero una vez al mes bajaba con un mulo hasta Lucena, para comprar lo que no producían: aceite, azúcar, sal, café, etc. En el bar se enteró de que había estallado en España una guerra civil. Al volver a la masía no le dijo nada a su mujer. Estaba criando, no tenían radio y así le ahorraría preocupaciones. Repitió el viaje y el silencio hasta que por fin se enteró en el bar de que había terminado la guerra. Fue sólo entonces cuando se lo contó a su mujer. Aunque parezca increíble, hubo en España alguien que ni se enteró de que había tenido lugar la espantosa Guerra Civil de casi tres años.

Digo esto, porque no se repetirá este caso con la actual pandemía. Ahora no hay nadie que no se haya enterado. Por eso precisamente me viene a la cabeza la idea de si no estaremos ante la primera de las señales del fin del mundo. Me impresiona tanto la extensión universal de la plaga y el conocimiento sobre ella, como la humillante impotencia humana, que no ha dominado todavía al minúsculo virus. Después de casi tres años, estamos como al principio.

Obviamente yo no sé si será o no la primera señal premonitoria del fin del mundo. Sólo afirmo que, en el supuesto de que lo fuera, ésa sería la mejor noticia que pudiera recibir, la que más me pudiera alegrar. Estaría ya cercano el momento en que el bien haya triunfado definitivamente sobre el mal.

José María Méndez

Presidente de la Asociación Estudios de Axiología

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