El valor de la crítica
Enrique Aguilar
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enrique_aguilarucaeduar/15/15/19/23
viernes 01 de febrero de 2008, 21:51h
Días pasados tuve oportunidad de releer algunas reflexiones de Octavio Paz relativas al valor del pensamiento crítico y del juicio independiente como remedios -sobradamente probados- contra las hegemonías de toda especie y las ortodoxias ideológicas: un presupuesto básico, por consiguiente, de la llamada democracia pluralista, entendido el pluralismo, diría Paz, menos como una doctrina que como “una regla de convivencia política y estética”.
Es cierto que algunos párrafos de El laberinto de la soledad, su “Posdata” de 1969, “El ogro filantrópico” o “El espejo indiscreto” no han podido superar la ordalía del tiempo. Otros quizá no alcanzan a despejar los interrogantes que, décadas después, nos suscitan. Desde Montaigne a la fecha, el ensayo no ha estado nunca exento de estos avatares que hasta parecen inherentes al género. Excuso añadir que, desligados de su contexto inmediato, los títulos mencionados pierden parte de su atractivo aunque todavía nos deslumbren por su factura literaria. Y, sin embargo, son muchas las enseñanzas que nos dejan. Así, como queda dicho, la valoración -plenamente vigente- que el gran poeta y ensayista mejicano hiciera del compromiso crítico.
Para Octavio Paz la crítica es, en efecto, “una forma libre del compromiso”. Lo cual supone, por lo pronto, que el intelectual sobrelleve su condición de outsider o inconformista que ha de reconocer en su soledad más bien una bendición que una condena. Paz creía que su deber como escritor era preservar su independencia de criterio frente al Estado, los partidos y las ideologías. Por otro lado afirmaba- si las divergencias son un “signo de salud intelectual y moral”, la uniformidad y la ausencia de discusión pública ocasionan, opuestamente, “la muerte del espíritu, la petrificación del pensamiento”. También nos exhortaba a recordar que tanto en el dominio del arte como en el de la política, el resurgimiento de la imaginación “siempre ha sido preparado y precedido por el análisis y la crítica”. Es que, en la medida en que sea de veras creadora, la crítica actúa como un “ácido benefactor” que a un tiempo disuelve las falsas imágenes y promueve la diversidad de voces y corrientes. La crítica, escribía Paz, “no es el sueño pero ella nos enseña a soñar y a distinguir entre los espectros de las pesadillas y las verdaderas visiones (…) es el aprendizaje de la imaginación en su segunda vuelta, la imaginación curada de fantasía y decidida a afrontar la realidad del mundo”.
No caben dudas de que el intelectual, al blandir las armas de la crítica y del libre examen, puede actuar en varios frentes. Pero ante todo, aseveraba Paz, debe atender al estado del lenguaje. “… Cuando una sociedad se corrompe, lo primero que se gangrena es el lenguaje. La crítica de la sociedad, en consecuencia, comienza con la gramática y con el restablecimiento de los significados” (la cursiva es mía). Por eso es que debemos procurar esclarecer nuestras palabras, “hacerlas de verdad instrumentos de nuestro pensar y no máscaras o aproximaciones”. De manera que la crítica, aun cuando se ocupe de temas sociales o políticos, es ante todo crítica verbal que, entre otras cosas, nos permite huir de la ramplonería. Una reflexión sobre el lenguaje (y por supuesto que el argumento es perfectamente trasladable a cualquier latitud geográfica o histórica) es, por ende, condición necesaria para purificarlo y extirpar gracias a ello “la ponzoña de la retórica oficial”.
Escribo estas líneas desde la Argentina, ese “desierto lleno de palabras” -según la agria expresión de Mallea-, donde es motivo de asombro el pequeño espacio que se reserva actualmente al saludable ejercicio de la crítica. De vez en cuando se alzan algunas voces decisivas que nos obligan a hacer un alto y a repensar un poco las cosas. Pero, excepciones al margen, preferimos desviar la atención, cerrar los ojos incluso y cobijarnos en el silencio. Nos comieron la lengua los ratones y no somos concientes de cuáles pueden ser las consecuencias de esta actitud en orden a nuestra madurez mental y a nuestro postergado desarrollo.
Ácido que disuelve las imágenes, decíamos más arriba siguiendo a Octavio Paz. Pero un ácido benefactor: eso es la crítica. Lo es en el ámbito político, en la universidad, en la convivencia cotidiana. Y algo más: la crítica, como ya lo sabía Ortega, siempre que sea bienintencionada y si se quiere no programática, es también una forma -austera, nada estentórea pero real- de patriotismo.
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Politólogo
ENRIQUE AGUILAR es director del Instituto de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidad Católica Argentina
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