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TRIBUNA

La electricidad frente al espíritu

lunes 13 de diciembre de 2021, 20:11h

Mi abuelo Vicente, cuando alguna vez se sentaba ante el viejo televisor en blanco y negro en que se emitían programas cuya ingenuidad no encontraría audiencia hoy, solía decirme: “no te creas nada, todo eso es electricidad”. Por aquel entonces pensaba yo que el abuelo había perdido la cabeza y negaba simplemente que el espectáculo que veía en el televisor tuviera lugar. Era yo el tipo de idiota que correspondía a mi condición de adolescente suburbano.

Mi abuelo conocía el territorio en que había nacido como la palma de su mano. En una ocasión en que le acompañé en uno de sus largos paseos me llevó, muerto de sed, a un pozo abandonado. No había medio de extraer el agua, hasta que recordó que entre unas piedras próximas se guardaba un cubo de lata amarrado a un largo cordel. Allí estaba – intacto desde hacía décadas – el viejo bote oxidado en el que, pese a todo, bebimos agua de aquel pozo olvidado. Hoy definitivamente olvidado.

Mi abuelo no dudaba que el espectáculo representado en el televisor existiera de algún modo a enorme distancia de la sala de estar de nuestra casa, pero recelaba de una electricidad que, si permitía aproximar lo distante, podría también distanciar lo próximo. Su sospecha no podría haber estado mejor fundada y el efecto más directo de esa electricidad ha consistido en una erosión de la memoria que fue, siempre, memoria local y compartida. Nada aleja más que el olvido. Yo no recuerdo ya ni pozo, ni lugar, ni recuerdo siquiera el sabor real del agua.

Y, sin embargo, mi situación no es todavía la situación extrema en que se encuentran todos los que han olvidado que han olvidado. Me ha venido mi abuelo a la memoria y he recordado también al campesino que siempre fue mi padre, forzado a un éxodo urbano de cuarenta años, al leer unas palabras de Wendell Berry[1] que – escritas hace ya mucho tiempo – están de actualidad hoy, cuando se extiende por la Europa del progreso el temor justificado al gran apagón. La interrupción de aquella electricidad, de la que mi abuelo desconfiaba, nos alejaría de todo y nos llevaría – desmemoriados y solos – a realizar con terrible perfección el estado del idiota absoluto y peligroso.

Si la electricidad desapareciera, tan sólo unos días, nos encontraríamos en una situación de dramática fragilidad y de terror delirante al prójimo, ahora tan distante. El transporte y la refrigeración, el teléfono y la telecomunicación, que es el único sucedáneo de comunicación que conocemos hoy, la preparación de alimentos, la calefacción y la dulce sumisión al ritmo circadiano de la luz y las sombras renovadas en su plenitud... En poco tiempo pasaríamos hambre real.

También la dispersión de la atención, que llamamos diversión, quedaría interrumpida porque las historias que nos entretienen están fabricadas muy lejos y no podríamos comerciar con ellas. Plataformas de televisión, redes sociales, la farsa del mundo electrónico quedaría inutilizada. “Tal calamidad – decía W. Berry – nos revelaría lo lejos que estamos del origen de nuestra cultura y nuestra economía, y hasta qué punto hemos destruido los cimientos de la vida local”. Sería una revelación dolorosa.

Pero acaso estemos olvidando también que la realidad elemental a que esa situación nos abocaría no remite sólo a la búsqueda de alimento o de medios de calentar la casa y preparar la comida. Esto sería olvidar lo que enseña Mateo 4:4, para admitir el principio falso que nos ha traído al actual estado del mundo: ese principio metafísico que hace de la llamada infraestructura económica toda la realidad y acaba haciendo de “economía” un sinónimo de “realidad”. Acaso sea preciso el ayuno de cuarenta días y cuarenta noches para recordar que “no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Esa palabra es tan real como el pan del que vive el hombre, porque se confunde con ese mismo pan.

La catástrofe energética nos expondría a los demás, cuando ni escuchamos la voz de Dios ni hablamos unos con otros. No nos contamos historias porque no tenemos historias que contar, dado que las historias brotan de la vida común que es siempre vida local. El estado económico al que nos arrojaría el apagón, es inseparable de la demolición espiritual que sufrimos.

Pudiera ser, sin embargo, que la abolición de la electricidad restaurara nuestra memoria al obligarnos a rehacer una vida económica local. Así al reconstruir una economía comunitaria, restauraríamos nuestra vida espiritual y aproximándonos por necesidad al vecino y dirigiéndole la palabra podríamos reconstruir, lenta y dolorosamente, una vida para contar. Destruida la electricidad, renacería el espíritu.

Recuerdo que mi abuelo siempre me recomendó que desconfiara de la electricidad y, aunque no era muy hablador o porque no lo era, supo mantener siempre la verdadera comunicación que me permite hoy evocarle tratando de recordar – ante un futuro sin luz – las historias que le animaban.

[1] Wendell Berry. El fuego del fin del mundo. Errata naturae. 2020.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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