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TRIBUNA

La regeneración democrática española

jueves 16 de diciembre de 2021, 20:38h

La regeneración democrática española como cuento de hadas de enredos amorosos, al estilo narrativo shakesperiano de “Un sueño de una noche de verano”.

La clase política en general, salvo honrosas excepciones ha perdido el decoro en sus expresiones y monsergas retoricas que crean confusión al ciudadano que demanda una regeneración democrática.

Pongo solo un ejemplo de un diputado que no pertenece a la élite de la clase política pero que demuestra una honradez y transparencia meridiana, que por una megalomanía exacerbada del presidente de su partido Sr. Rivera con 60 escaños suficientes para gobernar con mayoría con el PSOE , pudo evitar los pactos con independentistas catalanes y vascos como Bildu que impulsaron al partido más votado a una obligada cohabitación con Unidas podemos, y a la genuflexión, doblar el espinazo o inclinación de la cerviz, según queramos utilizar términos de eufemismos o coloquiales, para poder continuar en el poder.

Me refiero a Edmundo Bal, portavoz del grupo de Ciudadanos, quien proclama con resignada aceptación su baldío intento de abanderar la despolitización de las Instituciones públicas, alertando del peligro que conlleva para salvaguardar la democracia de que la oposición utilice sistemáticamente términos como la falsedad de las cifras en los presupuestos, la descalificación en la gestión de una crisis como la pandemia que cogió a todo el mundo occidental con mayor protagonismo en Europa como Alemania, Francia etc. Sin una guía de instrucciones.

Bertrand Rusell, un liberal de cuño en uno de sus discursos nos decía: “ Que los hombres que buscan con ahínco, dirigir los destinos de su país, no tiene porqué ser Santos o Héroes, solo debemos exigirles poseer un mínimo de ideales y códigos éticos ente ellos mencionaba: 1) La búsqueda de la Justicia 2) El afán del conocimiento para saber discernir la lenidad o importancia de los conflictos sociales y 3) Un grado normalizado de empatía con las capas sociales más desfavorecidas.

Hanna Arendt en su último libro: “Hombres en tiempos de oscuridad” nos cita que la paradoja de estos tiempos consiste en que al contrario que en otros momentos de la Historia, las grietas y las fisuras de la Democracia, no las causan solo los dirigentes totalitarios como Putin, Viktor Orbían en Hungría, el presidente polaco Aandrzej Duna o Erdogan de Turquía, sino que se conducen en simbiosis con la fermentación tumultuosa de los racimos de uvas de los viñedos de unos mediocres gobernantes que actúan como levaduras adheridas que propician la ebullición y el acaloramiento de una sociedad confusa y que ve como el gap de la desigualdad es cada vez mayor.

En tiempos de oscuridad, la vida se nubla con un velo de tinieblas en la que los ciudadanos abandonan sus sentimientos de responsabilidad colectiva y solo se aferran a solucionar sus problemas particulares, al perder su confianza en la clase política, dándole la espalda a la esfera pública con un acentuado recelo que inocula sus mentes sobre la inutilidad de votar a políticos en tiempos electorales cuando actúan dentro de un escenario teatral, con innumerables caretas de quita y pon en función de los intereses del partido.

“La comunicación y el dialogo entre políticos debe fluir al mismo diapasón que la cadencia musical. “Conversar no es discutir”, es compasar el ritmo de los acontecimientos buenos y malos logrando la sincronía entre la crítica y el reconocimiento al error.”

Observo abrumado, como cadenas televisivas en programas de debates en las que atrevidos contertulios sin grados de intelectualidad contrastada, lanzan diatribas contra el Rey Emérito, uno de los arquitectos de la modélica transición. En el programa de la Sexta noche del cuatro de diciembre, intervino un periodista de investigación al que siempre he venerado por su valentía y en el que presentaba la publicación de su último libro, comentando relaciones íntimas del Rey emérito que me sorprendieron, puesto que afirmaba con rotundidad episodios personales que en mi opinión trascendía la libertad de expresión , y que en mi opinión rayaba con la difamación al honor, puesto que el Rey Emérito no está imputado judicialmente y ha satisfecho sus obligaciones fiscales. Llego a la conclusión de que aprovechan los linchamientos mediáticos como una oportunidad, no tanto para revestirse de la pomposidad de la fama, sino la de aprovecharse de la “ Ola crematística” con la venta de sus libros, que genera ese mar proceloso de la infamia, muy propio de nuestra idiosincrasia nacional.

Max Weber uno de los fundadores de la Sociología moderna distinguía dos clases de políticos:

  1. Aquellos que viven para la política
  2. Los que viven de la política.

Los primeros son los que por vocación de servicio se entregan a una causa, mientras los segundos, son los que hacen de ella un modo de vida, una fuente de ingresos permanente.

Existe un dicho yanqui con relación a un presidente norteamericano al que la prensa le interrogó en ese periodo trágico posterior a la depresión de 1929, buscando respuesta del por qué no se angustiaba ante los problemas de desempleo, de empresas arruinadas, y de un futuro incierto. No dudó más de un segundo en responder “Just for the money”.

Acabo de escribir un libro al que titulo “Partitocracia versus Democracia” al que no encuentro editorial para publicar. Dada mi dilatada trayectoria profesional en Hoteles y Bodegas no he frecuentado círculos literarios, por lo tanto es comprensible que el libro carezca de una esmerada erudición literaria. Reconozco humildemente mis limitaciones como escritor, pero eso no es óbice para narrar con claridad dos de los cánceres que infectan el sistema económico de nuestra sociedad.

Uno es el desmedido gasto público, de los mayores de Europa, teniendo en cuenta el ratio por habitante, y otro el de conservar una paquidérmica burocracia. En el citado libro he tratado de exponerlo con la mayor simpleza y entendimiento para cualquier lector.

Finalizo con dos sonetos de la poetisa norteamericana Emily Dickinson, quien se distinguió por su sensibilidad y su optimismo antropológico ante la soledad y las adversidades de la vida, con el propósito de transmitir a los lectores esa virtud teologal de la esperanza:

Certidumbre.

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Yo jamás he visto un yermo

y el mar nunca llegué a ver,

me sumerjo en mi ensoñación

e imagino el valle florecer

y los rayos del Sol agonizantes

en el Mar, durante un bello atardecer.

El sueño compartido.

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Para hacer una pradera,

se necesita un trébol y una abeja,

acompasada de la magia de una fértil ilusión.

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