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TRIBUNA

De pandemias y pandemonios. Perplejidades de un ciudadano del común

viernes 17 de diciembre de 2021, 20:24h

Vimos los rostros sonrientes de los gibraltareños y se nos anunció la bendición de la vacuna. Más allá del recelo hacia alguna versión, los españoles nos vacunamos en masa, como lo hacemos todo. Ante cada período vacacional, no tanto tras el mismo, crece una ola que amenaza con arrumbarlo todo y todo son nuestras vidas. Por otra parte, cuando en Reino Unido se dicen confirmados 4.713 casos de infectados con la versión ómicron del virus, aparece el primer fallecido. Uno por 4.713 casos confirmados, aunque los expertos de guardia afirman que ha de haber unos 200.000 activos en Reino Unido. Ignoro la tasa de mortalidad de otras enfermedades no pregonadas, pero no parece una tasa especialmente alta. Son datos que extraigo de la prensa diaria, donde abreva la inmensa mayoría de la población. Otro medio cita un estudio británico que predice (sic) hasta 75.000 muertes por efecto de la variedad ómicron. Echen Uds. mismos la cuenta, a mi me salen muchos ingleses.

Los vaivenes gubernamentales – del gobierno mundial (OMS, FM, BM, OCDE...) y del gobierno local (Sánchez) – añaden desconfianza a una población que hace tiempo ve en sus gobernantes a simples administradores de unos intereses que, dicho brevemente, no son los suyos. Nos pusieron una dosis, que pronto se manifestó insuficiente y hubo de ir seguida de una segunda dosis. A esto lo llamaron “pauta completa”. Ahora, a pocos meses de los dos pinchazos, empiezan a predicarnos otro, luego la pauta no era completa.

Olvidemos el esperpento trágico de la primavera de 2020, del par de casos y la inutilidad de las mascarillas, del feminismo manifestante inmune al virus, olvidemos la confesión de la ministra que alarmó inútilmente del riesgo epidémico... olvidemos el veto a toda hipótesis relativa al carácter artificial del virus y su difusión a partir de un laboratorio chino, olvidemos el rostro de piedra del que se presenta como vanguardia europea en el tratamiento de la infección. Olvidemos. Olvidemos para poder seguir respirando, porque la atmósfera es asfixiante. Quedémonos con la actualidad, hoy se está vacunando a los niños y se prescribe una tercera dosis a mayores de cincuenta años. ¿Admitiremos con la habitual confianza masiva las nuevas decisiones?

Publicaba La Razón la noticia de un exceso de muertes inexplicables de carácter súbito y se alude a miocarditis asociadas a la vacuna. Pero la mera alusión a estas cuestiones te pone en la lista negra de los paranoicos suspicaces, no veo por qué la entrega acrítica a las cambiantes decisiones gubernamentales no se considera panfilismo o idiocia. Será, supongo, porque para esto no hay vacuna.

Mires Uds. el rostro compungido de los voceadores del Reino, periodistas afligidos por las grandes catástrofes, la dramaturgia de cuyo dolor resultaría ridícula, si no fuera repugnante. Caras de tristeza irredimible o de justa indignación ante los desembozados, miren Uds. a los que exigen el abandono de los asociales e incívicos que, negándose a ser vacunados, resulten enfermar. Miren Uds. el miedo que nos da, que nos vamos a morir. Es verdad que los españoles, vacunados en masa, pueden moverse más por las ganas de salir y dar la cara que por confianza alguna en la funcionalidad médica del pinchazo. Puede parecer paradójico, pero somos así: todavía no nos da tanto miedo morirnos y por eso nos vacunamos. Muchos europeos de ultrapuertos – más temerosos o racionales – recelan de la vacuna y no se la ponen, desconfían de los gestores y los expertos y quieren preservar su vida, que consideran en riesgo antes por la vacuna que por el virus.

Nada sabemos del más allá de las fronteras, cotidianamente violadas, del mundo desarrollado. Allí no llegan las vacunas, de las que tanto recelamos hoy. Pese a todo, sirve de ocasión para el reproche: niñatos ociosos, ricos sin escrúpulos que rechazan la balsa de salvación que pudiera haberse ofrecido a otros más necesitados. Además de suspicaces paranoicos, somos egoístas desagradecidos. Varios siglos de liberación de la culpa, parecen concluir en una inculpación generalizada. La pena que merecen los recalcitrantes antivacunas será pronto dolorosa. Esperen y verán.

Y al compás de la infección se difunde un totalitarismo médico-publicitario, una unanimidad inducida y pautada con verdadero rigor por una versión renovada del gran hermano, de rostro amable. La sociedad que fundan gobiernos, corporaciones internacionales, universidades y redes de expertos han aprendido a armonizar y entonan un himno unísono, bajo inspección de comisiones de verificación que vienen a preservarnos del bulo o de las fake-news. Sorprendente, especialmente en esta Europa que hizo de la dialéctica y la controversia uno de los elementos de la libertad y un rasgo característico de su constitución histórica.

Así, los que nunca fuimos contrarios a las vacunaciones vamos arqueando las cejas, frunciendo el ceño y, en resumen, poniendo un mohín primero de sorpresa, pero cada vez más de sospecha y de asco.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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