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Novela

María José Ferrada: El hombre del cartel

domingo 19 de diciembre de 2021, 21:20h
María José Ferrada: El hombre del cartel

Alianza. Madrid, 2021.160 páginas. 16 €. Libro electrónico: 10,99 €.

Por Francisco Estévez

Precedida por el consenso de tres premios literarios de renombre en Chile la tierna y dura novela Kramp (2017) destacó a María José Ferrada (1977) como una de las voces chilenas de mayor singularidad. Era aquel un inteligente relato sobre la dictadura chilena alejado de cualquier atisbo sentimentaloide o cancelatorio, un equilibrado juego alegórico que tiene caprichoso paralelo en España con Intemperie (2013) de Jesús Carrasco. La insoslayable dictadura chilena se cierne en ámbitos literarios como portentoso parteaguas nacional hasta originar la llamada “literatura de los hijos” según acuñación de Alejandro Zambra en su célebre Formas de volver a casa (2011) y en cuya tradición se inscribe María José Ferrada al dar una vuelta de tuerca al ya manoseado tema de los años oscuros de Chile y su abrumadora reflexión con un ingenioso y delicado tratamiento formal, vuelca el subgénero para excederlo.

En esta segunda novela que roza también los límites de la novela corta o relato largo Ferrada insiste en el tono alegórico. La trama insinuada esta vez con más detalles sin perder simbolismo al quedar engastada en cierta fabulación urbana cuasi surrealista que asentaron algunos cuentos breves de Italo Calvino. Revelados los precedentes y querencias, el relato, de nuevo en boca de una voz narradora infantil rememora el anómalo incidente por el cual Miguel decide buscar palabras propias frente a la tarea de buscarlas en el diccionario. El tema de la educación común a la novela Kramp, al que se añaden otros del mayor interés y mejor tratamiento aún como son los complicados lazos comunitarios, la falsa tolerancia, la exclusión social y, en suma, la contradicción del ser humano.

La dificultad de la narración con perspectiva infantil tiene aquí un magisterio inusitado no solo por los continuos y sorprendentes hallazgos narrativos, incluso visuales (tipográficos), sino por la sagacidad de combinar la candidez infantil con el fino escalpelo social de aquellos que todavía no están del todo socializados, como son los infantes. La voz narradora del niño afilada con ternura, solo en las últimas páginas descubrirá su propio nombre, Miguel. Una mirada lúcida, que de pasada, pespuntea punzantes visiones sociales de tal manera que las sombras de los abuelos pueden mimetizarse con las manchas de humedad de las paredes.

El texto queda dividido a la manera de un extraño diario personal en dos partes, en la primera los distintos capítulos que forman los días de una semana; “Los días restantes” es la segunda parte compuesta de otros brevísimos capítulos sueltos. El coprotagonista, Ramón, y no hay duda de ser él al estar aupado al propio título del texto y ser motor de la historia, es un marginado por voluntad propia del que, consecuentemente, apenas tendremos más que noticias laterales siempre pues también resulta casi excluido de la historia.

Ramón vivió una infancia muda y sufre nostalgia de aquella soledad, otra forma de vida no amarrada a lo material ni a la palabra. De tal modo, se convertirá en un atractivo profesor y nuevo maestro de Miguel cuando, huyendo del guirigay urbanita, decide subir a vivir al cercano cartel de Coca-cola que orilla el bloque de viviendas de la periferia en busca de silencio total. A su vez, Paulina conoce la naturaleza de las palabras y la madre del niño, sin embargo, mete a bulto en una palabra varios conceptos.

Otro magisterio es el tratamiento espacial de la novela, con momento álgido en el repaso de las capitales latinoamericanas mezclado con la creación de ciudades barro. La rápida observación del niño entre lo que ocurre arriba en el cartel y lo que ocurre abajo en el bloque de la periferia urbana le pondrá en aviso. Y así ante la Junta de Vecinos, el asentamiento de los Sin Techo, surge la necesidad de ubicarse en planos intermedios. Todo lo cual simbólicamente pudiera remitir con sutileza a la historia cercana de Chile y los problemas de enfoque generacional. En tal clave podemos leer el tiernísimo mitad juego mitad truco de respiración para evadirse de la realidad por parte de Miguel.

De guinda al pastel, por todo el texto brilla un español diamantino, que dispensa maravillas sensoriales volcadas a lo narrativo con una destreza inusual, valga de ejemplo como describe el coladero de luz por entre las grietas: “Agujeros, por los que entraban rayos que iluminaban solo un objeto a la vez: sol de la taza, satélite del tarro de café, luna de la bolsa de azúcar”. María José Ferradas tiene un talento de excepción y el temple de muñeca suficiente para afrontar retos si cabe todavía más ambiciosos cuando su voluntad disponga. El hombre del cartel es una obra mayor dentro de un género pequeño porque no es menor la categoría del relato largo o novela corta, y por el hecho de ser sobresaliente es una de las novelas del año que desfallece sin remedio ante nosotros.

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