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TRIBUNA

Una noche de Fitzgerald

Miguel Ángel Gómez
viernes 31 de diciembre de 2021, 18:00h

Scott Fitzgerald abriría los ojos y se quedaría asombrado al descubrir que no se halla en el más allá. Se pondría contento solo de pensar en el coñac que le esperaría. Afuera los envidiosos se arremolinarían pacientemente a mi modo de ver. Secretarios instalados calmosamente en su mecedora ante la mala escritura, se apresurarían para presentarle sugerencias. Verían que F. Scott no tiene una voz sin realce, cargada de estática, como no la tenía el profundo Ernest Hemingway. De verlo,d lo abrazaría durante mucho tiempo, en lo literario notaría una nueva forma de sol todos los días. A algunos escritores les gusta economizar, pero yo no soy de esos. Escribiría: “Se limita a mejorar, si puede, lo que imita en el terreno del estilo” o “Elige, a partir de su propia interpretación de las cosas que se hallan a su alrededor, lo que constituye su material”. Sí, claro que iría a por gatos para poder escribir en paz el último trecho de mi obra La aristocracia del mundo del espíritu. Me encanta el sonido y la sensación de viento que trae a F. Scott Fitzgerald. Los años desperdiciados no importarían tanto, si suena música en la radio, de los años 20. En los ríos del inconsciente, siendo alguien con tendencia a la divagación pienso en Fitzgerald. ¿Dónde están los escritores que no piensan más que en su arte las 24 h, cuyos pensamientos ruedan como bolos, que van callejuela adelante a por camaradería, que hacen jornadas de ocho horas, a pesar de mugrientas paredes atraídas por palabras? Fitzgerald, el bueno de Fitzgerald, me llevaría a la isleta de cemento para sentir la llegada del viento helado. No habría abdicación, arriba pendería sobre la ciudad una luna de color naranja. Nos llevarían en coche hacia el aeropuerto y viajaríamos a París tras afeitarnos, cortarnos y plegar un trozo de papel higiénico para presionar con él todas las heridas.

Estoy en el café. Es solo un presentimiento tan lejos de todo el mundo, pero es posible, amigo mío, que el señor Fitzgerald esté dentro de mí alimentándose de mi juventud. Lo veo como una figura familiar. Mi salvador. Mi testigo de batallas actuales. Son muchos minutos buenos y tranquilos. Oigo su voz, como si regresara de su relato “El pagaré”: “El de arriba no es mi verdadero nombre: el individuo al que pertenece me dio permiso para firmar con él esta historia. Mi verdadero nombre no voy a divulgarlo. Soy editor. Acepto novelas interminables sobre amores juveniles escritas por viejas solteronas de Dakota del Sur, cuentos policíacos sobre millonarios con clase, chicas de vida apache y ‘grandes ojos negros’”. Tras salir del café doy vueltas, como estuve haciendo desde principios de mes, veo las cosas tal cual son. El futuro es dar golpes en el volante, al ritmo de la música, hablar con lentitud y articulando las palabras, pensar en mi Zelda particular y estar solos en el hotel, no quedarme colgado ni aquí ni adonde vaya luego. Tenderse a la sombra. Que nos guste tendernos a la sombra. Tomarnos tranquilamente unos brandis, descansar y dormir, estar juntos. Sé que, como haría Scott Fitzgerald, me encantaría hablar de mí mismo, me sentiría mejor, estoy convencido, estoy absolutamente seguro. No estaría solo. Bajo una lluvia ligera caminaríamos hacia la puerta abierta de los taxis, dejaríamos una propina descomunal.

Llevo años queriendo ser F. Scott Fitzgerald, encender otra vez un pitillo y lanzar al aire tremendas nubes de humo y de aliento congelado. ¿Vamos al hotel Plaza esta noche y hablamos de mi libro? Calle Cincuenta y torcer en dirección a la Avenida, tener sabiduría y talento, mostrarse entusiasta con las obras a pesar de los críticos incultos. No hago más que decirle a la gente que yo soy F. Scott Fitzgerald, llevo ropas nuevas, no son grises ni marrones. Todo vuelve a enderezarse en mi alma: pude escribir 2000-palabras esta noche en la versión final de esta semana. No tengo miedo a no poder escribir. Escribir, por ejemplo, sobre la acomodadora de Keith’s, la señora Noble, el ataque de mortal aburrimiento, los adornos sobre las paredes que brillan, las mentes sazonadas por la dureza de su plan de vida, los inviernos en Kansas, los Woods, las enfermeras, los historiales, los negocios, los cambios específicos, Vincintelli, el señor Hughes, el 6632 Beaning Avenue, Bill, los inconvenientes, los guiones, George Burns y Grace Allen, el Gran Gatsby, tus amigos y los míos.

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