Llevo tiempo pensando en hacer un comentario de una obra de un autor japonés, Inazo Nitobe (1862-1933), titulada, en su edición original inglesa, Bushido: The Soul of Japan (Boston, 1900).
Esta primera semana del nuevo año, con las mismas noticias enervantes del pasado, es la ocasión propicia para dedicar unas líneas a ese escritor y a su obra, Bushido. El Alma de Japón (Clásicos, Satori, 2017), en la traducción de Gonzalo Jiménez de la Espada (1874-1938), uno de los primeros estudiosos de la cultura nipona entre nosotros, miembro de la Institución Libre de Enseñanza, discípulo destacado de Francisco Giner de los Ríos (1839-1915), quien le alentó a que aceptase la invitación de las autoridades educativas del Japón para integrarse en las universidades de ese país, inmerso en el espectacular proceso de modernización que supuso la era Meiji (1868-1912).
Inazo Nitobe nació en una familia de samurais, la nobleza feudal japonesa, una clase social privilegiada que dominó Japón durante siglos, al menos desde el siglo XII a 1868, y cuya influencia era parecida a la de los nobles europeos medievales, con la diferencia de que su influencia -influencia no sólo política, sino el amplio ámbito de la civilización - se prolongó hasta más allá de la revolución Meiji.
La revolución Meiji fue como si el papa hubiese unificado Italia. En Japón, el emperador, una institución puramente religiosa y sin poder político alguno, apoyado por clanes o daimios que aspiraban a que Japón fuese respetado por los países extranjeros, se convirtió en un poder centralizador, cuyo gobierno deshizo el poder de los samurais, y que puso en marcha un proceso dramático y exitoso de desarrollo capitalista y de apertura al exterior, con rasgos que pronto tuvieron mucho de imperialismo; en 1905 Japón asombró al mundo al derrotar militarmente a Rusia.
Japón, Alemania e Italia se unificaron como Estado casi a la vez. El desarrollo del capitalismo industrial y la difusión de la ideología nacionalista entre las clases cultas de esos países, han sido la explicación tradicional a su ascenso en aquellos años (que Gran Bretaña no supo calibrar), y también son el marco argumental para conocer el despliegue paralelo de su militarismo, responsable de la II Guerra Mundial.
Japón tiene sus singularidades. El nacionalismo japonés tiene más elementos religiosos que los nacionalistas alemanes o italianos, y en general, que los países de raíces cristianas. Pero Inazo Nitobe dice en su libro que la religión en Japón no es como entre los cristianos, pues no es religión según el modelo la fe judeocristiana. Al comienzo de su obra, Nitobe recuerda una conversación con Émile de Laveleye, un prestigioso jurista belga: “Quiere usted decir -preguntó el venerable profesor- que no tienen ustedes instrucción religiosa en sus escuelas?” Ante mi respuesta negativa se detuvo repentinamente, lleno de asombro, y en una voz que no olvidaré fácilmente, repitió: “!No tienen religión! ¿Cómo dan ustedes la educación moral?” La pregunta me dejó entonces desconcertado. No podía dar una respuesta inmediata, porque los preceptos morales que yo había recibido en los días de mi niñez no procedían de las escuelas; y hasta que empecé a analizar los diferentes elementos que formaban mis nociones del bien y del mal no comprendí que era el Bushido el que los había inspirado en mis pulmones.”
Esta es la tesis fundamental del libro de Inazo Nitobe. Para este autor, miembro de una familia de nobles guerreros feudales, lo que él define como Bushido es en realidad la religión del Japón. El nuevo Estado Meiji se funda sobre ese credo, un sincretismo que contiene un politeísmo naturalista, una fusión de la éticas taoístas, confucianas y budistas, y todo eso sintetizado dentro del Shinto (el sintoísmo), una cosmovisión más moral que religiosa, y en la que destaca el culto al emperador nipón.
El Bushido que Inazo Nitobe describe, según él, es como la moral de los nobles caballeros feudales de la Edad Media, sólo que completamente vigente en el siglo veinte, aún a pesar de los cambios de la era Meiji. Inazo Nitobe, como muchos jóvenes abiertos a occidente, se convirtió al cristianismo, bien que dentro de la fe cuáquera (contraria a cualquier forma de clericalismo, y con un fuerte compromiso con la igualdad radical de los seres humanos); su cristianismo era intensamente sincrético.
Mientras algunos samurais escribieron, durante siglos, la justificación de la moral exclusiva de su clase o clan, Inazo Nitobe encuentra en el Bushido los valores éticos similares a los de los nobles europeos medievales: lealtad, cortesía, honor, autocontrol, suicidio como reparación de inmoralidades, etc. Inazo Nitobe, cuya cultura en inglés y en alemán fue portentosa, creyó que el Bushido sería el vehículo del entendimiento del Japón con el mundo; fue un cosmopolita, militante pacifista, defensor del esperanto, y que llegó a ser una las máximas autoridades de la Sociedad de Naciones en Ginebra (el precedente de la ONU). No llegó a ver el horror militarista japonés, previo a la II Guerra Mundial. Entre 1984 y 2004, con un Japón democrático, los billetes de 5.000 yenes tenían grabado su retrato.