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TRIBUNA

Hipólito Taine y las historias de literatura

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 14 de enero de 2022, 20:20h

El formalismo ruso ( Jakobson, Todorov, Propp, etc. ) fue la expresión cultural de una impotencia o pereza: es extremadamente difícil estudiar las literaturas nacionales desde el contexto histórico en el que nacen, desde las sociedades de las que son puros productos. Pero el siglo XIX había demostrado, con Hipólito Taine y su Historia de la literatura inglesa ( 1864 ) que se pueden escribir historias de literatura nacional desde su contexto histórico, desde su ambiente social y cultural, como explicaciones de los mismos. Es verdad que es muy difícil y que Taine ha sido uno de los grandes sabios franceses, pero un alto grado de dificultad no entraña que la hazaña sea imposible. León Trotsky tenía razón cuando en su opúsculo Literatura y Revolución, atacaba este formalismo y neokantismo crítico: el estudio formal de una obra maestra nos enseña su carcasa, su delicada confección artesanal, no su última razón artística ni su origen étnico, del mismo modo que Max Scheler demostró, en contra de la Razón Crítica de Kant, que se puede construir una ética material de valores apriorísticos y universales. No se puede analizar una obra maestra como una presea descontextualizada, caída como un meteorito, sin origen conocido, a la tierra.

Cuando sobre genios como Molière o La Bruyère Taine era capaz de decir que “saboreamos en sus obras nuestro placer nacional”, era porque su inmensa cultura histórica y sociológica le hacía entender aquellos genios desde la Historia de Francia y la sociedad francesa, esto es, desde la clave de lo francés.

La Historia de la literatura inglesa no sólo es una historia de grandes escritores y obras maestras, sino sobre todo de ingleses geniales que a través de sus obras inmortales, teñidas de sociedad inglesa, llegan a plasmar el alma inglesa. Del atractivo de la lírica inglesa – la mejor lírica de la literatura universal – se desprende el perfume de la sociedad inglesa, su “intrahistoria”. Edmund Waller, que había alabado primero a Cromwell y después a Carlos II, y que artísticamente alabó mejor a Cromwell que al Rey, se disculpó así ante el monarca: “Los poetas, señor, son más afortunados en la ficción que en la verdad”. Sólo podían ser ingleses este poeta y este Rey. William Temple fue el primer escritor que puso al Quijote como la mayor obra escrita desde el Mundo Clásico. Sin duda, porque la falta de realismo del Quijote y su idealismo humanista sintoniza más con el espíritu inglés que con el realismo garbancero de España.

El espíritu inglés es epicúreo, por ello mismo han sido siempre los mejores traductores de César, Lucrecio, Horacio, Virgilio y Ovidio. La literatura inglesa es monárquica en el sentido más profundo del término, y es una atmósfera fuertemente cortesana – la atmósfera de las conversaciones de los grandes salones – la que la configuró de una vez para siempre. La corte inglesa siempre trajo consigo la conversación, la vanidad, la obligación de parecer ilustrado y de tener buen gusto, todos los hábitos de salón, que son las fuentes de su literatura clásica, y que en señan el arte de hablar bien. El mismo Dryden afirmaría en su Defensa del Epílogo de la conquista de Granada: “Si alguno me pregunta qué es lo que ha refinado tanto nuestra conversación, responderé que la corte”. Al paso que los literatos aprenden a saludar y a tener poses nobles, los cortesanos aprenden a escribir.

Existe una obligada correspondencia entre el espíritu de un escritor, el mundo que le rodea y los personajes que produce; porque de ese mundo toma la materia de que los hace. Los sentimientos que contempla en los demás y que experimenta en sí mismo, se organizan en caracteres. No puede inventar sino según su complexión nativa y la experiencia acumulada, y sus personajes no hacen más que manifestar lo que él es o compendiar lo que ha visto. Toda obra maestra responde a un espíritu nacional, y por eso mismo puede llegar a ser universal.

En lo cómico inglés hay siempre un fondo de acritud. Su ironía y su sátira devienen siempre de una herida. Un inglés corteja a una inglesa.

  • Es menester que me dejéis hablar, señorita; vos no debéis hablar primero. Yo os haré preguntas, y vos responderéis.
  • ¡Ah! ¿entonces es como el Catecismo? Corriente. Vamos, preguntad.

Incluso los autores ingleses del siglo XVII se ponían por encima de la magnífica literatura del Siglo de Luis XIV: “Nuestro robusto inglés no obedece aún al arte, pero es más a propósito para los pensamientos viriles (…) Hay en nosotros, en nuestro estilo, una imaginación más varonil y un aliento más grande que en ninguno de los franceses.”

Toda literatura nacional se rige por sí misma, y ninguna literatura nacional puede regirse por otra; lleva en sí su contrapeso, y no admite contrapeso de ningún otro lado; forma un todo inviolable: es un conjunto de compatriotas animado que vive de su propia sangre, y que languidece o muere si se le quita una parte de su sangre para reemplazarla por sangre extraña. La imaginación de Shakespeare no puede ser guiada por la razón de Racine, y la razón de Racine no puede ser exaltada por la imaginación de Shakespeare; cada una es buena en sí, y excluye a su rival: mezclarlas es producir un bastardo, un enfermo y un monstruo. Todo el ser y toda la belleza de cada literatura nacional consisten en el acuerdo de sus partes: alterar ese acuerdo es abolir su ser y su belleza. Cada literatura nacional tiene una concepción propia y consecuente; no hay que mezclar jamás dos concepciones extrañas. La literatura nacional es la conciencia artística que nos habla de lo que somos, de lo que amamos y de lo que hemos sentido. Es verdad que gracias al estructuralismo y el formalismo hemos penetrado en las obras maestras como relojeros en la mecánica de relojes perfectos, y ello nos ha brindado el conocer y saborear mejor la obra literaria como una delicada confección de alta cultura, pero sería incompleto nuestro acercamiento si no enmarcáramos la obra literaria en el devenir del pueblo en el que nace.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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