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TRIBUNA

Pero ninguno renunció y se siguen sumando

lunes 17 de enero de 2022, 20:32h

Siendo piadosos, empecemos por decir que acaso uno de los más difíciles problemas que la dirigencia argentina debe resolver es el de la convivencia. Vivimos en condiciones de grieta. Mientras el país se desangra inexorablemente y necesita de la unidad, los poderes de turno se degradan en desmesurados enfrentamientos la mayoría triviales; parecen perros y gatos o, para ser más clásicos en el lenguaje, tirios y troyanos. El arduo y enojoso asunto de la política -ese “juego sucio entre matones”, en el concepto de Azorín-, es personal y corporativo, casi infantil en algunos casos, pero persistente y abrupto.

Se acaban de cumplir veinte trastabillantes años de los patéticos sucesos que conmovieron a la República y costaron una considerable cantidad de vidas humanas y una pérdida económica fabulosa. El año 2001 ha quedado en la memoria como una fecha trágica de vértigos y traiciones en la que en menos de una grotesca semana, transitaron cinco presidentes. En aquellos momentos, harta ya de sus políticos, la gente salió a la calle para pedir “que se vayan todos”. Fue solo una explosión circunstancial, una genuina expresión de deseo, que muy pronto se diluyó en nada. Ninguno se fue y la historia, que no se repite de idéntica manera, pero encuentra similitudes y no deja de suceder es, como decía Thomas Carlyle, la de sus principales protagonistas; en este caso la de sus cabecillas o capitostes, por lo general corruptos y responsables de lo que nos abruma con hechos harto desagradables que se siguen proyectando.

Por empezar, somos un país caracterizado por sus poderosas e invencibles corporaciones que conviven en complicidad asignándose beneficios especiales y sueldos fabulosos; sobre todo si los comparamos con el resto de los ciudadanos. Una ex presidente, por citar un caso, cobra jubilaciones que superan olímpicamente en demasiadas veces a la de un jubilado común. De esta manera, la encastada “clase dirigente argentina”, por llamarla de alguna manera, se sigue defecando encima de la sociedad a la que representa; pero la mayoría de la gente no reacciona, aunque es bien sabido que no hay nada más cómodo para un individuo que elude con firmeza la lucha por sus derechos y valores, que negarlos. Esa negación nos lleva a un lastimoso estado de sosiego y a la resignación. “Aguantemos total yo voy tirando, aunque se embromen los vecinos”. Más o menos lo que sucede (entre tantísimas otras cosas negativas) con nuestra iconoclasta “sociedad del medio pelo”, como la caracterizó don Arturo Jauretche, que, de alguna manera y por mera comodidad, subestima sus valores casi sin darse cuenta que está salivando para arriba. Sobre todo, porque se refugia en esos valores y los utiliza como excusa para tratar siempre de sacar provecho individual o corporativo. “A los demás que los parta un rayo”. Es así que indiferente, cuando no escamoteadora, solo reacciona si le metan crudamente la mano en el bolsillo, su órgano más sensible, y vaya si se la meten ahora con una calidad de vida que se degrada día a día. Individualista y altanera, es ella para ella misma. “¡Yo argentino!”, fue un recurso usado en Europa, durante la contienda bélica, para eludir cualquier forma de compromiso y mantenerse neutral. Y de la misma manera prosigue en estos días. Como decía un famoso maestro de la literatura: “el argentino no es un ciudadano, es un individuo”.

Un caso muy curioso el nuestro. Producimos todo el tiempos personalidades talentosas y brillantes (nos basta con echar una mirada a científicos, artistas y escritores que la Argentina ha dado y sigue dando al mundo); pero, ocurre que, colectivamente, no somos inteligentes. Es como si hubiera una relación inversamente proporcional entre la creatividad individual y la torpeza comunitaria. Se apela a la demagogia, a la mentira, boicoteando las posibilidades de diálogo y unidad. Sin embargo, quizá existe una mayoría silenciosa con necesidades concretas, que no está ideologizada, que vive al día y que quiere convivir en paz y dignamente; pero, claro, el problema siempre son los extremos. Eso nos ha conducido a las guerrillas, al terrorismo de Estado, a los insanos gobiernos militares. Cosas inadmisibles que nos han sumado a la tragedia de toda América Latina.

No nos queda otra cosa que apelar a la razón, al diálogo, a escucharnos y debatir con nuestros fracasos por delante, pidiendo concordia, y una básica cordura que es lo contrario de la discordia. Reclamar un diálogo, el debate, el compromiso y la negociación. La democracia en este caso es esencial y lo sano que tenemos por delante, el instrumento electoral que nos permite ir aprendiendo mientras se avanza. Por supuesto que no somos los únicos en el mundo, España también afronta un problema similar, porque el PSOE y el PP, que deberían encarnar un diálogo difícil y asumir un compromiso doloroso, pero de buena fe, están como pasmados y no reconocen al otro como interlocutor; al tiempo que parecen haber olvidado el saludable “Pacto de la Moncloa”, que los unió en un objetivo común para bien de la patria.

Pero insistimos, ¿qué más nos queda a los argentinos? Las soluciones deben venir de adentro, no de afuera. No somos optimistas profesionales, pero creemos que estas sucesivas elecciones y críticas a quienes nos gobiernan, muestran un aprendizaje del ciudadano, que cada día entiende mejor que debe exigirle cuentas al poder de turno. Karl Popper, el célebre teórico liberal del siglo XX, decía con cierto pesimismo que “la democracia es quitar al mal gobierno para que entre otro gobierno que puede equivocarse y, en el último caso, también habrá que quitarlo. Y así, sin duda, hasta aprender”. Sumisa y conformista frase que no garantiza demasiado. Pero, bueno, es así el medio que nos rige, el único posible que nos ha sido dado y, como justificaba el estadista Sir Winston Churchill, “es cierto, la democracia es el peor sistema de gobierno, a excepción de todos los demás que se han inventado”

Desde hace décadas, a esta dirigencia política argentina (sea la de un lado o del otro) se les ha escapado todo de las manos, salvo cuando actúan en beneficio propio. Ahí están de acuerdo, como ha sucedido con la reelección in aeternum de los intendentes, una casta política especial a la que se denomina peyorativamente “barones del conurbano bonaerense”, que no son otra cosa que sujetos encerrados en sus mezquinos intereses, impulsores de falsedades claramente evidentes. El otro ejemplo es lo que ha pasado con el actual presupuesto, donde con cifras que no tienen al alcance revertir, y ya ni siquiera discutir “a proprio agio e piacere” han dibujado con cifras que impunemente, balanceando números solo satisfacen a ellos mismos y a sus propios partidos. De tal manera, con evidencias inocultables, muestran una economía cada día más quebrada. Sin embargo, la casta política sigue siendo la corporación más manipuladora. Están al frente y pretenden dar cátedra desde sus bancas en un país que se hunde más; simplemente porque está representada por sus propios saqueadores.

Estos políticos, esta insensible, indolente dirigencia que nos representa y hemos convalidado con el voto, son especialistas en negar la verdad a la luz de todos los faroles. Pícaros y hábiles, trabajan para ellos mismos; pero las cosas tienen un límite y hoy están ante una encrucijada. Todo se derrumba en la Argentina y hay pocos argumentos ante un callejón sin salida que nos pone al borde del abismo bajo datos de una realidad que nos fulmina. Si bien es cierto que la ciudadanía los convalidó con el voto (valga la democracia); también es cierto que, porque somos un país democrático, acaso no nos quedaba más remedio que resignarnos a la vertiginosa caída.

Quien esto escribe se acaba de enterar que los nuevos legisladores ya encuentran una cuenta corriente con una base de 1.200.000 pesos que les depositan como adelanto de gastos; una desfachatez inadmisible, seguramente para que entren en complicidad con toda la corporación reinante; un dinero nada limpio que sirve para acallarlos, por si acaso, claro. Vemos después que los libertarios de izquierda o de derecha, ante el asombro de la ciudadanía, se abrazan con los viejos camanduleros y suavizan sus discursos. El poder del dinero es superior a todo. Y todo lo puede, o casi todo.

El hecho no es una anécdota sino el reflejo de una tendencia: la Argentina se ha convertido en un espacio tan agobiado por el peso de lo estatal (regulaciones, normas, imposiciones, exigencias, requisitos, más y más impuestos) que en diversos ámbitos de la sociedad se ha iniciado un movimiento del que quizá no nos hemos dado aún debida cuenta. Un escape, tal vez, donde numerosos ejemplos permiten aseverar que mientras las discusiones políticas siguen analizando y propiciando más reglas, normas, obligaciones e imposiciones; y nos intoxican con más rigideces legales; una gran parte de la sociedad elude su vigencia. El proceso no es fácilmente medible, pero está sucediendo. Decía Mark Twain “que los hechos son testarudos aunque las estadísticas sean manejables”. Hoy, aunque cueste creerlo, más de 7 millones de argentinos deben conformarse con el rebusque del llamado trabajo informal, que equivale al 37 por ciento del total del total de trabajadores. En paralelo ya solo uno de cada cuatro trabajadores (formales e informales) está afiliado a un sindicato en nuestro país. Algo no muy distinto del registro que muestra que hay partidos políticos y grupos piqueteros con más afilados que activistas.

Desde hace ya demasiados años algo anda mal en la Argentina. La prueba más contundente es una decadencia que abarca todos los niveles. Estamos ante una nueva camada de legisladores que han ingresado al sistema convalidado por la mayoría de los ciudadanos. Mientras tanto sigue creciendo la desigualdad y la pobreza, con una inflación que supera un promedio del 50 por ciento anual y nada mejor se augura; un humillado país donde la carne ya es artículo de lujo y privativo para los argentinos. Las explicaciones sobran, pero la situación no varía. Esta casta política, con sus viejos métodos sigue siendo la misma que actuó en el 2001; por supuesto, con otros oportunistas que se les han sumado.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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