Últimamente los numerosos analistas políticos, periodistas, expertos en temas militares y geopolíticos aseguran, casi unánimemente, que muy pronto Rusia va a invadir el Este de Ucrania, las zonas pobladas por la mayoría rusa – principalmente Donetsk y Lugansk – y también la costa del Mar Negro ucraniana, con sus puertos, el más importante de los cuales es el de Odessa.
Incluso se publican unos mapas que dibujan cómo se va a producirse este ataque: desde la frontera rusa y también bielorrusa, en cuyas cercanías se está concentrándose un imponente ejército de más de 100.000 mil efectivos, con tanques, aviones, artillería, misiles…
Las crónicas televisivas transmiten continuamente las imágenes de los satélites norteamericanos que registran un flujo continuo de trenes, cargados con el armamento pesado, y unos largos convoyes de los camiones militares, repletos de las tropas del ejército ruso, dirigiéndose toda esta “armada” hacia la frontera con Ucrania. En fin, nos están demostrando unos preparativos, en toda regla, según los expertos, de una próxima invasión de Rusia del territorio de Ucrania.
En este artículo, con todo mi respeto a las opiniones de la mayoría de los conocedores del asunto, me atrevería a discrepar de ellos. Parto básicamente del “sentido común”, que a veces traiciona las mentes enroscadas en unos conocimientos demasiado puntuales. Y son estas razones, por las cuales el presidente ruso y sus generales, si es que no se han vuelto locos, no se atreverían a meterse en la“aventura ucraniana”. Ahora bien, si fuera verdad que a Putin se le está “yendo la olla” -hay comentarios en el internet ruso de que, por ejemplo, el inquilino del Kremlin está padeciendo de varias enfermedades y una de ellas es de carácter psíquico y que él acude, cada vez más, a las sesiones de la “chamanería” y del ocultismo (a propósito, Hitler también solía practicarlo)–, entonces los argumentos que voy a exponer a continuación no sirven de nada.
No obstante, estoy convencido de que los dirigentes rusos están en sus cabales y, por lo tanto, pensarán mucho antes de cometer un suicidio colectivo en que pudiera convertirse para ellos el “blitskrieg” ucraniano. Siempre y cuando, claro está, que el resto del mundo “libre” respondiera debidamente a lo que sería un atropello descarado a un estado soberano en el centro de la Europa libre y democrática.
Empezaré por la propia “amenaza”. Según nos enseña la historia y la misma ciencia militar, el éxito de cualquier ataque armado reside en su sorpresa para el atacado. Stalin, cuando se preparaba para atacar a Alemania (miren mi artículo del 21/06/21 “La guerra al revés”) estaba concentrando sus tropas en la frontera a escondites. Todos los traslados y el transporte de los efectivos y del armamento se realizaban por la noche, en plena oscuridad, y lo que se estaba a la vista se explicaba con las maniobras y los ejercicios rutinarios. Lo mismo explicaba Hitler, concentrando sus tropas en la frontera con la URSS de entonces.
El éxito de la invasión y la conquista de la península de Crimea fue el resultado de una total sorpresa, tanto para Ucrania, como para el resto del mundo. Ahora, por el contrario, la actual “amenaza” rusa ya dura más de un año, pero la tan “esperada” invasión no se produce. Los expertos en la materia ya saben todos los detalles de esta supuesta invasión, el número exacto de efectivos, de las piezas y el tipo del armamento, los elementos tácticos y estratégicos de la “operación”. Con toda seguridad, todo eso lo sabe también el servicio de inteligencia ucraniano y de los países de la OTAN – ya que esta operación militar se está fraguando ante sus propias narices – con todas las consecuencias en cuanto a la “sorpresa” del ataque.
Y aquí viene la primera razón disuasoria para los planificadores rusos de la “invasión”: unas considerables bajas que se producirían entre las tropas invasoras, estando el ejército ucraniano perfectamente preparado, durante esta tan prolongada amenaza, para repeler la agresión.
Todos los expertos hablan de una enorme superioridad militar rusa, que tiene uno de los ejércitos más grandes del mundo y un armamento más mortífero y destructivo. No lo pongo en duda desde el punto de vista “genérico”. Pero es evidente que Rusia no va a emplear todo su ejército de más de 1,5 millón de efectivos para ocupar la franja de Donbass ucraniano y tampoco utilizará su arsenal atómico.
Se trata de una operación militar limitada, con unos 100-150.000 mil soldados, como mucho, empleando armamento convencional, principalmente los “panzer” (los blindados) como una cuña atacante, que abriría el camino entre las defensas ucranianas a las tropas de infantería rusa, como lo hacían las tropas invasoras nazis contra el ejército soviético durante la Segunda Guerra Mundial, y que tanto éxito tuvieron, que les permitió llegar en un corto periodo de tiempo hasta la capital soviética, Moscú.
Pero Ucrania, con más de 40 millones de habitantes, seguro que podrá a contraponer un ejército de tamaño equivalente al que enviaría el agresor e, incluso, bastante más numeroso en caso de extrema necesidad.
Los tanques en unas llanuras ucranianas serían un blanco ideal para las unidades antitanque de los que ya dispone el ejército ucraniano. Son sistemas portátiles, del uso “individual”, tipo “Jovelin” o “Carl-Gustaf”, como fueron los famosos “stinger” antiaéreos, que tanto daño causaron al ejército invasor soviético, utilizados por los muyahidines afganos, que abatían como moscas a los helicópteros y los aviones del enemigo, ya que el relieve montañoso de Afganistán no permitía a las tropas soviéticas utilizar con éxito sus blindados.
Estas unidades antitanques modernos son difíciles de ser destruidos por un ataque preventivo de la aviación enemiga, ya que son muy móviles y un blanco incierto, a diferencia de una voluminosa y fácilmente detectable artillería pesada antitanque que se utilizaba en las guerras “clásicas” anteriores.
Los sistemas “stinger”, contra los helicópteros rusos, también forman parte del armamento “móvil” del ejército ucraniano. Además, el suministro masivo de este y otro tipo de armamento más moderno y sofisticado, en el caso de la agresión rusa, aumentaría sustancialmente el potencial defensivo de Ucrania. El ejército ucraniano no es el mismo de hace 8 años, cuando Rusia se anexionó Crimea y envió a sus “paramilitares” a combatir en la franja de Donbass. Ucrania ha tenido tiempo suficiente para rearmar y reconstruir su obsoleto ejército, heredado de la era soviética.
Así, pues, las bajas militares serían muy considerables para las tropas rusas, lo que no despertaría mucho entusiasmo entre la población rusa. Incluso, la propaganda oficial del “patriotismo y la defensa de la Patria” no va a calar mucho entre la población rusa, porque no es tan tonta, como, por lo visto, la consideran sus gobernantes actuales, para no ver con claridad suficiente quién está atacando a quién. En este sentido, la moral de las tropas rusas no será comparable con la de los soldados ucranianos, quienes estarían defendiendo a su Patria contra el invasor extranjero. Y, como se sabe, la moral de las tropas en las guerras es una de las armas más importantes y eficaces. Eso lo saben perfectamente los estrategas rusos, por lo cual, tendrán muy en cuenta las posibles altas bajas entre sus tropas y su impacto negativo entre la población.
Otra razón disuasoria es la pérdida del poder económica que puede provocar la intervención. Hoy en día, todavía sin empezar la operación militar, sólo una amenaza de ella, que tanto están machacando los medios, ya está provocando la fuerte caída en la bolsa rusa, perjudicando no sólo a las grandes compañías nacionales, sino también al pequeño inversor que invierte sus ahorros en la bolsa para obtener beneficios para su humilde economía familiar, cuyos ingresos van bajando continuamente en los últimos diez años por un estancamiento de la economía nacional, la pérdida de las inversiones extranjeras y la evasión de los capitales, a causa de la política del Kremlin del enfrentamiento con los países occidentales y el aislamiento del país del mercado internacional.
Estas pérdidas de la economía rusa se multiplicarían muchas veces, si Rusia pasase de la amenaza a la acción, y el mundo occidental respondería a esta agresión contra un país soberano con toda la contundencia necesaria. Espero que así sea. Por lo menos, según las últimas declaraciones del Presidente norteamericano, Biden, y de sus representantes, que están negociando la Paz con sus homólogos rusos, las represalias y las sanciones que se están preparando serán muy dolorosos para la administración rusa, jamás vistas hasta ahora.
Entre esas medidas, destacarían el cortar a los bancos rusos la posibilidad de efectuar pagos y cobros en dólares norteamericanos en las transacciones comerciales internacionales. Siendo la economía rusa muy dependiente de las exportaciones de petróleo y de gas, que se cobran en dólares, esta medida arruinaría por completo la economía rusa. Sólo un dato: el presupuesto estatal ruso, en unos 40% se nutre de los ingresos por las exportaciones rusas de los hidrocarburos y algunas materias primas.
Todo esto afectaría la vida diaria de los ciudadanos rusos tremendamente. Si en Kazajistán el pueblo se ha levantado contra sus gobernantes por sólo un incremento de los precios del gas, que puede ocurrir, si el pueblo ruso estuviera obligado a vivir con un presupuesto del país reducido casi a la mitad.
Y no sólo afectaría al “pueblo”, la gente normal y corriente, los simples trabajadores asalariados y los pensionistas, también serán castigados duramente por la irresponsable actuación de sus gobernante la élite económica del país, que probaría como sería vivir sin poder gastar sus enormes fortunas en la “dolce vita” en las lujosas mansiones por todo el mundo, donde habitan ellos y sus familias. Las sanciones preven la congelación, el arresto y la investigación de las procedencias – a lo que hasta ahora se hacía vista gorda por las autoridades fiscales y competentes de los países occidentales – de las grandes fortunas del círculo más cercano a Putin, tanto personal suyo y de su familia como de los más importantes figuras del “establishment” político y financiero ruso, que tienen depositados enormes sumas de dinero en las cuentas en divisas, abiertas en los bancos occidentales, o invertidos en los bienes inmobiliarios (casas, chalets, villas, mansiones, palacios, yates) y en los valores bursátiles, fuera de Rusia. Por tanto, la presión de la oligarquía rusa a su presidente y su séquito sería muy fuerte y le obligaría a sopesar mucho el enfado y la desesperación que produciría la intervención rusa en Ucrania entre la élite económica que, de una u otra forma, está sosteniendo el régimen actual.
Otro factor, que por lo visto el presidente ruso no esperaba que se produjera y que se está manifestando en los últimos días al son del crecimiento de la tensión sobre el tema ucraniano, es la “sorprendente” unanimidad del bloque de los países occidentales, en cuanto a las sanciones contra Rusia en el “casus beli”. Se habla incluso de llegar a suspender las importaciones del gas y del crudo ruso, sustituyendo los suministros por otras fuentes, aunque esto resulte más costoso y complicado logísticamente. Nunca he oído de unas medidas tan drásticas, ni siquiera cuando se produjo la anexión de Crimea. Parece que Occidente, por fin, empieza a comprender que las osadías y las provocaciones del Kremlin sólo se las puede parar con medidas duras y unánimes, sin dejar ni la más mínima esperanza al estratega kremlineano de poder dividir el bloque occidental, jugando con los intereses “egoístas” de cada uno de sus miembros por separado. Las últimas declaraciones de la Casa Blanca, así como de los líderes de los países miembros de la OTAN, van en esta dirección.
Por ello, la contundente reacción occidental, sería la razón de más peso, que, a mi juicio, podría detener al presidente ruso a tomar la decisión de intervenir en Ucrania.
Y ¿cómo considerar, entonces, todos estos preparativos militares rusos cerca de las fronteras ucraniana y bielorrusa? Yo los llamaría unas “maniobras” de chantaje para conseguir, precisamente, sin ningún tiro, el propósito principal: obligar a Ucrania a cumplir los acuerdos de Minsk, firmados, en su momento, por el presidente de Ucrania, Petró Poroshénko, y los que el actual presidente, Vladimir Zelénskiy, se niega a cumplir, ya que, al hacerlo, se rompería la integridad de Ucrania como país, convirtiéndose su parte oriental en un protectorado de Rusia, que alejaría para siempre cualquier posibilidad de q Ucrania de integrarse en la Unión Europea y en la OTAN. Lo que es el objetivo principal del Kremlin.
En esta negación a cumplir los acuerdos, inaceptables para un país soberano, el presidente ucraniano apela a la compresión y la ayuda de los países democráticos, principalmente los EE.UU. y los miembros de la Unión Europea. Los únicos que pueden defender a Ucrania de las aspiraciones de Rusia actual a convertir esta ex república soviética, en su nuevo protectorado “imperial”.
Así que la invasión rusa de Ucrania, en mi opinión, dependerá en gran medida de la postura firme y unánime de los países democráticos ante el chantaje del Kremlin. Pronto lo veremos por dónde irán los “tiros” y si mis argumentos aquí expuestos son correctos.
En cualquier caso, como se dice: “cualquier Paz mala es mejor que una Guerra buena”.