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TRIBUNA

Utopías contra naturaleza

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 28 de enero de 2022, 20:03h
Actualizado el: 28 de enero de 2022, 20:10h

En la historia de la literatura filosófica o política, o de la literatura sin más, podemos encontrarnos dos tipos de utopías, la eutopía, aquella que nos presenta un mundo en donde el ser humano vive “en el mejor de los lugares” y en el que se realiza la suprema aspiración humana a la perfección material y espiritual y, por otra parte, la anti-utopía, cuyo objetivo es advertirnos que si las cualidades humanas más negativas de nuestro presente se exacerban podemos llegar a un modelo social infernal. Toda utopía entraña un quietismo o una inmovilidad histórica. Cuando se llega a la aspiración suprema de la especie humana ya no hay devenir histórico. Diríase que la suprema felicidad del ser humanoliquida por completola Historia y por ende la política, y con ella libertad. El ideario político utópico supone así la muerte de la política y la libertad del hombre. República, Taprobanas y su capital Amaurotis, New Harmony, Erewhon, New Atlantis, La Ciudad del Sol o Houyhnhnmland son barcos varados, perfección cristalizada, sin vida histórica y con seres humanos desvitalizados. Sociedades cerradas que cuando se han intentado llevar a la práctica se convierten en lugares de horror.

Sólo la anti-utopía está exenta de la soberbia totalitaria de los creadores de paraísos, dado que no exhorta a crear ni a destruir, sino a reformar lo ya creado. Escribir una utopía supone, ciertamente, ya una buena dosis de soberbia intelectual. Pues el autor se atreve a hacer de “su” modelo particular el mejor para nosotros, con lo que se arroga la calidad de un superhombre, de un Mesías extraño que tiene la respuesta adecuada para todas las dudas. Uno de los síntomas que más repelen de las utopías es la uniformidad. Esa uniformidad nos aterra. La perfección humana en las utopías responde a un dogma que para el autor es incontestable, una aspiración humana intemporal y sin raíces locales a la justicia social y política, en la que cualquier hombre de cualquier país es habitante. Utopía no es ningún país determinado. No es un país, de hecho. En la utopía se encuentra el remanso final en donde concluye toda lucha por la vida que constituye la Historia del hombre. Estos mundos artificialmente “perfectos” no pueden aspirar a mejorar al hombre, puesto que su misma existencia exige la presencia de hombres “ya” perfectos. Con la utopía comunista, por ejemplo, si se hubiese realizado, la Historia hubiese terminado.

Ahora bien, como dice el propio Santo Tomás Moro en su Utopía: “Es imposible que todo sea bueno, a menos que los hombres lo sean, cosa que no ocurrirá en muchos años”. En efecto, si el segundo libro de Utopía representa el deseo utópico de lo que podría ser una sociedad formada por seres esencialmente buenos, el primer libro es la afirmación amarga y realista de la imposibilidad de dicho estado. Por cierto, magnífica es la descripción de sir More de la clase política: “Estos señores no sólo viven en la ociosidad, sino que llevan consigo una comitiva de sirvientes, haraganes y dados al pillaje, que jamás se ocuparon de aprender un oficio con que ganarse la vida”. Desde luego que sigue siendo realista la descripción hoy. La utopía de More tiene mucho de utopía comunista, en la que resuena el eco de un par de comedias aristofánicas. Pero quince años después de haberla escrito, el santo Canciller reconocía que el comunismo no sólo era imposible, sino que constituía un mal “contra los pobres”. “Verdad es que las riquezas del pudiente son fuente de medios de vida para los pobres” ( Utopia and A Dialogue of Confort ). Más aún, la propia Utopía de More no puede ser cristianamente comunista – tal como lo afirmaba interesadamente Karl Kautsky -, cuando en Taprobana hay esclavos que llevan a cabo las labores desagradables que repugnan al hombre libre. Aunque quizás el comunismo sea una utopía que se sostiene por la sola existencia de la esclavitud. Los esclavos son la única solución posible al comunismo. En realidad, los hombres libres de Taprobana no son otra cosa que falsos puritanos, que pueden blasonar de su inmaculada virtud gracias a la degradación de sus semejantes. La esclavitud es uno de los puntales que sostienen el comunismo utopiano: si esta clase social desaparece, Utopía no puede continuar siendo comunista. Los hombres de Taprobana aborrecen la lucha – aunque de la guerra consiguen esclavos – pero justifican la traición y el asesinato político: son muestras del poder de la inteligencia sobre la fuerza primitiva de los ejércitos. En Utopía el placer, para ser legítimo, debe tender a la participación en él de la comunidad. Vemos también en este hedonismo utopiano la consecuencia lógica del comunismo. A todos corresponde la misma medida de placer, cosa que nos hace sonreír recordando las Ekklesiasousai de Aristófanes. Es evidente que si al valiente cristiano y mártir Thomas More la Iglesia lo hizo santo no será por su tan controvertibleUtopía.

Frente a la Utopía, de Tomás Moro, está la antiutopía científica de Aldous Huxley “Brave New World”. Los pesimistas pronósticos de Huxley en este libro entrañan una utopía aterradora.La obra es un ataque a la superchería comunista de que el hombre es perfectible, y que lo único que necesita son mejores condiciones sociales. No obstante, esta antiutopía deja siempre un portillo abierto a la esperanza, pues Huxley confiaba en que los lectores de la novela, conmovidos por la expresión de un fatalismo desesperado, evitaran la llegada del Brave New World.

En la actualidad la filosofía moral y política de la izquierda de siempre está ampliando las tablas de los Derechos – que transcienden “diez pueblos” la Declaración Universal de los Derechos Humanos – en relación con los status de los animales, las plantas y hasta de los androides con inteligencia artificial. También se está pensando en la elaboración de una Constitución para el sistema solar que ponga límites y condiciones a la explotación minera de todos los planetas de este sistema.Incluso se redactan listas de derechos para la vida extraterrestre. Todo esto sirve para liquidar la mundivisión antropocéntricade los clásicos derechos humanos, devenidos de nuestra Escuela de Salamancadel siglo XVI, e introducir a la especie humana en una nueva y dantesca utopía en que los seres humanos nos convirtamos en una especie de clérigos desvitalizados y de espíritu asténico para así servir mejor a esta nueva religión utópica del más perfecto totalitarismo.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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