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Ensayo

Patricia Almarcegui: Cuadernos perdidos de Japón

domingo 30 de enero de 2022, 17:27h
Patricia Almarcegui: Cuadernos perdidos de Japón

Candaya. Barcelona, 2021. 128 páginas. 15 €. Libro electrónico: 5, 99 €.

Por José Pazó Espinosa

Existe en Japón un género antiguo que consiste en obras compuestas de notas e ideas fragmentarias que son reacciones al medio y a lo que le acontece al autor. Este género se llama zuihitsu o “notas al azar”. Se acepta que el género lo inició una elegante dama, Sei Shonagon, con su obra El libro de la almohada. Se llamaban así porque las damas de la corte Heian, a veces llevaban un diario que guardaban en sus almohadas de porcelana o madera, que hacían también de cajita de tesoros. El estilo zuihitsu es muy peculiar, son notas fragmentarias y fragmentadas, a veces listas de cosas que se quieren o se aborrecen, a veces deseos, a veces olvidos… En Occidente lo más cercano es un diario, pero el zuihitsu rechaza hasta la tiranía aristotélica del tiempo, que la autora rompe en este caso con sus tres fuentes, los tres cuadernos. Alguien ha calificado este estilo de forma ácrona como un estilo borgiano, pero va más allá de eso ya que evita con rigor subjetivo la lógica interna del texto, por leve que sea ésta a veces, para favorecer la lógica de la subjetividad. Escrito en frases o párrafos breves aislados, los libros en este estilo son gotas de una lluvia que es lluvia, pero que es gota. Su peligro es la excesiva ligereza, la banalidad, y este es en ocasiones su mérito también.

Y así es el libro de Patricia Almarcegui que publica Candaya. Es breve, ligero, fragmentario en sí mismo, pero coherente por la sensibilidad interna. Es una obra compuesta sobre tres cuadernos, uno de ellos perdido, pero también sobre una trenza hecha con los cabellos de Japón y los de la búsqueda del interior de uno mismo a través de la reacción con el mundo exterior. Es un libro de veladuras, que cuenta más de lo que dice, y dice a veces más de lo que cuenta. La autora, con astucia de dama Heian, y con la sensibilidad de los niños que han observado el polvo de la vida y de la muerte en las alcobas familiares, se esconde y se muestra, dice y desdice. Y lo hace con un estilo siempre limpio, fácil en su lectura y elíptico en su significado. Es una obra de arte contemporáneo, pero hecho con palabras.

Es también un libro vegetal. La autora, como una planta, se dispone en un medio, en una luz y en una humedad ambiente, en un suelo particular, y deja que a ella vengan los estímulos y por ella corran las sensaciones. Una entrada, un párrafo, es un pequeño rayo de sol en una hoja, otro es una gota de agua que cayó cerca de la raíz izquierda, otro una ráfaga de viento que hizo temblar una rama… Con ese mecanismo estético y ético del siglo XI, una mujer de hoy en un mundo diferente, pero similar, cuida un bonsái hecho de palabras y nos lo ofrece. Cuadernos perdidos de Japón es un libro breve, como muchos zuihitsu antiguos, poco conspicuo, pero con muchas razones mudas para leerlo. Y quizá la principal sea ser por un rato agua, ser musgo, ser roca, ser planta, ser viento… En definitiva, ser otro.

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