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ORIENT EXPRESS

Ucrania y los ecos de la Guerra Fría

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
lunes 31 de enero de 2022, 20:17h

Volodímir Zelenski declaró el pasado viernes que “No nos hace falta este pánico”. El presidente de Ucrania trataba de calmar los ánimos después del ciclo de mensajes que, desde distintas instancias, advierten del riesgo inminente de una guerra con la Federación de Rusia. El miércoles la subsecretaria de Estado de los Estados Unidos Wendy Sherman había declarado que Vladímir Putin “va a hacer uso de la fuerza militar en un momento dado, puede ser ahora y a mediados de febrero”. Días antes había comenzado la evacuación de familiares de empleados de su embajada en Kiev. El Reino Unido también ha empezado a retirar a parte de su personal de la embajada en la capital de Ucrania. El martes José Borrell, Alto Representante de la Unión Europea para Política Exterior, había declarado que es “el momento más peligroso del periodo post-Guerra Fría”.

Es inevitable remontarse a los años posteriores a la II Guerra Mundial para comprender la situación actual en Europa Central y Oriental. La doctrina Truman (1947), el plan Marshall (1948-1951), la OTAN (1949) y la primera de las Comunidades Europeas -la CECA, fundada en virtud del Tratado de París de 1951- compartieron la inspiración de asegurar la paz en Europa Occidental e impedir el avance del comunismo. Las democracias instauradas en los distintos países de Europa Occidental que habían sufrido la ocupación nazi compartían presupuestos políticos, económicos y cabría decir que, incluso, antropológicos. El propio Truman las había resumido en el famoso discurso en que expuso la doctrina que lleva su nombre: “la voluntad de la mayoría, […] la existencia de instituciones libres, un gobierno representativo, elecciones limpias, garantías a la libertad individual, libertad de palabra y religión y el derecho a vivir sin opresión política”. El contraste con el modo de vida que imponían los totalitarismos resultaba evidente. Ese “modo de vida”, decía Truman, “se basa en la voluntad de una minoría impuesta mediante la fuerza a la mayoría. Descansa en el terror y la opresión, en una prensa y radio controladas, en elecciones fraudulentas y en la supresión de las libertades individuales”.

La Guerra fría terminó con la caída del Muro de Berlín (1989) y la destrucción de la Unión Soviética (1991). Ese orden posterior a la Guerra Fría vio la destrucción de Yugoslavia en un ciclo de guerras entre 1991 y 1995 (Eslovenia, Croacia, Bosnia). La OTAN intervino en el país en 1999 con una campaña de bombardeos que duró 78 días y que no logró derrocar al presidente Slobodan Milosevic, pero que sí allanó el terreno para que la provincia serbia terminase autoproclamando su independencia en 2008. La sucesión de golpes de Estado “blandos” y de “revoluciones de colores” han ido siguiendo desde entonces un patrón reconocible que combina movilizaciones de masas, campañas de propaganda, reconocimientos internacionales expresos o tácitos, apoyos políticos a los líderes “prooccidentales” o “democráticos” y, en ocasiones, violencia contra personas determinadas o incluso generalizada. Algunas de estas acciones ya se anticiparon en la Guerra Fría en episodios como el derrocamiento de Mossadegh en Irán (1953) o el de Arbenz (1954). No faltaron, por cierto, ocasiones en que Occidente se traicionó a sí mismo apoyando tiranías abominables con tal de que fuesen -o declarasen ser- anticomunistas. Huelga decir que los soviéticos y sus aliados hacían lo propio con los suyos. Juan Bautista “Tata” Yofre, por ejemplo, ha investigado la infiltración cubana en Argentina y la ofensiva comunista, sostenida durante años, para destruir al ejército argentino.

Son, pues, muchas las semejanzas que podemos encontrar entre aquellos años de lucha entre “el mundo libre” y “las democracias populares” -permítanme rescatar dos términos casi en desuso-, pero esas semejanzas pueden ser algo engañosas. En especial, en lo que se refiere al campo que podríamos llamar occidental. En efecto, aquellos consensos fundamentales que cimentaban la lucha contra el comunismo hoy se están resquebrajando.

La superioridad de Occidente respecto de la Unión Soviética no era sólo económica o militar, sino moral. Con todas sus limitaciones, con todas sus imperfecciones, existía y existe un abismo moral entre un sistema democrático y una tiranía. Sin embargo, hoy, la ideología “woke” y el progresismo globalista están socavando esos consensos. La crisis de nuestra civilización ha conducido a que los modelos de sociedad, fundados sobre aquellos consensos, hayan cedido ante proyectos que desdibujan -o suprimen- las identidades nacionales, las tradiciones y, en suma, todo aquello que se trataba de defender frente al comunismo. La historia, por otra parte, no permite a Occidente sacar demasiado pecho. A los revolucionarios húngaros de 1956, esos mismos que creían en las promesas de ayuda occidental lanzadas desde Radio Free Europe, los dejaron abandonados a su suerte. Sólo España, por cierto, trató de ayudar militarmente a aquellos héroes que se echaron a las calles de Budapest y de otras ciudades, pero Estados Unidos impidió el envío de ayuda.

Por eso, hoy, el campo occidental está dividido no sólo políticamente, sino de manera más profunda. Existe, sin duda, consenso entre los gobiernos europeos de la necesidad de defender la soberanía de Ucrania, Polonia, Bulgaria, Rumanía y los países bálticos, que deben ser libres de decidir sobre las alianzas a las que pertenecen o dejan de pertenecer. En lo que se refiere a España, la mejor manera de defender el interés nacional es cumplir los compromisos internacionales con los aliados sin escatimar esfuerzos. Ya nos hizo mucho daño el populismo pacifista de la izquierda española. Nuestro país aún sigue pagando ante los aliados de la OTAN, y en particular ante los Estados Unidos, las consecuencias de la desastrosa retirada de Irak en 2004 ordenada por el presidente socialista José Luis Rodríguez Zapatero. Tampoco ayuda hoy, por cierto, tener a los amigos de Nicolás Maduro en el gobierno de España y en sus inmediaciones. Habría mucho que añadir, desde luego, sobre la contribución española a la OTAN y la necesidad de incrementar, en general, los recursos destinados a la defensa nacional, ya habrá tiempo de escribir sobre eso.

Es necesaria una reflexión para evitar que esta división se ahonde. El progresismo “woke”, la Agenda 2030 y los demás proyectos de la ideología globalista debilitan a los Estados nacionales y socavan su soberanía hasta el punto de que, en algunos aspectos, parece sustituirse la lucha de clases por la lucha de géneros, razas, etc. con resultados similares: el retroceso en libertades individuales, por ejemplo. Así, entre los que acuden en auxilio de Ucrania, hay diferencias profundas, mayores a mi juicio que las que existían en la Guerra fría, de modo que no todos los que coinciden en la ayuda comparten los motivos para prestarla. Estas diferencias van a condicionar la evolución de un conflicto que tiene visos de prolongarse mucho tiempo.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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