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TRIBUNA

Conversaciones en el taxi

José Manuel Cuenca Toribio
sábado 05 de febrero de 2022, 18:37h

En la época definida por algunos pensadores de mayor eco en la actualidad como la “era de la incertidumbre”, por las dudas que se ciernen sobre el futuro inmediato del oficio y actividad de los taxistas es lógico que se vean envueltos en incógnitas y sombras.

A escala bien modesta de ello hablaba el anciano cronista en el amanecer de uno de los postreros días del pasado diciembre con un joven y amable taxista que confiaba en que, ya asentado 2022, viera cumplida su gran esperanza de convertirse de asalariado en “autónomo”. Mientras tanto, su jornada laboral no puede ser más inclemente. A lo largo de toda su biografía profesional no ha tenido nunca la oportunidad de ayudar a sus dos hijos en las tareas escolares, ni tampoco la de acompañarlos al colegio, siquiera sea de modo excepcional. Su stajanovista empleo es el causante de ello. Sin ninguna salvedad, su horario de trabajo en la antigua ciudad califal discurre invariablemente entre las 19 horas y las 7 AM, con elasticidad, por supuesto, tendente a la ampliación de la última.

Tal encuadramiento de su avatar profesional le priva de unas experiencias esenciales en su condición de padre con reflejo semejante en la de sus hijos. Trance semejante atravesado por centenares de colegas y familias hace, por incontable vez, saltar la alarma y malestar ante situaciones de gravosa injusticia en el seno de nuestra sociedad. No semeja, desde luego, que estemos próximos, pese al esfuerzo de las organizaciones sindicales, a un drástico cambio de paisaje. Se comprende así el desaliento ilimitado frente al año comenzado ha pocas semanas. Los negros males que rodean el porvenir cercano de la economía nacional, según el pronóstico generalizado en buen número de especialistas, le preocupan a nuestro interlocutor en su conciencia ciudadana, pero conoce bien que solo una mudanza muy notable en el modelo laboral que precariza hasta el extremo la situación de muchos asalariados, abriría un resquicio de ilusión en una existencia forzadamente penosa. Al final todos los grandes ciclos y planteamientos económicos se compendian en el vivir angustiado de las gentes más desprovistas y necesitadas de la comunidad.

En el desapacible amanecer invernal de una ciudad particularmente flagelada por los vientos de una crisis orgiástica, tal es la conclusión a la que llega el afable taxista en el inicio de un horario falto aun de doce horas para su término. Horizonte, en verdad, solo estimulante para las muchas mujeres y hombres que en la esplendente ciudad del taxista protagonista de estas líneas se afanan día a día por lograr, si no una reducción alentadora de la injusticia social, al menos sí por una paralización significativa, heraldo quizá de un avance reconfortante.

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