Apreciados lectores, hace ya 10 años en esta su columna Desde ultramar, me refería al Jubileo de Diamante de la reina Isabel II de Gran Bretaña. Iniciaba entonces, con estas palabras: “Su Excelentísima Majestad, Isabel II (Isabel Alejandra María de Windsor) por la Gracia de Dios, del Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte y de sus otros reinos y territorios, Reina, Defensora de la Fe, Gobernadora Suprema de la Iglesia de Inglaterra, Jefa de la Mancomunidad (Británica), Comandante en Jefe de los Reales Ejércitos, Lord Mayor del Reino Unido, Condestable de Escocia, Duque de Normandía, Duque de Lancaster…” y un larguísimo etcétera que concluía con el contundente “Dueña y Señora de la flota mercante”, es como recuerdo a una pomposa versión leída en un compendio, enlistando en inglés el pomadoso título que ostenta la soberana británica, quien accedió al trono el 6 de febrero de 1952, hace ya 60 años. Hito traducido en un jubileo de diamante para la decana de los soberanos de Europa. Hay tela.”
Y transcurrió una década más y Su Majestad Británica, la Reina, ahí sigue, incólume. Claro, con 95 años a cuestas, ya viuda, pero algo erguida, con algunas monarquías adheridas, menos (Barbados, la más reciente) y sin padecimientos conocidos, pero con un comunicado que alude a la plenitud de los tiempos y su deseo de que Camila sea una reina consorte. En el camino, sumando 4 hijos, 8 nietos y 11 bisnietos tiene una sucesión garantizada al día de hoy con el eterno Príncipe de Gales, el Duque de Cambridge y su vástago, el príncipe Jorge. Cumplir 70 años de reinado no es cosa frecuente. Ya rompió casi todas las marcas: es la soberana británica con el más extenso de ellos, la más longeva entre sus predecesores y lo es entre los reinantes vivos –de Europa y del mundo– siendo la mujer reinante más tiempo rigiendo registrada en la Historia y cada vez más cerca de alcanzar a Luis XIV. Hace dos años ya que rebasó a Francisco José I de Austria-Hungría (68) –el hermano del fusilado emperador de México– y han muerto todos los reyes que existían cuando ella inició su reinado, restando solo un imperio, el japonés, de cuantos existían cuando accedió al trono de San Eduardo.
Podemos sumarle haber visto pasar 7 pontífices romanos, trece presidentes mexicanos y los catorce estadounidenses, junto con los catorce ocupantes de Downing Street y ha inaugurado dos Juegos Olímpicos, Montreal ’76 y Londres 2012 y entregado una Copa del Mundo a su selección nacional en el ‘66. Ella, la hija del último emperador de la India y rey de Irlanda, cuenta entre otros títulos desperdigados con el de Lord of Man –señor de la [isla] de Man–, reina de Gibraltar, Fuente de la Justicia, señora de los Cisnes (curiosa referencia a pertenecerle los que hienden el Támesis) y algo tan exótico como ser Coronel en Jefe honorífica de los Ingenieros Gurkhas de la Reina, esos mercenarios decimonónicos que evocan otros tiempos, empero revestidos de modernidad.
Pienso como pensaban los victorianos, que toda la vida la Reina ha estado allí junto a nosotros. Pasan los decenios y permanece atrayendo la atención. Ya es un activo del patrimonio británico contemporáneo. Mi primer acercamiento lejano a ella ha sido en los días del Jubileo de Plata (1977), cuando una tía me obsequió un juego de húsares de las guardias reales, incluidos unos beefeters, como un suvenir de aquellos días del año 77. La televisada boda del Príncipe de Gales, el mayor despliegue real en el siglo pasado, y luego la del ahora defenestrado Duque de York la ponían de nuevo en el informativo, más que la Guerra de Malvinas. O pasmada contemplando el incendio del Castillo de Windsor, presidiendo los funerales de Diana, que, en efecto, fue uno de los momentos más comprometedores de su reinado, o cantando tomada de la mano de Blair recibiendo el año 2000 y en su Jubileo de Diamante incluyendo su distraida estampa durante el desfile olímpico, amén de prestarse no sin sorpresa de tantos, al divertivo episodio de “lanzarse” de un helicóptero capitaneado por su leal agente 007, reafirmándonos la fama que tiene su espléndido humor taureano.
Decía hace diez años que es nieta de un rey que ganó la Primera Guerra Mundial e hija del que ganó la Segunda. Ella, afortunadamente, no ha tenido que librar la Tercera. Más ha disuelto su imperio –en lo que a ella toque, con elegancia y sin ceder donde no corresponda– bajo un proceso que inició antes ya con su abuelo y que hace de su investidura una relación fluctuante con las antiguas posesiones británicas, cual misión de mantener los vínculos. Vio entrar y salir a su país de la Unión Europea –antes la CEE– y vio unirlo a Europa con el eurotúnel, sin resultar una unión eterna con el continente, pesando tanto su insularidad. Nunca nadie ha desmentido el rumor acerca de que afirmara: “dame tres razones para permanecer en Europa” previo al Brexit. Ha visto crisis como la de Suez, la Guerra de Malvinas –verdadero desafío a lo que ella representa– y antes, el incidente de Rhodesia del Sur –ese tropiezo imperial junto con perder los EE.UU.– y una pandemia de alcances insospechados, planetarios y ahí sigue, indemne. Ha visto el renacer del nacionalismo escocés, acudió con clase al bicentenario de los Estados Unidos y visitó Irlanda como soberana inglesa por primera vez desde su independencia, que no es poco. Su heredero devolvió simbólicamente Hong-Kong a China. Yo no dudaría de que se involucre directamente en no devolver Gibraltar a España. No es persona que delegue y eso debiéramos ya de saberlo bien. Así sea una pizca de poder que pueda ejercer, un recoveco donde entrometa su cuchara, lo hace.
La considero desde siempre una mujer informada que sabe su juego. Aún con sus limitantes constitucionales no se arredra y tengo la impresión de que sabe cómo entreverar su voluntad sin interferir con el mandato de la ley. Ya no digamos en el plano más personal e íntimo. Isabel II carece de amplios poderes, pero lo que posee compensa, con su imagen, su presencia, su peso perfectamente calibrado y, acaso, en ello radica su fortaleza. No siempre ha sido receptiva ni ha estado siempre en el sitio correcto o reaccionando a tiempo. Al enmendar, se lo celebran.
A Isabel II le sucede como a su tatarabuela, la reina Victoria: mientras más años acumula en el trono, más se la respeta y venera. No deja de ser interesante el fenómeno. Puede haber un debate y una querencia aboyada hacia otros miembros de la familia real, enfrentando ella los altibajos de la aceptación, exponiéndola de mil formas – la última con The Crown, que no he visto, pues tengo mi propia opinión formada hace ya décadas sobre la soberana, desde que leía sus biografías y del acontecer británico en mis visitas a la rica biblioteca del Instituto Anglomexicano dignamente dirigida por mi amiga Aurora Vela–– y sigue ahí la monarca, permanentemente encabezando la popularidad, al grado de decirse que solo con su muerte pudieran cesar los nexos regios con Australia o Canadá, en donde ciertos sectores piden tal finiquito cuando termine su existencia. A ese grado puede acumular en primera persona la justificación de la permanencia de una institución que ella aquilata. En los últimos diez años sugirió a la Mancomunidad Británica de Naciones que mirara en Carlos a un sucesor idóneo apelando así a que no se rompan los lazos históricos y la continuidad.
También esta última década ha sido el anuncio del ocaso de su reinado, el aviso de su predecible final, que ya no de su cénit. El retiro de la vida pública de su difunto marido y su fallecimiento en 2021 a semanas de cumplir los 100 años o la reducción de sus actividades, los autos blindados que la ocultan, la pandemia misma, justo con sus menguadas fuerzas, propio del envejecimiento, la limitan. No obstante que la hemos visto envejecer y desde luego, para muchos solo es la viejecita de sombreros estrambóticos, no se les escapa su paso firme, decidido, su capacidad de trabajo y compromiso. Esta segunda era isabelina es prolongada y multicolor, tan contrastante e intensa como la época en la cual ha reinado, ella, la mujer transportada por nativos, que ha conocido a todos los grandes de su tiempo en todas las disciplinas, arrastrando su fama de ser la mujer más rica del mundo, que igual ha explicado cada joya de la Corona en un documental, que creó su página web y usa una cuenta en las redes sociales; o la matriarca que dio su sitio a su madre, la aclamada Reina Madre hasta que falleció y cuya efigie muda en los billetes según transcurre el tiempo, pero preservando su perfil en las estampillas personificándola a los 25 años, cuando ascendió al trono. ¿Abdicará? Sigo considerando que no lo hará, celosa de su deber venerado a su padre cada 6 de febrero. Al tiempo.