Qué difícil la serenidad en estos momentos: la Muerte se ha cobrado una víctima entre pinares y la memoria de una muchacha truncada en la flor de la vida empieza su tiempo de descuento. Sus padres y su hermana son los únicos que la viven y la reviven, los únicos que entienden el dolor, los únicos que la honrarán mientras les quede un aliento de vida. Ahora, con el cansancio de tantas madrugadas, las de ellos, las de los demás, las de toda España, descubrimos que a veces los finales son inexplicables, que los culpables, de haberlos –que parece que sí–, se emboscan bien a orillas del Duero.
Hay una defensa de la mujer que es de boquilla, porque la mujer continúa indefensa y expuesta a los depredadores, sin que nadie haga nada para protegerla, sin que se endurezcan las penas de los violadores y los asesinos, que no pueden dejar de matar. De qué valen mil manifestaciones, si ya está muerta Esther, si la única biografía que deberíamos escribir es la suya, abierta y libre, y no su necrológica. La verdadera resurrección de la carne es la justicia, la investigación, el esclarecimiento, la detención, las penas y los castigos. Porque va uno pasando de la indignación a la indiferencia con los años, como ha ocurrido con tantas muchachas asesinadas en España. Aquí somos mucho de no poder soportar la delincuencia y el asesinato, de echarnos a las calles, mientras siguen sin revisarse las penas por estos delitos execrables y aberrantes. El crimen es fogonazo para el share del sumario de un telediario, pero dentro de cinco años, salvo su amada familia, esta muerte ya no estará en el recuerdo de casi nadie.
La Muerte, como la violencia o el dolor, acecha y se cuela por las ventanas abiertas sin notarse, espera agazapada detrás de un árbol y cae a plomo desgarrando cuerpos y almas, destrozando existencias. La Muerte violenta no es algo frío que se pueda cuantificar, contar a los medios y medir con los datos: es una explosión de horror y crueldad que nos obliga a faenar entre los nuestros sabiendo que el 1% de la población mundial –es decir, 76 millones de personas– es psicópata. Enero se ha adensado de lágrimas en Traspinedo y la burocracia de investigaciones y autopsias minuciosas empieza a ganarle la partida a la rabia, a la ira, al deseo natural de venganza, en definitiva. Hay que llegar al momento en que la tragedia va a ocurrir, justo a tiempo, para que el cuerpo de una chica luminosa no se enmarañe, revuelta y eterna, en la cuneta de un pinar, en el laberinto de raíces, en el polvo de la tierra mientras nevaba el arranque del año…
Las mujeres llevan siglos durmiendo despiertas porque saben que la Muerte acecha, que el monstruo está siempre dispuesto a sorprenderlas y a acabar con ellas en las aguas oscuras de la sangre, con las niñas y los niños, con las adolescentes en flor. Pero, después, la indignación y la protesta dejan paso a la pasividad y al olvido. Quizá demasiado pronto. No se debatirá en el Congreso una vez más. Cada noche, acaso llegado el verano, el mapa de las vidas que las bestias humanas arrebataron a las madres, a los padres, a los hermanos, gemirá con la pesantez de cientos de bocas pidiendo justicia, no silencio, por esas muertes desgarradoras que llegaron, así, tan pronto.... Por eso reivindico en estos casos la rabia y la cólera, sí, para romper el enlosado gélido de quienes ya solo ven un caso más, uno de entre tantos; de quienes cuentan la muerte sin inmutarse.