Que Rusia es el país más extenso del planeta lo saben hasta los niños del bachillerato de los tres suspensos. Sin embargo, de ello no se sigue que, además, a estas alturas de la historia de Europa y aún tras el colapso soviético, continúe, sin vacilar, manteniendo una vocación imperial. Sorprendente, pero, así es. Quiero decir, que Rusia sigue siendo un país con voluntad de imperio; esto es, con una opinión mayoritaria dispuesta a pagar un alto precio por ese esfuerzo, rango y distinción: aún a costa de mal vivir con una renta per cápita que a duras penas llega a la tercera parte de la española o italiana (y un PIB una tercera parte del de el Reino Unido); una voluntad imperial por encima incluso de sus intereses energéticos.
No es reciente: se trata de una vocación imperial creciente y sistemática, al menos desde el siglo XVII. Nada extraño en la Europa de aquel tiempo. Lo asombroso y original es la permanencia hoy. Una misión imperial la de Rusia, impulsada desde sus orígenes por la difusión y extensión de la religión ortodoxa y la defensa del paneslavismo. Moscú era la Tercera Roma. Y lo siguió siendo como centro de operaciones para la defensa y propagación del Comunismo internacional. Con bandera roja de la Internacional, pero más Roma que nunca. Como el Papa, el PCUS era infalible e incuestionable (al menos, desde el V Congreso del Komintern de 1924). Y también, inflexible. Dictaba doctrina, estrategia y táctica e imponía al resto de partidos comunistas la consigna del momento, por aberrante que fuera, medido el calificativo en relación a su propia filosofía política. La disidencia equivalía a traición y a los disidentes, se les tenía por –y ejecutaba como- agentes extranjeros, tal y cual nos relata Koestler en su famosa novela. Como Los Boyardos de la película soviética, los disidentes eran traidores al servicio de algún autócrata extranjero, ya fuera del polaco Segismundo II, en el siglo XVI, o de Hitler en el XX. De esta suerte, los dirigentes soviéticos obligaron hasta con sangre a que todas las organizaciones comunistas se tragaran el sapo repugnante del Pacto germano-soviético de Agosto de 1939, con arreglo al cual los dos dictadores totalitarios se repartieron buena parte de Europa central y del este, abriendo paso a la II Guerra. Un pacto entre verdugos: los asesinos de unos y otros obligados por los respectivos dirigentes a pactar entre ellos. Hubo, claro, rebeldes, con causa, pero sin cuartel. Porque, no hubo misericordia. Los comunistas díscolos fueron eliminados. Incluso, rasgando el velo de la clandestinidad, y denunciando a sus propios camaradas a la Gestapo, a la policía fascista, en Italia, a la Pide, en Portugal, y a la Brigada Social, en España…nos contó Jorge Semprún (en un seminario que se desarrolló en el College d’Espagne en la Cité Universitaire de Paris en 2002).
En cierto sentido –en el del internacionalismo proletario- Trotski llevaba razón: “el Socialismo en un sólo país” stalinista apenas disimulaba una política nacional-imperialista: en cierto sentido, Stalin hizo buena la definición de Marx sobre la gran política, como el arte de convertir un problema nacional en otro universal. De suerte, que el objetivo de las organizaciones comunistas en todo el mundo consistía en defender y fortalecer a la Unión Soviética (V Congreso, 1924). No obstante, un montaje propagandístico descomunal mantuvo la ficción internacionalista hasta bien entrados los años sesenta. (Quizá, el punto de inflexión fuera el patético espectáculo de los tanques soviéticos aplastando la primavera democrática de Praga en 1968). En todo caso, es notable el éxito de la ficción comunista, incluso entre artistas e intelectuales de fuste: basta recordar nombres como el de Picasso, Sartre, Neruda, Guillén, o los espías británicos del Trinity College, “los cinco de Cambridge”, (maravillosamente descritos por su controller de la KGB, Yuri Modem, en Mes Camarades de Cambridge). La causa ortodoxa o el paneslavismo jamás impulsaron la influencia rusa a los niveles alcanzados por el internacionalismo comunista.
Fue George Kennan, un diplomático americano, encargado de negocios en Moscú entre 1944 y 1947, quien primero, y de forma más contundente, desmontó el disfraz comunista del ancestral imperialismo ruso. La ocasión surgió de una petición que le formularon los funcionarios del Departamento del Tesoro, extrañados de la cerrada negativa soviética a participar en el Banco Mundial y en el Fondo Monetario Internacional. Kennan, un perspicaz analista político, políglota y devorador de literatura universal, era además un admirador y profundo conocedor de la cultura rusa. El análisis de Kennan se cifró en lo que se conoció como “el Telegrama Largo”, un texto de 5000 palabras que, (completado y publicado en Julio de 1947 como artículo en Foreign Affairs, con el título de The sources of Soviet conduct), se convirtió en la Biblia de la política de contención del Presidente Truman. Aunque conviene advertir que nuestro diplomático jamás fue un macartista: antes al contrario, Kennan fue un crítico acérrimo del senador McCarthy, y del todo opuesto a la caza de brujas que buscaba “encontrar rojos debajo de la cama”. Los escritos de George Kennan son premonitorios en la medida que pronostica lo que sucedería medio siglo después. A la postre –predijo nuestro analista americano- la propaganda soviética no resistiría el contraste entre la prosperidad americana y la penosa y miserable realidad rusa: una sociedad desestructurada y anómica, compuesta de una masa amorfa y depauperada, amordazada y vigilada por la nomenclatura del Partido; una casta privilegiada que disfrutaba, aunque siempre angustiada y temerosa, de una vida aparte. El comunismo soviético despertaba la misma fascinación que la intensa luz de una super-nova antes de extinguirse.
Sin embargo, no es este el aspecto que hoy más nos interesa a la luz de la crisis ucraniana: lo que resulta más fascinante y esclarecedor es la capacidad de nuestro diplomático americano de insertar la conducta soviética en la tortuosa corriente de la historia rusa, más allá del éxito arrollador de la propaganda comunista. Kennan, aficionado a la literatura clásica y ávido lector de Gibbon, no dudó en encajar la política internacional de la URSS en la secuencia de la Rusia imperial. Como Serguei Eisenstein, vio en Stalin el sucesor de Iván el Terrible, el Zar del pueblo, el caudillo eslavo que, cual Alejandro Nevsky, volvía a enfrentarse a los caballeros teutónicos, invasores en el siglo XIII, en una “Gran Guerra Patria” medieval. Para Kennan, el gobierno soviético era heredero de la ancestral desconfianza rusa hacia todo lo extranjero. Desde esa perspectiva, el imperialismo soviético era una continuación del de los Zares; esto es, reactivo que no pro-activo. Lo mismo que la Rusia imperial, el expansionismo soviético en Europa, a ojos de sus autores, no era consecuencia de la voracidad de una potencia insatisfecha, como fuera el caso de Napoleón, Hitler o Mussolini: era la reacción paranoica de quien se sentía amenazado, asediado y, con frecuencia, agredido. Rusia era una inmensa penillanura sin accidentes naturales que dificultaran el asalto a sus centros de población más destacados, lo cual llevaba a los zares blancos o rojos a una política de expansión (defensiva) que pusiera tierra por medio –mucha tierra- entre San Petesburgo, Moscú y Stalin (Volgo)-Grado), y los potenciales agresores, venidos del Báltico (suecos), de Europa Central (alemanes y austro-húngaros), o del Este (mongoles) y el Sur (Tártaros y Turcos). Otra cosa, es que esa angustiosa percepción de una supuesta -y, a veces, real- amenaza permanente llevara a rusos y soviéticos a una agresión preventiva a costa de sus vecinos, que era –y es- como estos interpretan una política internacional rusa, con frecuencia, pavimentada de chantajes, amenazas y agresiones.
Liquidada la alianza rusa con Occidente, tras la retirada bolchevique de la Guerra en 1917 y el posterior intervencionismo extranjero en la guerra civil rusa, ni siquiera la feroz agresión alemana en 1941, (ni la épica resistencia rusa, crucial en la derrota del nazismo), pudo restablecer un clima aceptable de confianza entre los aliados de la contienda. En la visita que Mólotov hizo a los EE.UU. a fines de Agosto de 1942, el Comisario soviético de Exteriores comprendió, tan sorprendido como satisfecho, que, frente a las ideas de Churchill, la negativa de los EE.UU. a un reparto del mundo de postguerra, fijando fronteras y delimitando esferas de influencia, no era una treta negociadora del Departamento de Estado, sino la verdadera posición americana: en el ánimo del Presidente Rooselvet –un wilsoniano persuadido de que la política de equilibrio de poderes y esferas de influencia habían constituido el germen de los conflictos en Europa- se añadía además el convencimiento de que, abrir el melón de fronteras e influencias, amenazaría la cohesión entre los aliados e, incluso, pudiera dar ocasión a arreglos con los nazis entre bastidores por parte de alguno de los contendientes. No resulta aventurado suponer que, en la política impuesta por los americanos de “rendición incondicional”, pensada para taponar cualquier duda o veleidad entre los aliados en guerra, planeaba el fantasma del vagón sellado que condujo a Lenin desde Suiza a San Petersburgo, atravesando territorio alemán, para desencadenar la revolución de Octubre que descolgaría a Rusia de la causa aliada. De hecho, el apasionante relato de la peripecia, Estación Finlandia, de Edmund Wilson, había aparecido en 1940, apenas dos años antes de la visita de Mólotov (aunque, claro, sin la magnífica presentación con que Mario Vargas Llosa engalana la actual edición en castellano).
El hecho, relevante a nuestros efectos, es que el Comisario soviético de Exteriores se llevó de Washington la conclusión de que líneas de frontera, demarcaciones y esferas de influencia vendrían dibujadas por la progresión de los tanques…rusos: tras los éxitos de Stalingrado, Kursk y, sobre todo, tras la arrolladora “Operación Bagration”; el nombre que, en recuerdo del general y príncipe zarista, Piotr Bagration, (personaje de Tolstoi, como héroe que fuera en la batalla de Borodino contra Napoleón), le puso Stalin a la ofensiva de 1944. La citada operación militar consistió en una avalancha arrolladora, iniciada apenas dos semanas del desembarco de Normandía, aunque de mucha mayor envergadura, y que llevó al Ejército Rojo a expulsar a los nazis de Polonia, aunque sin ninguna intención de liberarla. Churchill –admirador de Castlereagh, Secretario del Foreign Office en tiempos post napoleónicos- barruntó la tragedia, años antes de su famoso discurso del “Telón de Acero”, en Fulton, Missouri, cuando, al felicitar a Stalin por haber alcanzado las fronteras del Reich, el autócrata rojo le respondió impertérrito: “bueno, el zar Alejandro llegó a Paris” (en 1814). Lo cierto, es que, cuando los aliados victoriosos se reunieron en Postdam, 30.000 tanques rusos se desplegaban hasta las llanuras del Elba, ocupando la mayor parte de Europa central y oriental. Las fronteras occidentales del imperio ruso habían avanzado unos 1200 Km, desde los Pantanos de Pripet al Thüringerwald. Los eslavos vivaqueaban en el Elba y en el Böhmerwald, como en tiempos de Carlomagno, observaría horrorizado un general británico (J.F.C. Fuller): “mil años de historia europea se habían replegado”. Sobre cien millones de ciudadanos europeos quedaron atrapados bajo la disciplina totalitaria soviética, reviviendo una pesadilla no muy distinta de aquella de la que pensaban haberse librado (G. Orwell)
Sin embargo, desde su punto de vista, la generalidad de la población rusa, y no sólo Stalin, lo percibió como un movimiento defensivo. De hecho, la política rusa de posguerra consistió en la construcción de un cordón amortiguador de futuras agresiones, formado por naciones sometidas: estados policiales administrados por los Partidos Comunistas locales y controlados por la presencia del Ejército Rojo. Hubo, claro, sublevaciones de una parte significativa de las poblaciones ocupadas: en Alemania Oriental, en 1953; en Hungría, en 1956; y en Praga en 1968. Con independencia de su crueldad, la sangrienta represión tuvo éxito, si este se mide en relación a los propósitos de la política rusa. Porque, el bloque soviético se mantuvo casi medio siglo. Aunque, a la postre, se hiciera bueno el vaticinio de Kennan: al menos en Europa, los comunistas no pudieron resistir en sus propios países el contraste con la realidad de un mundo Occidental crecientemente próspero y libre. La diferencia entre las dos Alemanias era demasiado escandalosa. Ni siquiera el verso (¿de encargo?) de Nicolás Guillén pudo evitar la patética caída de Murallas y Muros. No obstante la alegría de la liberación entre gran parte de la población europea, el desmoronamiento del imperio soviético fue percibido como una catástrofe, una tragedia, para el sentimiento nacional ruso.
El Imperio colapsó y se desbarató. Hasta en la propia Rusia. Más bien, se diluyó entre la ruina y la incompetencia. Pero, parece evidente que la idea imperial permaneció. Aún descontando las violaciones de derechos, controles y censura, el acoso a opositores y hasta su envenenamiento, la innegable popularidad de Vladimir Putin es muestra del apoyo, quizá mayoritario, a favor de quien, desde hace dos décadas, se esfuerza por la reconstrucción de lo que, según el, fue “la mayor catástrofe geopolítica del siglo”: el colapso del imperio (soviético). Una reconstrucción en la que está cosechando éxitos notables; al menos, en Chechenia, Osetia y Crimea. Sin embargo, y aunque la idea sea siempre la misma (desde Iván IV a Pedro el Grande), la de fabricarse un colchón de seguridad amortiguador de posibles agresiones, no parece hacedero que Rusia pueda revertir la situación de los años noventa. El intento de reconstruir un círculo de estados-satélite como amortiguador de seguridad resulta inverosímil, porque, con toda probabilidad, provocaría una hecatombe de proporciones apocalípticas inabordables. Más bien, al contrario, (y esa es la cuestión que hoy plantean los rusos): esos antiguos estados-satélite, desde Polonia y los Estados Bálticos a Chequia, Rumanía y Bulgaria, desde fines de los noventa, se han apresurado a ingresar en la OTAN. Y, en muchos casos lo han hecho con un apoyo abrumador de la opinión: debe ser que pocos desean regresar a esa condición de satélites del imperio ruso.
No obstante el gobierno ruso considera esa extensión de la OTAN hasta sus fronteras del Oeste, a la que quiere poner coto, poco menos que un cerco. Una situación que el Kremlin interpreta como una amenaza, dentro de lo que el gobierno ruso denomina “zona de influencia directa”. Es dentro de este contexto –y dentro de esa demarcación- donde debemos encajar la política rusa en relación a Ucrania. Ucrania es el mayor país de Europa, con una extensión aproximada a la de España y Portugal, y un patrimonio muy considerable de “tierras negras”, particularmente fértiles (ricas en humus, además de serlo en fosfato, fósforo y microelementos), equivalentes a un tercio del total de la tierra productiva de la UE, que convierten al país en el tercer exportador mundial de maíz y quinto de trigo (España, por ejemplo, importa más del 30% del girasol de Ucrania). Es también uno de los pocos lugares del planeta, fuera de China, con un conjunto significativo de “tierras raras”, donde se encuentran vetas abundantes de elementos esenciales para baterías, imanes, luces fluorescentes y ordenadores. A mayor abundamiento, por Ucrania discurren las principales líneas de gaseoducto actuales entre Rusia y Europa central. Por fin, para muchos rusos seducidos por una historia nacionalista, Ucrania está en el origen de la gran nación eslava y en la expansión del imperio ruso: como suele recordar Putin, fue en Poltava donde donde Pedro el Grande obtuvo la victoria decisiva frente a Carlos XII de Suecia en 1709.
Parece evidente que en su “zona de influencia directa”, los rusos imperiales incluyen buen número de los países post-soviéticos, dentro de los cuales consideran la presencia militar Occidental como una amenaza a su seguridad nacional. Y parece que Ucrania está entre ellos. ¿Convierte esto el problema en insoluble y el conflicto en inevitable? En absoluto. Hay muchos más elementos para el acuerdo que para la confrontación (en una guerra que los rusos no pueden financiar ni los occidentales ganar). En ambas partes. No debería ser difícil que Putin comprendiera que con amenazas, “guerras híbridas”, donde se combinan medios coactivos, (desestabilización política y económica, ciber-ataques, reparto de miles de pasaportes, para, acto seguido, acudir en apoyo de los separatistas pro-rusos, azuzados y pertrechados por Moscú), con incursiones militares, aunque se reduzcan a la zona del Donbass (como ya se hiciera en Georgia, Osetia del Sur o Transnistria), el resultado es el fortalecimiento de la OTAN, porque suscitan en los países amenazados un impulso irrefrenable de cobijarse en la Alianza: la invasión de Crimea produjo en Finlandia y hasta en Suecia un deseo inmediato de estudiar su ingreso en la Organización Atlántica. Del mismo modo, debería ser posible que Occidente entendiera que hay tiempos y formas diversas de pertenecer y acercarse a la OTAN. Sin ir más lejos, De Gaulle sacó a Francia del Comité militar de la Alianza durante cuarenta años. En la crisis de los misiles de 1962, Kennedy renunció a invadir Cuba, pero forzó la retirada de la balística nuclear soviética. Puede ser comprensible –y debería ser negociable- ir desmontando el armamento nuclear de los países fronterizos: sería, además, una forma práctica y efectiva de regresar a una ronda de negociaciones de desarme.
Como buen ilustrado, Kant pensaba que el libre comercio era el pavimento de la paz. Se comprende que los americanos quieran vender su gas licuado, pero no es menos entendible que a muchos europeos -sobre todo, a los alemanes- les interese conservar –y hasta ampliar, con el gaseoducto Stream 2- la conexión energética con Rusia, (por más que en Washington produzca escalofríos la visión de un inmenso conglomerado comercial Euroasiático liderado por rusos y alemanes). Sólo a Trump se le ocurre que la diversificación de las fuentes de energía sea económicamente indeseable. Sin embargo, tampoco creamos que esa mutua dependencia Euro-rusa es el bálsamo de Fierabrás que, resaltando lo ruinoso de la guerra, preserva la paz: los imperios siempre están dispuestos a gastarse “hasta el último…rublo” en honra y reputación, que decían los imperiales españoles del siglo XVII. Ya vimos que las sanciones aplicadas por Occidente con ocasión de la crisis de 2015 fueron un fracaso: ni Rusia ha cedido Crimea (más bien, ha modernizado y ampliado considerablemente sus instalaciones de la Flota del Mar Negro) ni ha variado sus objetivos geoestratégicos. Con todo, los EE.UU. y la OTAN han dejado claro que una invasión de Ucrania, o incluso una segregación del este en la zona del Donbass, mayoritariamente ruso hablante y ortodoxa, con el pretexto de sufrir la represión de Kiev (el escenario más probable, de lanzarse una operación militar), tendría unas consecuencias económicas devastadoras para Moscú.
En realidad, hay muchas más razones para la negociación y el acuerdo que para la confrontación y la agresión. Pero, con este simio imitativo, a cuya especie pertenecemos, nunca se sabe. Pensado para aportar argumentos a la Conferencia de paz de La Haya de 1899, un matemático y economista de origen polaco (pero empresario en el Imperio ruso y muy introducido en el alemán) escribió un estudiado alegato con el título La Guerre Future, traducido al castellano de forma más ilustrativa como ¿Es hoy imposible la guerra? Bloch calculó que una guerra entre las grandes potencias europeas (los Imperios Centrales, por un lado, y la Entente Franco-Británica, más el Imperio Ruso, por otro), una guerra industrializada, que se desarrollaría en trincheras, con ametralladoras y artillería pesada, sería larga, mortífera y ruinosa…para todos los contendientes; traería miseria, epidemias y desencadenaría inestabilidad política y revoluciones. Un desastre. Y, por tanto, no se produciría. Tenía razón: a la postre, sus cálculos se demostraron premonitorios. Sin embargo, su conclusión fue errónea: The guns of August, escribió Barbara Tuchman (en un libro que estuvo en la cabecera de Kennedy en la crisis de 1962), desencadenó el suicidio de los bárbaros, como llamó a los europeos de 1914, José Ingenieros, un lúcido pensador argentino, horrorizado ante el macabro espectáculo de la Gran Guerra.
Por José VARELA ORTEGA, editor de EL IMPARCIAL