En el haber de Billy Wilder se encuentran obras maestras del Séptimo Arte como Sunset Boulevard, El apartamento, Primera plana o Testigo de cargo, entre otras, manejando a la perfección tanto el registro dramático como el de la comedia. Al final de su vida, filmó Fedora, que nos sumerge en la trayectoria de una actriz en declive, en su día gran y bellísima diva del cine clásico, a quien un productor, Barry “Dutch” Detweiler, intenta convencer de que vuelva a los platós. Detweiler se desplaza a una isla griega, donde Fedora está recluida, vigilada por su sirvienta y su chofer que prácticamente la tienen poco menos que secuestrada.
También en declive se encuentra Calista Frangopoulou, compositora griega de bandas sonoras afincada en Londres. Cerca de la sesentena, tampoco su vida personal atraviesa un buen momento. En estas circunstancias, vuelve su mirada al pasado y, desde el presente y en primera persona, rememora una cena a la que asistió a finales de los años setenta del pasado siglo, en la que está un septuagenario cineasta, que resulta ser Billy Wilder. Este encuentro fortuito es el comienzo de su relación con Wilder, quien la contrata para colaborar en el rodaje de su nuevo filme Fedora.
A través de la voz de Calista, llegamos a la isla griega de Lefkada y entramos como testigos privilegiados en un universo fascinante, pero también en proceso de profundo cambio, en el que parece que ya no hay sitio veteranos directores como Billy Wilder: “La película tiene mucha compasión por sus personajes envejecidos en particular (ya sean hombres o mujeres) que luchan por encontrar su papel en un mundo al que ya solo le interesan la juventud y la novedad”, reflexiona Calista.
El cine no le es ajeno a Jonathan Coe (Birmingham, 1961), quien, en este terreno, ha publicado ensayos biográficos sobre Humphrey Bogart y James Stewart. Muy celebrado por sus novelas de sátira política sobre su país, como, El Club de los Canallas sobre la era Thatcher, El Círculo Cerrado en torno a Blair y El corazón de Inglaterra, donde aborda el Brexit, abandona aquí esta veta para ofrecernos una deliciosa obra que es más -aunque también- que un homenaje a Wilder, sobre cuya figura se ha documentado profusamente, y por la que también asoman el Holocausto y su tratamiento por Spielberg en La lista de Schindler. Estamos ante una historia repleta de vitalismo, que nos llena de un optimista sentimiento, de esperanza para enfrentarse a los inevitables desastres y encrucijadas de la vida.
“Volví a ver la película esa noche y sentí una inmensa alegría por el hecho de que existiera. Una inefable sensación de agradecimiento hacia Billy, de agradecimiento por que se hubiese tomado el trabajo de concebir y alimentar a aquella criatura extraña y única, de traerla al mundo para que de diversas maneras pudiese conmover e inspirar a la gente que la viera”, confiesa Calista al final de la novela. Y tras esa nueva visión del filme en el presente de Calista, rodado hace muchos años, toma una decisión trascendente.