No sabíamos que Putin iba a invadir Ucrania: pensábamos que eran faroles, baladronadas y resabios nostálgicos del Soviet. Cuando Barack Obama relegó a Rusia en 2008 a una segunda fila del escenario geopolítico, muchos pensamos entonces que Putin se lo iba a tomar a mal. Y, en realidad, todos estos años han sido una preparación de la tardía guerra que ahora ha estallado: el exagente de la KGB, que monta a caballo desnudo o juega al hockey sobre hielo con la selección nacional, le da a la guerra a tope, porque entiende que lo moderno ahora es matar ucranianos. Es un presidente desmadrado y desafecto, un gobernante exento, que deja su despacho en el Kremlin para irse a Rubliedo con su novia Alina Kabaeba, que es una gimnasta de mucho cuidado, y con la que ya ha tenido cuatro churumbeles que andan por Suiza.
Toda diplomacia es un fracaso cuando la ONU certifica más de medio millar de muertos: lo que tienen los conflictos bélicos, visto todo con perspectiva, es que no son previsibles, sino que influyen y nos afectan a todos, en la vida, en lo personal y hasta en el recibo de la luz. Rusia ha movido ficha sangrienta contra las “grandes potencias” de Occidente: su última jugada ha sido el jaque mate a la zona occidental de Ucrania, donde ayer ha hecho volar un Centro para el Mantenimiento de la Paz y la Seguridad Internacionales en Lviv –un centro militar de la OTAN, vamos–, donde según Moscú se encontraban 180 “mercenarios extranjeros”, a solo 25 kilómetros de Polonia. Los pasillos de Bruselas y de Washington han sido un ir y venir de técnicos, diplomáticos y políticos. La OTAN ha emitido un comunicado en el que asegura que un choque mayor “supondría una guerra total en Europa con la participación de cuatro potencias nucleares como son Rusia, EEUU, Reino Unido y Francia”. Joe Biden es como un hombre terminal al que mantienen vivo y mínimo a base de alpiste, que hace intervenciones amenazantes que no se cree nadie –entre otras cosas porque nadie quiere una escalada atómica–, de manera que Vladimiro continúa con su genocidio, mientras Zelenski le planta cara, a la espera de que la OTAN active una zona de exclusión aérea en Ucrania, que sería una declaración de guerra a Putin.
Jean Monet, cofundador de la Europa Moderna, dijo aquello de que “Europa se hará en las crisis y será la suma de las soluciones que a esas crisis se den”. Si somos, no hijos, pero sí nietos de la posguerra europea, en cuanto que algo hemos leído y visto de las alianzas estratégicas entre países para evitar la destrucción del planeta, sabemos que esta matanza se podría parar ahora mismo: primero, con la promesa atlantista –rota en su momento– de no extenderse más al este de donde está. Segundo, con la entrega y rendición de Zelenski ante las ambiciones del sangriento Putin, que en su megalomanía está determinado a dejar tras de su avance la tierra quemada de Ucrania que vemos cada día en televisión. Tercero, admitiendo el cambio del maridaje entre China y Rusia, con el consiguiente desplazamiento de los centros de poder mundial a Oriente. De hecho, Ucrania es solo un pretexto para este cambio: no es fácil escapar al eurocentrismo, porque admitir que la sangre de cientos de inocentes cambió la forma del mapa político mundial supondría tragar muchos sapos para mandatarios incuestionables y tan eficaces en sus relaciones diplomáticas, que han dado como resultado que el mundo entero se encuentre a las puertas de la III Guerra Mundial. Mientras, Putin, como si estuviera jugando a la Play Station, rellena el hueco de sus ratos libres, entre polvo y polvo, salto y salto, gimnasia y gimnasia con la Kabaeba, matando ucranianos. Los rusos eran los olvidados del escenario global y algunos pensaban que Anna Karenina andaba paseando todavía por las calles nevadas de San Petersburgo. Ahora la sangrienta e indiferente Rusia de Putin reclama su trozo del pastel y resuelve dominar Ucrania y el mundo a cañonazos ante la impotencia de los prebostes internacionales, los que se habían olvidado tantas veces de él. Rusia se ha hecho poderosa subida al féretro de los niños muertos, pero no pasa nada: lo enterrarán y luego la OTAN, EE.UU. y Europa volverán a sus quehaceres, a sus alfombras, a su orgullosa y fallida diplomacia.