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TRIBUNA

La guerra y la ética antropológica

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 18 de marzo de 2022, 20:06h
Actualizado el: 18/03/2022 20:50h

“Por la sombría Rusia, / en la que sufrí, amé y enterré mi corazón”.

(Eugenio Onieguin, Pushkin)

En una guerra termonuclear lo relevante ya no está en el número de muertos humanos sino en la desaparición del entorno natural que hace posible la vida. Se pasaría así de una ética antropológica a una ética medioambiental. La actitud jainista correspondería también con el temor a esa guerra del futuro, porque pone en peligro ya no la vida humana, sino toda forma de vida. El espíritu del pueblo ruso, muy conformado por el cristianismo ortodoxo, siempre se ha sentido hermano de la Naturaleza, precisamente por las condiciones duras en que ésta se presenta, y pocas películas han sabido representar tan bien ese alma como la “Dersu Uzala”, del gran Akira Kurosawa.

Si todo sigue como hasta ahora, en la violenta intervención rusa en Ucrania, con información exclusiva de muertos y heridos ( humanos ), sin importar aún la destrucción de plantas, animales o ecosistemas, nos encontraremos sencillamente en el escenario de una guerra más, ordinaria, como la más antigua registrada en la Historia, con el horror propio de una guerra en la que el único doliente y agente moral es el hombre. Si todo sigue como hasta ahora, efectivamente la ética antropocéntrica seguiría siendo la ética vigente, y la obra de la baronesa Berta von Suttner, ¡Abajo las armas!, seguiría siendo el mejor antídoto literario contra este tipo tradicional de guerras. Ahora bien, si Rusia o la OTAN se extralimitasen en sus respuestas bélicas contra el enemigo, si se dejasen de usar sólo las armas tradicionales para complementarlas con las nucleares, todo el mundo sabe ya que la humanidad que quedase, si quedase alguna, pasaría a una ética medioambiental, en la que toda la naturaleza sería el centro de esa ética del futuro – quizás una ética que ya no afectase a nadie -. Hasta ahora la naturaleza nos importa sólo en tanto en cuanto nos permite a los seres humanos una existencia aceptable en este planeta Tierra. La existencia de la humanidad en una habitual y conocida naturaleza aceptable hizo que el hombre no se percatase de la relevancia moral que tienen los animales, las plantas y los ecosistemas. Una guerra atómica nos haría percatarnos en un solo segundo de que aquellos forman parte también de nuestra comunidad moral. De un modo poéticamente divino San Francisco de Asís lo intuyó en los primeros balbuceos de la lengua italiana, sin que entonces el hombre fuera aún un peligro para la Naturaleza.

Es así que el filósofo alemán Hans Jonas, previendo la posibilidad de una hecatombe nuclear, en su libro El principio de responsabilidad, actualiza el formalismo del imperativo categórico kantiano del modo siguiente: «Obra de tal modo que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia de una vida humana auténtica en la tierra». Aquí ya no se trata de taxonomizar a los distintos seres sintientes en un frenesí tabulador de distintas relevancias morales, de jerarquizar el status moral de cada uno de los seres, desde el escalón que ocupa el sabio al que ocupa el último gusano, de ampliar el círculo del altruismo a otros seres no humanos como verdaderos entes morales, sino que la bomba atómica nos metería un día de sopetón a toda la naturaleza, nosotros incluidos, en la misma comunidad moral, en un neofranciscanismo insoslayable.

Del mismo modo que una delicada y grácil Terpsícore rusa en el proscenio se apoya en un solo dedo del pie, en un intento transmundano de perder incluso también este único punto de gravedad, y desvincularse de la ley que rige las masas, mientras que con el otro pie levantado forma círculos, y se lanza a volar sobre las candilejas, así también la OTAN, como una bailarina, debe estar muy atenta a no perder el difícil equilibrio que se le impone. Llevar a cabo las sugerencias que un desesperado Zelenski propone podría suponer la destrucción del mundo. Por eso se trata de jugar la partida de ajedrez que menos desastres colaterales entrañe. Quizás nunca debió aceptarse que la soberanía de la República de Ucrania implicase su entrada en la OTAN. En realidad, y tras la Segunda Guerra Mundial, sólo son estados soberanos, sensu stricto, y saltando por encima del fariseísmo ético, aquellos que poseen bombas atómicas. Es sólo la bomba atómica la que de hecho fundamenta en el concierto internacional de las naciones la independencia real y la soberanía de hecho – y no de palabra – de un pueblo. Ucrania, como España, no tiene armas nucleares. Ergo no tienen soberanía plena. Su ontología política les impedirá ser siempre aquello que no cuadre a los verdaderos estados soberanos plenos. La soberanía de Ucrania, como la de España, tiene límites, y es deber del buen gobernante respetar esos límites. Aquí el “fiat iustitia, pereat mundus”, constituye una abominación antipolítica.

El último Dostoyeveski, exaltado por su amor infinito a Rusia, expresó la luminosa esperanza de que alguna vez los rusos pudieran ser algo dentro de la Humanidad, aunque sólo fuere ser hermanos de los demás hombres; esa “fraternidad” que la Revolución Francesa recogió del término “isogonía”, sacado de la Revolución política de la Atenas Clásica. La Revolución primera de la libertad. Diríase ciertamente que la violenta intervención de Rusia en los asuntos de Ucrania no responde al anhelo fraterno de Dostoyevski. La violencia siempre acaba engendrando la acechadora y sombría jandrá en las grandes almas rusas, y ucranianas, claro. Aterrorizadas por las explosiones las náyades de las orillas del Salguir se ocultan en los cañaverales. Los que confiamos en que Rusia no es una Unión Soviética maquillada con delirantes misiones ecuménicas, confiamos en que el horror termine con la fuerza de la primavera.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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