Las palabras nos hacen estar firmes incluso ante el viento cuando sopla. El tiempo fluye y pretendemos que “la vida hogareña sea pacífica y serena” (Henry Miller).
Los poetas juegan con la literatura una partida de ajedrez alguna noche. Lo que pasa en la calle desea ser descrito con una especie de rareza mecánica. Desde hace algún tiempo, la poesía goza de popularidad que hace que la veamos en movimiento. Hay poetas que escriben al amparo de una sonrisa plena de confianza. Otros invierten la totalidad de sus sentidos en el proceso.
Juan Francisco Quevedo en Una mirada a este tiempo nuestro (Libros del aire) se nos muestra como un poeta que gusta de no apartar la vista de un rostro asombrado; en sus versos nos hace encontrar la sensación de brotar en el espacio, como un globo que, en el circo, se escapa de la mano de un niño. Hay en su libro memoria y corazón, flores eléctricas que brillan y se desvanecen alternativamente sobre la húmeda y sofocante calzada.
Los títulos de cada una de las partes –“Amor, dolor y poesía”. “Tierra, polvo y luz”, “Pensamiento y palabra”- son versos auténticos que poder enfocar desde diferentes ángulos. ¿De qué nos habla? De la verdad que nos hiere y nos llena de confusión, de recuerdos a gran escala, del sueño eterno que viven los amantes que mantienen una actitud digna. Los poemas -o fragmentos algunos como armonías de violín- están formados por piezas que parecen cubiertas de fotografías: “Nos pasamos los días esquivándolo”, comienza uno de ellos. Y sigue con “Tarde o temprano, / el carrusel de la existencia acaba atropellándonos”. Esta poesía es un edificio alto donde permanecer un rato en silencio.
Se alternan poemas breves con madurez de propósito y sin rasgos de espontaneidad con otros largos con una intensidad perseverante. Es este último caso el de “Paseando con Juliette Binoche sobre el Pont Neuf”: “El cielo ardiente de París abriga / las fastuosas y alentadoras quimeras / que, con su irisada y cauta luz, iluminan / los sueños de los jóvenes amantes”, para concluir: “¡Ah, viejo París! Siempre renovando la ilusión perdida de los amantes / y el encanto maldito de los poetas”.
En los poemas de Juan Francisco Quevedo hay aforismos que no están caldeados por profundas banalidades: “La playa es un tejido de partículas”, “La verja hacia el olvido espera abierta”, “Dulce y salada lágrima emergente que lenta surcas una faz querida”, “Nunca fui un dandy literario, ni un literato dandy”, “El amor. Ese insólito lugar donde reside la pura verdad”.
Los poemas amplían su temática como si hubiesen estado esperando alguna señal, como en “La mirada de los muertos”, “Arañando la tierra”, o “Murnau”. Prescinde Juan Francisco Quevedo de retoricismos. La injusticia del mundo no nos deja alcanzar un grado de tranquilidad, parece decirnos. El poema “Madre” nos trae la corriente de sus pensamientos. Flota en el aire una imperiosa emoción con “la brisa que viene de poniente y mueve / los hilos que cruzan mis labios”. El mundo recobrado es una súplica para poder desentrañar la vida. Pueden servir de ejemplo estos versos: “Tráeme, madre, el sonido / profundo y antiguo de la tierra, / la llama que nunca se extingue”. A ratos Juan Francisco Quevedo parece volver a la tristeza, que es como humo que se cuela en la sala, aunque nadie se marcha de momento. Sorprende el poema “El resplandor de la hoguera”, que nos recuerda a la mejor poesía de Eugénio de Andrade: “Las quinas viejas / que asomaban por la pared / miraban con resignación / el resplandor de la hoguera. / Después, un cubo de agua / daba cumplida cuenta / de los últimos rescoldos. / Se sacaba las gafas del bolsillo / y se iba a quitar las malas hierbas”.
Juan Francisco Quevedo ha escrito un puñado de poemas que reparan en siluetas cercanas que se siguen aproximando a él, palmo a palmo. Publicó su primera novela, Ana en el mes de julio en 2014. Sus poemas iniciales vieron luz en El sedal del olvido, 2017. Encontró su voz -lejos de los juegos de palabras imposibles- en la inspiración del momento y en los comentarios periodísticos que no oscilaban como sauces jóvenes ante el viento. Los poemas familiares, la contemplación de la bahía cuando no hay que esperar más, son otras de las habilidades de Juan Francisco Quevedo. Apacible mañana de verdor, arcos de piedra que nos dan un espectáculo: “Marcas del tiempo en las pétreas moles / desafían altivas a los siglos. / Se erigen como celosos guardianes / de la substancia y memoria de su pueblo”. En este libro tan de Juan Francisco Quevedo destacan un tanto los poemas “El quiosco de la esquina” e “Incansables”. Es un poeta del tiempo y las confesiones, de ideas que se adecúan a las mil maravillas con su actitud pulcra y bienintencionada y nos invitan a dejarnos llevar por la “fuerza del impulso y el deseo, arrinconando a la costumbre”.