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TRIBUNA

Una fábula rusa

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 25 de marzo de 2022, 20:45h

J. Rousseau, en el segundo capítulo de su inmortal Emilio se horrorizaba espantado ante quienes usan las fábulas de La Fontaine, en las que laten las historias clásicas de Esopo, Fedro, Babrio o Aviano, para enseñar a un niño a leer. Como estas fábulas, además de leer, quieren enseñar a la infancia que el fuerte impone su ley al débil, que el astuto triunfa siempre sobre el alma cándida y sencilla del hombre bienintencionado, que bobo es aquel a quien engañan los pícaros, que los buenos aduladores son los mejores traidores, afilando el puñal para clavárselo en la espalda más hondo a sus víctimas ( ésta la saben practicar muy bien los que viven actualmente del Partido Popular ), que se debe amar el vicio con que sacar ventaja de los defectos de los demás, o que debemos hacer gala siempre de la santa inhumanidad que la hormiga exhibe ante la cigarra, este género literario sería la forma literaria suprema que tienen los maestros para iniciar en el vicio a sus escolares. Y la verdad es que encontrar argumentos con los que contrarrestar la posición moral que tiene el siniestro ginebrino frente a este género literario, hijo de una pura figura literaria, no me es fácil. Afirmar en la exquisita elegancia de la fábula la realidad inmoral en la que tantas veces vive el hombre para sobrevivir es algo que a cualquier moralista tiene que parecer antipático, máxime cuando la brevedad sentenciosa del género no da lugar jamás a la reflexión de expresar que aunque las cosas son así, “no deberían ser así”. Sin embargo, también existen fábulas del propio Esopo en prosa, y traducidas al verso en latín por Fedro, en las que no siempre la realidad tiene la inmoralidad inhumana de la mayor parte de las fábulas esópicas, y en las que su belleza y gracia literarias se acoplan perfectamente con su primor moral. Estas fábulas moralmente defendibles pasaron también a Babrio, a Aviano, a Bembo, a Gildon, a Lessing, a La Fontaine, a nuestros Iriarte y Samaniego y, naturalmente, al fabulista por excelencia de la literatura rusa, el moscovita Iván Krilov. Desde luego fue el siglo de la Ilustración, el siglo XVIII, el gran siglo que resucitó la fábula, y con la que según Rousseau, el joven exhibicionista que asustaba a las señoritas en los parques de Lago Leman, se enseñaba a leer a los niños.

La moraleja de la fábula no fue un componente original de la fábula, pura figura literaria de la alegoría o parábola, sino que fue añadido a partir de Demetrio de Falero, discípulo de Teofrasto, como “epimýthion” o “epiphonêma”. Era la propia inteligencia moral del lector quien a la postre decidía su sentido moral. Los animales suelen representar cada uno un personaje moral sobre el que ya hay un consenso previo con el lector. No obstante, algunas veces, el personaje depende más de la situación que de su propia especie.

Pues bien, la guerra económica que se está dando entre Europa y Rusia me recuerda una encantadora fábula de Iván Krilov: “Al pie de encina secular, un cerdo/ comiendo estuvo hasta llenar la andorga;/ luego allí mismo echó su siestecita,/ y, al fin, juzgó oportuno levantarse./ Entonces fue y se puso con su hocico/ a mirar de la encina las raíces./ En las ramas posada, una corneja,/ - Mira que al árbol dañas – le advirtió -,/ si lo dejas sin raíz, podrá secarse,/ - Pues por mí que se seque – dice el cerdo -./ No tengo que apurarme lo más mínimo,/ que bien escasa utilidad le veo;/ que tan sólo me importan sus bellotas./ -¡Ingrato! – le reprocha aquí la encina -/ verías que esas bellotas que te engordan/ soy yo quien las produce, ¡so gaznápiro!” ( Traducción de Rafael Cansinos Assens ). Es evidente que en la interpretación anacrónica de esta fábula los actores de la misma dependerán del lado de la trinchera en que se encuentren los hermeneutas. ¿Quién hoy personificará la encina? ¿Quién el cerdo? ¿Quién la corneja? La encina es un personaje que aparece pocas veces en la fábula clásica; dos veces en Babrio y una sola vez en Esopo. Suele representar la resistencia que tienen los que no ceden ante enemigos más fuertes y que, por ello, a diferencia de la caña, se les arranca de raíz. Esto es, son tenaces pero carecen de astucia. El cerdo es un personaje que no aparece en la fábula clásica, aunque sí en la medieval, y tiene su máximo protagonismo en la obra de George Orwell, Animal Farm, en la que el cerdo nos previene contra el amor, la mayor traición contra el Estado, y sus gruñidos fundamentan el Ministerio de la Verdad. La corneja es también un personaje minoritario en la fábula clásica, apareciendo sólo tres veces en el gran Esopo. Suele aparecer como envidiosa de los cuervos – que, a diferencia de ella ofrecen oráculos certeros – y, a la vez, tenaz en su devoción para con los dioses, a los que ofrece continuas plegarias y sacrificios, a fin de estar siempre a bien con ellos.

En realidad, la fábula clásica nos da una visión del mundo holística, una ontología del ser definido por su propia interdependencia, que nos puede recordar la hipótesis de Gaia de Lovelock o la ontología de Aldo Leopold. Desde esa perspectiva holística no hay fronteras entre las especies, todo está interrelacionado. No existen cosas aisladas. Todo interacciona con otras cosas, de suerte tal que todas las cosas concurren y forman un mundo como sistema. “Todo está en todo”, que diría Anaxágoras. El hombre pertenece a la misma comunidad moral en la que se insertan la encina, la corneja y el cerdo de Krilov. Finalmente, cuando observamos la guerra nos percatamos inmediatamente de que de todas las ramas de primates que han existido, el hombre viene de la más sanguinaria y neurótica, la del chimpancé.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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