El conflicto armado que cumple cuatro décadas el 2 de abril de 2022, conlleva una suerte de ¿fascinación? ¿curiosidad? que atrae siempre a retomarlo. En mis incursiones al Archivo General de Indias encontré que después de cesada la Guerra de los Siete Años con la Paz de París de 1763, 3 años después, el embajador británico en Madrid fue requerido y amonestado para que comunicara a su monarca que el rey de España no toleraría sus incursiones y merodeos en Malvinas, dependientes del virreinato del Río de la Plata. Aquellas terminaron en manos británicas en la invasión de 1833 y por aquellas se libró una breve, pero cruenta guerra, cuyo recuerdo perdura. La Guerra de las Malvinas transcurrió del 2 de abril al 14 de junio de 1982, un día después de iniciado el Mundial de España’82. Y Hablando de, siempre se ha comparado la demanda argentina con Gibraltar.
Situado el archipiélago a medio camino entre Sudamérica y hacia el Polo Sur, es reivindicado por Argentina y de momento, forma parte del denominado Territorio Antártico Británico, que incluye a las Georgias del Sur y a las Sándwich del Sur y una tajada de la Antártida, esa que no es de nadie, pero, pues… ya está repartida y reivindicada por argentinos y británicos y tantos más. Acaso, Malvinas puede ser en sí mismas, un espacio de valor relativo, pero su rico subsuelo y alrededores resulta utilísimo y su cercanía a Argentina, las torna reivindicables por haberle pertenecido. Ahí las claves de toda la disputa por su posesión, amén de la usurpación británica que las coloca en el status de territorio de la Corona.
La guerra en México la recuerdo muy al inicio. Con días previos, tensos. La ocupación de Puerto Argentino fue audaz, independientemente de todo. Algún noticiero del 3 de abril al regresar de un día de campo con mi familia, presenciando cómo poco a poco las hostilidades se apoderaban de los titulares, lo que resultó ineludible por tratarse de la región latinoamericana, por lejana que me resultara Argentina a mis diez años y se siguió hablando del conflicto, aún ya concluido. La memoria me da para recordar episodios como el apretón de manos entre los primados de Inglaterra y Argentina ante Juan Pablo II en plena guerra, más no me alcanza para recordar cuál fue la manifestación social a mi alrededor, si bien con los años he sabido de marchas de apoyo, aunque también de detractores de los argentinos. O el apoyo militar peruano o leído que los enemigos de Argentina sabían qué armas tenían y cuántas balas les quedaban, por habérselas vendido. Así como el jaloneo por admitir si hubo o no submarinos nucleares involucrados o la amenaza de arrojar una bomba nuclear a Buenos Aires si Francia no decodificaba para los británicos, las combinaciones secretas de cierto armamento francés vendido a los sudamericanos. No se olvide, además, la sólida comunidad argentina situada en México, proveniente de la carnicera dictadura del 76, posiblemente movilizada.
Y rememoro la nota que hablara del cese de la guerra, que suponía y lo suponía yo, un momento fatal. A Galtieri en el balcón de tanto en tanto o las bajas de ambas partes, incluidos los barcos hundidos entrambos bandos, que no fueron ni pocos ni triviales para los contendientes; mientras se afirmaba que la lucha tiraría al gobierno que perdiera la disputa. Ya entonces se apodaba a la premier británica como la Dama de Hierro, mote ganado por asuntos internos, aunque con China no pudo, aceptándole la coacción de arrancarle el compromiso de sí devolverle Hong-Kong (finales de 1984) en 1997, es decir, que no a todos torció el brazo la afamada mujer, caricaturizada como pirata. Su triunfo le valió unos funerales de Estado con gran despliegue y el amargo repudio argentino, discreto.
Con los años hemos conocido detalles de la fiereza del combate desde ambos bandos. Que entrambas naciones se enfrentaron con todo, que no hubo nadie menor, echando pa’lante los contingentes con Argentina tomando la iniciativa ocupando Malvinas. En el camino, los yanquis traicionando el TIAR, ayudando a Gran Bretaña, o la Mancomunidad británica cercando a Argentina, en esas respuestas solidarias que nos recuerdan tanto las que hoy testificamos contra Rusia, sin declaraciones de guerra de por medio. Sin duda, aquella confrontación marcó el 82, la consolidación de la Thatcher, aceleró el fin de la dictadura argentina, detonó su ansiada democratización y hasta ribetea el recuerdo del ardoroso partido Argentina-Inglaterra del Mundial del 86, marcado por los ecos de aquella conflagración. Y con los años, el recuento de los daños, el lento restablecimiento de relaciones diplomáticas entre ambos países, la insistencia en el tema en tonos, niveles y volúmenes diversos, el bloqueo sudamericano a las Islas, el incidente de Cristina Fernández con aquel sobre cuyo contenido las aludía, espetándoselo a Cameron, rechazándolo aquel. Y la referencia permanente al suceso, la última guerra vivida en nuestra región, quitando las invasiones yanquis de los ochenta, la última, a Panamá o el rechazo de “Falkland”.
Para reforzar la memoria de aquellos días, comparto las palabras de mi amigo mexicano Octavio Tolentino, amante de la historia militar y miembro de la Asociación Mexicana de Estudios Histórico-Militares, quien me ha recordado el episodio de los correntinos que, cuerpo a cuerpo, con su facón de empuñadura de plata se tasajearon con los gurkas portando sus cukris, y apunta sus recuerdos: “primero, mi sorpresa por el anuncio de la invasión y mi rechazo al régimen militar argentino que, al igual que muchos países latinoamericanos, era Argentina triste presa de los militares. Pensé que lo resolverían diplomáticamente; mayor sorpresa aún por la reacción de Margaret Thatcher al embarcarse en esa empresa tan lejos. Cuando se iniciaron los enfrentamientos, albergaba una secreta esperanza de que los argentinos triunfaran sobre la Corona británica, luego la traición de Brasil y desde luego, de Chile. Los gringos con Reagan –¿qué se podía esperar?– y el desarrollo de los combates lo seguí con mucho interés. La actuación de la aviación argentina, destacadísima; y haciendo bajas increíbles a la marina británica. El abandono a los infantes argentinos jóvenes conscriptos y el desenlace en que casi ganan, pero al final uno triste y sostengo: las Malvinas son argentinas. Una epopeya fue la aviación argentina, cada vez más reconocida por los ingleses mismos cuando los pilotos eran esenciales y no operaban con tanta computadora”.
Tengo el enorme honor de compartir con ustedes también las palabras expresadas por mi amiga, la politóloga argentina Graciela Maderna, quien puntualiza sobre aquel suceso: “Malvinas fue, sin dudas, la guerra que, además de insensata, nos quedó lejos. Se decía por aquel tiempo que solo la mente destruida del borracho Galtieri podía engendrar tal situación y enviar a nobles soldaditos sin experiencia al frente de batalla. Y digo, nos quedaba lejos, porque la vida en el continente seguía un ritmo habitual en épocas de dictadura. A 40 años de aquello, siento que cada gobierno en horas bajas, impulsa el deseo de identidad nacional recordando a Malvinas, pero sin pagar la deuda histórica a las víctimas y con 650 soldaditos que dejaron sus vidas, incluidos amigos y hermanos de amigos”.
Cierro con el sentir de mi amigo Miguel Macera, quien desde Buenos Aires, señala: “son cuarenta años de aquella Operación Rosario, que intentó por la fuerza recuperar territorio usurpado. (Pasada la guerra) en 1983 se hizo inocultable el accionar del Terrorismo de Estado –secuestros, torturas, 30 mil o más desaparecidos planificados por las Juntas dictatoriales– y lo militar pronto se volvió significante del horror organizado. Este fenómeno es crucial para indicar lo sucedido durante el gobierno de Raúl Alfonsín (1983-1989) y sus políticas de desmalvinización. Estrategia cultural que, junto al ocultamiento de las propias fuerzas, creó un inusitado abandono del tema y con ello, de los excombatientes y sus situaciones. Los veteranos se organizaron –sin por ello poder evitar más de 400 suicidios entre pares–. El gol del Diego a los ingleses (México’86) se imbricó, eterno, en la levadura memorial contra las tácticas del olvido, también perforadas por las prédicas de los excombatientes, monumentos sui géneris o encarados por municipios, murales espontáneos y de organizaciones, puestas y museos, que luego se tornaron políticas públicas y de gestión cultural. En la actualidad, ayuda al episodio la ley vigente de educación que obliga a todo el sistema formativo a curricularizar el tema, por lo que su geografía e historia reciente es conocida por las y los jóvenes –en cierta medida, ¡vamos, son centennials!– y algo se hace también para que sean vulgarizados los argumentos históricos, geográficos, diplomáticos que asisten a la Argentina sobre este territorio; como pendientes y en agenda se trabaja por esos otros olvidos muy ligados a la memoria de lo bélico: el lugar de la mujer, el lugar de las Islas con la idea identidad y nación en el contexto cultural actual, el debate sobre el lugar real de los jóvenes no profesionales en la contienda. Lo que nadie discute es el heroísmo de quienes fueron arrojados con mala planificación estratégica y logística, y que las Islas Malvinas... son Argentinas. Hoy estamos remalvinizadores, pero no belicosos”.
Así, Malvinas no es una herida cerrada. ¿Algún día la Gran Bretaña cesará su soberanía sobre tales regiones australes? La ONU exhorta a que se dialogue.