El Ejército ruso está sufriendo la valiente e inteligente resistencia de los militares y civiles ucranianos. Putin imaginó que en unos pocos días su criminal invasión le permitiría controlar el país y colocar un Gobierno títere en Kiev, pero sus tropas están atascadas y desmoralizadas por sus constantes derrotas y por las múltiples bajas de los soldados. La estrategia de las tropas de Zelenski supera con creces a la del dictador del Kremlin. Las emboscadas, las barricadas alrededor de las grandes ciudades, la destrucción de convoyes logísticos o la voladura de puentes han desbaratado los planes de Moscú.
Se podría concluir que Putin está perdiendo la guerra. Y eso le hace aún más peligroso por el riesgo de acentuar la guerra sucia, como hace con las reuniones para negociar el alto el fuego, en las que los representantes rusos prometen cosas que no cumplen. Pero Moscú gana tiempo en un intento de superar su confusión y desesperación.
La guerra, pues, puede prolongarse sine die. Rusia es consciente de su fracaso bélico. Pero nunca admitirá una derrota. Por eso, arrasa sin contemplaciones las instalaciones y residencias civiles provocando muertes y dejando a la intemperie, sin casa, agua, luz ni comida, a millones de ciudadanos. Pero Ucrania se rearma gracias a que Occidente no cesa de enviar material bélico ante el endurecimiento y la prolongación del conflicto.
Putin busca una solución para alardear de haber cumplido sus objetivos y vender a los rusos una gran victoria que le permita reforzar el ultranacionalismo en el que basa su poder. Pero ahora no puede. De ahí, la feroz censura de los medios de comunicación para que solo propaguen la propaganda oficial sobre el conflicto bélico. Y, de ahí, el peligro de que utilice armas químicas o incluso nucleares para no salir trasquilado de Ucrania.