www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Sáhara Occidental

Juan José Laborda
x
1718lamartingmailcom/12/12/18
sábado 02 de abril de 2022, 19:45h

James Baker (Texas, 1930), un prestigioso político norteamericano, colaborador de los presidentes Reagan, y Bush senior, en sus gobiernos, aceptó representar al secretario general de la ONU en la búsqueda de una solución para el Sahara Occidental. Después de años, y de varios planes conocidos por su apellido, mediando en conferencias entre Marruecos y el Frente Polisario, en 2004, James Baker tiró la toalla, y manifestó que el problema del Sahara Occidental no tiene solución.

Es verdad que la Asamblea General de la ONU introdujo su caso dentro del Comité de Descolonización en 1960. España, que había declarado que el territorio colonial era una provincia española -y de hecho hubo pintorescos procuradores saharauis en las Cortes franquistas-, aceptó, a regañadientes, descolonizar el Sahara, y ese proceso no había hecho grandes avances cuando Franco y su Régimen entraron en un proceso de extinción irreversible.

Era el año 1975, año en que la Unión Soviética había derrotado a los Estados Unidos gracias a que el Vietnam comunista había expulsado a los norteamericanos de la península de Indochina. Aunque la conferencia de Helsinki, y su Acta única (agosto de 1975), ponía fin a la guerra fría en Europa, la disputa por el dominio de otras partes del globo estaba más candente que nunca, y África era un territorio en el que los soviéticos estaban progresando sin cesar: a sus tradicionales aliados, como Argelia, se iban sumando zonas como Angola y Mozambique, donde ejércitos rebeldes, sostenidos por la URSS, habían sustituido a Portugal por Estados prosoviéticos, aunque padeciendo guerras civiles, en las que los americanos apoyaban a otras guerrillas, formalmente de ideología anticomunista, aunque también tenían apoyo de la China ultracomunista de Mao Tse-Tung (1893-1976).

No es de extrañar que los Estados Unidos, y su secretario de Estado, Henry Kissinger (Baviera, 1923), se propusieran controlar el Sahara Occidental, sobre todo por su importancia geoestratégica. Finalmente, Marruecos, cuyo rey era un aliado fiable de Washington, fue la solución: después de la marcha verde, el territorio fue controlado de facto por Rabat, y esa acción contó con el sostén norteamericano, y de Francia, que siempre cuida su relación con los marroquíes.

La reacción del otro bloque se produjo inmediatamente: Argelia dio apoyo a los saharauis contrarios a la anexión marroquí, se creó el Frente Polisario (Frente Popular para la liberación de Seguía el Hamra y Río de Oro), fueron acogidos en Tinduf, una inhóspita localidad argelina, a 1460 kilómetros de Argel, donde el Frente Polisario estableció su gobierno en el exilio.

Desde entonces, 47 años, se dan dos esferas de solución, radicalmente incompatibles entre ellas: o se aplica el principio de autodeterminación de la ONU (querido por el Frente Polisario y con el referéndum hecho a partir del censo de población de 1975), o se acepta la llamada “solución política”, es decir, la solución que James Baker estuvo buscando, a instancias del secretario general de la ONU -y es importante que ese hecho se recuerde-, pero que se malogró en 2004.

A primera vista se oponen, por una parte, el derecho de autodeterminación, y por otra, la solución meramente política del conflicto. Pero, en mi opinión, el derecho de autodeterminación para Sahara Occidental, aunque fue una solución perfecta por su sencillez y claridad, sin embargo, no tenía en cuenta la realidad histórica de África, y de Marruecos, una realidad que los europeos y americanos olvidan con demasiada facilidad. Me refiero a lo que se decidió en la Conferencia de Berlin (1884-1885), cuando los gobiernos europeos, y también el norteamericano, se repartieron África, trazaron las fronteras de los territorios que les tocaban a cada uno de ellos en aquella infame rebatiña, y en la que no hubo ¡ningún Estado ni representante de África! Después de la conferencia de Berlín, los europeos, en el caso concreto de Marruecos y del norte de África, siguieron repartiéndose los países como si fueran trozos de telas. A la vista de esa historia de abusos y de imperialismo europeo, ¿puede solucionarse de verdad el problema con un referéndum de autodeterminación?

En la ONU hace años que la cuestión del Sahara Occidental ha pasado de estudiarse en el Comité de Descolonización, a ser un asunto propio del Consejo de Seguridad. Está donde James Baker llegó en 2004: sólo cabe ya una “solución política”.

Pero por eso mismo, el gobierno de España se está equivocando: la solución política debería poseer, a la vez, una política propia de España, en la que pesase más nuestros intereses, en vez de dejar el problema del Sahara Occidental sólo en manos de Marruecos. Además, España tiene otros problemas: no existe consenso ni en el Gobierno, ni fuera de él; tampoco contamos con la ayuda de Estados Unidos y de Francia, por no hablar de la falta de comprensión de Argelia y del Frente Polisario; y además, el Gobierno parece haber renunciado a participar en la negociación política: pues, ¿cómo se puede negociar con el Frente si la autonomía, que debiera ser su propuesta final, se presenta como el comienzo de una negociación con Marruecos, y sin el Frente? Sólo nos queda un único factor para que España llegué a pesar en esa negociación: todavía no hemos reconocido la soberanía de Marruecos sobre el Sahara Occidental. ¿Será posible extraer ventajas de ese hecho capital, si no existen acuerdos de dimensión nacional entre las principales fuerzas políticas? Y Ceuta y Melilla están concernidas.

Juan José Laborda

Consejero de Estado-Historiador.

JUAN JOSÉ LABORDA MARTIN es senador constituyente por Burgos y fue presidente del Senado.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (9)    No(1)

+
0 comentarios