Como estamos viendo, el plan “B” de Putin – el “blitzkreag” para tomar la capital de Ucrania, Kiev, desbancar el gobierno actual y poner en su lugar a un presidente títere de Moscú – también ha fracasado estrepitosamente. Digo el plan “B”, porque, si recuerda el lector, en mis artículos anteriores sobre el conflicto ruso-ucraniano me refería al plan “A”, que consistía en chantajear al gobierno ucraniano y a los líderes de los países occidentales, miembros de la OTAN, con una invasión militar en toda regla, si ellos no aceptaban las exigencias del Kremlin de doblegar a Ucrania y someterla al dictado de Moscú.
Aquel plan (el “A”), o mejor dicho, el ultimátum, fue rechazado unánimemente, tanto por el gobierno ucraniano, como por los miembros de la Alianza Atlántica. Putin y sus diplomáticos, encabezados por el Ministro de Exteriores, Serguéi Lavrov, no esperaban una respuesta tan humillante para el Kremlin, lo que provocó una ira del presidente ruso, que le movió a convertir la amenaza en una cruda realidad – invadir militarmente Ucrania, para conseguir por las armas lo que su diplomacia fallida no había sido capaz de hacerlo por la vía de negociaciones.
El segundo fracaso tan contundente hizo pensar al inquilino del Kremlin que entre sus subordinados, encargados de ejecutar ambos planes, se encuentran unos traidores camuflados, incluso unos cuantos “topos” de los servicios de inteligencia occidentales. Especialmente, después de que la inteligencia norteamericana en varias fechas publicó los materiales más secretos sobre el inminente ataque de Rusia a Ucrania, obligando a los generales rusos a aplazar la invasión que quedaba al descubierto, además de hacerle perder el efecto sorpresa que es tan necesario para un ataque victorioso.
Ya se sabe, dado el monumental fracaso de la primera fase de la invasión, que los militares ucranianos tenían acceso a los planes más secretos de los generales rusos, lo que les permitía a organizar una exitosa y eficaz resistencia en los campos de batalla. Sin duda alguna, la inteligencia norteamericana y de otros países de la OTAN, ha jugado un papel fundamental en la revelación de los secretos militares rusos, proporcionando a sus colegas ucranianos los datos “espiados”. Ya hay constancia de que Putin ha empezado una verdadera purga entre sus colaboradores más próximos: los altos cargos del servicio de inteligencia (la FSB, antigua KGB) y el generalato del estamento militar. El objetivo es descubrir, cuanto antes, a los traidores de la Patria. Sin darse cuenta, el presidente de Rusia y el Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas rusas, que el principal traidor se encuentra a su lado, más cerca imposible, se le puede ver en el espejo más próximo en el despacho presidencial. El traidor, el Gran Traidor, el jefe de todos los traidores es… él mismo, Vladimir Putin. ¡Será posible!
Putin empezó su labor de “sapo”, hace bastante tiempo, traicionando poco a poco todo el legado del presidente Boris Yeltsin, quien, confiando en la lealtad de su entonces colaborador, le nombró su sucesor en el cargo presidencial, cuando dimitió de su puesto por el mal estado de salud.
Boris Yeltsin, el primer presidente de una Rusia “independiente” (después del descalabro de la URSS), que transformó en 8 años (dos legislaturas presidenciales) la Rusia comunista, totalitaria, centralizada y militarizada – como ella había sido cuando formaba parte de la URSS – en un país libre, democrático, con una economía de libre mercado, estaba seguro de que su sucesor Vladimir Putin proseguiría esta línea de reformas, iniciada en 1992, aproximando a Rusia cada vez más a los países democráticos occidentales.
Boris Yeltsin dejó a su sucesor, Putin, una Rusia no sólo profundamente reformada política y económicamente en su interior, sino también cara al exterior: abrió Rusia al mundo entero, entablando relaciones de amistad y de colaboración, en primer lugar, con las potencias occidentales más importantes del momento. En este terreno consiguió firmar con su rival más poderoso en los tiempos soviéticos, los EE.UU., unos acuerdos de reducción del armamento tanto nuclear como convencional. Potenció una política de drástica reducción de los arsenales militares y creó un clima de una confianza mutua y de máximo acercamiento entre los antiguos “enemigos”.
Nadie de los gobernantes rusos hablaba entonces sobre una amenaza a Rusia por parte de la OTAN y de su “peligroso” acercamiento a las fronteras rusas. Todo lo contrario, Rusia iba acercándose más y más a las fronteras de la Alianza Atlántica. Se creó un comité Rusia-OTAN, con la oficina de representación de la Alianza Atlántica en Moscú e, incluso, existían planes para una futura integración de Rusia en las estructuras de este bloque defensivo occidental. O sea, el sueño del presidente Yeltsin de convertir a Rusia en un país más cercano al bloque “occidental”, con sus valores de libertades y del sistema democrático, se estaba realizando a pasos acelerados y con grandes logros. Hasta que no llegó Putin, con su política de enfrentamiento con Occidente y de aislamiento de Rusia del mundo democrático, cuyas consecuencias más graves las estamos viendo en el actual conflicto ruso-ucraniano.
Putin traicionó a todos los demócratas que apostaban por él como un seguidor de las reformas del presidente Boris Yeltsin.
Comenzó con limitar, poco a poco, la libertad de expresión – que fue absoluta durante el gobierno de Boris Yeltsin y jamás vista en toda la historia milenaria del país –, poniendo bajo control del Kremlin todos los medios de comunicación. Siguió, eliminando la división de poderes, poniendo bajo el control del Kremlin, tanto el poder judicial, como el legislativo. El parlamento se convirtió en la prorrogación del aparato kremlineano; los diputados se transformaron en unos “funcionarios” al servicio del Kremlin, a base de unos sobornos y privilegios que los emisarios de Putin estaban sembrando generosamente entre la clase política comprada y controlada; las elecciones se convirtieron en una farsa, con falsificaciones descaradas en las últimas legislaturas.
La oposición en la calle fue cada vez más duramente reprimida y perseguida. Sus líderes asesinados, encarcelados, expulsados del país. Algunos de ellos, como Boris Nemtsov, ex primer viceprimer ministro y colega de Putin en la administración del Presidente Yeltsin, fue asesinado en la misma Plaza Roja, frente al Kremlin, por sus duras críticas a Putin y a su gobierno, por el cariz dictatorial que éste estaba tomando día tras día, año tras año. A otro líder opositor, Alexéi Naválniy, que producía unos videos en los que demostraba a qué niveles inimaginables de corrupción estaban llegando los principales colaboradores de Putin, él mismo incluido, fue envenenado, pero, al sobrevivir, fue inmediatamente encarcelado y se está pudriendo en la cárcel hasta hoy.
Para poder controlar la totalidad los resortes del Estado, tanto políticos, como económicos, Putin fortaleció todos los órganos represivos y de control, poniendo a dirigirlos a sus ex colegas de la antigua KGB, transformada en la FSB, con sus departamentos del espionaje interior y exterior, de la seguridad presidencial y otros, con poderes represivos ilimitados. La Rusia de Putin se convirtió en un “clásico” estado policial: los servicios secretos y de la seguridad del estado, intervienen en todas las esferas de la vida del país: política, económica, judicial, parlamentaria, cultural, medios de comunicación, etc.
Putin traicionó a su propio pueblo, al que prometió velar por los intereses de los que habían quedado más desfavorecidos durante las complicadas reformas económicas “capitalistas”, realizadas durante la presidencia de Boris Yeltsin (1992-1999). En lugar de potenciar la política social, Putin optó por favorecer el enriquecimiento de sus amigos a los que puso a encabezar las más importantes y “suculentas” empresas del sector energético (hidrocarburos: Rosneft, Gasprom) y de materias primas, cuyas ventas al exterior, cobradas en divisas fuertes, garantizaban unos fabulosos beneficios al selecto grupo de los oligarcas, bajo el control del propio presidente Putin.
Putin durante 22 años interrumpidos en el poder, convirtió a Rusia en un país más corrupto dentro del mundo civilizado, construyendo un régimen totalitario, basado en una economía que se podría definirse como la capitalista centralizada, jamás vista hasta ahora en los países desarrollados. Él, como un feudal, propietario de todas las riquezas del país, las repartió a su antojo y capricho, entre unos cuantos “elegidos”, que se convirtieron en unos vasallos con unas fortunas a administrar, valoradas en miles de miles de millones de dólares. Al resto de los ciudadanos se les llegaban sólo unas migajas de la mesa del “señor”.
Cuando Putin subió al poder, en enero de 2000, las reformas económicas que había efectuado su sucesor, el presidente Yeltsin, hicieron posible que la economía de Rusia estaba creciendo al ritmo del 6-7% anual, el más alto entre todos los países occidentales en aquel tiempo. Y este crecimiento se estaba produciendo durante casi una década y los ingresos de la población en el periodo 2000-2010 crecieron dos veces y medio. Hasta que Putin no había terminado su propia reforma, cuyo objetivo fue poner bajo el control estatal todas las empresas del país, acabando, prácticamente, con la economía libre y competitiva, que tanto costó a Boris Yeltsin y sus gobiernos a establecer en la Rusia post-soviética. A partir de entonces, la Rusia de Putin, tiene un crecimiento económico técnicamente cercano al cero, y con la perdida de los ingresos de la población, según algunos analistas, en torno al 20%.
Putin traiciono la independencia de los ex miembros de la URSS, quienes, gracias a los esfuerzos del presidente Yeltsin y de sus homólogos ucraniano y bielorruso, crearon una “Unión de los Países Independientes” (las siglas en ruso “SNG”), que respetaban mutuamente la soberanía y la independencia unos a otros, conservando el espacio económico común, las fronteras abiertas y los lazos de amistad, forjados a lo largo de muchos años, cuando ellos formaban parte de la extinta Unión Soviética.
Putin empezó a entrometerse descaradamente en las políticas de estas ex repúblicas soviéticas, intentando a impedirles el acercamiento a la Comunidad Europea y a sus estructuras militares, partiendo de su nueva doctrina que consistía en mantener, aunque fuese por la fuerza, a todas ellas bajo la influencia de Rusia y, posteriormente, unirlas a todas bajo el techo de un nuevo Imperio Ruso del siglo XXI, dentro de las fronteras del imperio Zarista de finales del siglo XVIII. Empezó con la más pequeña y más indefensa Georgia, en 2008. Luego siguió con la anexión de la Crimea ucraniana, en 2014, y ahora está volcado en una sangrienta guerra con Ucrania.
Y ésta, quizás, resulte la traición más grave de Putin, ya que, está enfrentando al pueblo ruso, a fuego y sangre, con el pueblo “hermano” ucraniano. Estos dos pueblos estaban conviviendo durante siglos y ahora, después de las barbaridades que están cometiendo los soldados rusos en la tierra ucraniana, Rusia será un país más odiado, también en los siglos, por su vecina Ucrania, que tiene una importante población ruso-parlante, con millones de familiares dentro de la propia Rusia.
Esta traición es imperdonable desde cualquier enfoque y punto de vista, y el pueblo ruso, de una u otra forma, debería castigar a su líder, desbancándolo del poder, y luego pedir el perdón a sus agredidos hermanos ucranianos, ayudándoles a reconstruir su destruido país.
Estoy seguro de que, a pesar de toda la propaganda kremleniana contra Ucrania y los ucranianos – tanto ahora como a lo largo de los 22 años de Putin en el poder –, una gran parte de la sociedad rusa está en contra de esta guerra y del quién la ha desatado con tanta virulencia y el odio hacia el pueblo vecino.