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TRIBUNA

La Cruz

José Luis Martínez López-Muñiz
lunes 11 de abril de 2022, 19:41h

Siempre me impresionaron, desde que las leí por primera vez hace muchos años, las inspiradas palabras con las que Salvador de Madariaga, en su magnífica biografía de Hernán Cortés, describe el profundo significado que él vio en el encuentro histórico del insigne español, fundador de lo que sería el Virreinato de Nueva España y luego el México contemporáneo, con Moctezuma, el gran jefe azteca, a la entrada de la antigua ciudad de Tenochtitlán, capital de su Imperio:

«Cortés se apeó del caballo y avanzó sonriente hacia el gran Emperador. Y, entonces, por primera vez, se miraron a los ojos. Eran las dos puntas de lanza de dos civilizaciones mutuamente extrañas, frente a frente por primera vez después de siglos enteros de historia separada (…). Aquel hombre que se inclinaba ante Moctezuma con ademán afable y ojos sonrientes era la encarnación de la fe cristiana. También el procedía de un pueblo que en su pasado remoto había practicado sacrificios humanos, según Torquemada recuerda con humildad cristiana. Pero entre aquel pasado atroz y el glorioso presente que entonces estaba viviendo, y aun creando, había muerto en Palestina el Hijo del Hombre en cuya luz avanzaba con paso firme y seguro. Aquel sacrificio divino había lavado los pecados del mundo y abolido los demás sacrificios: había hecho del hombre un espíritu universal y de la Tierra un hogar humano; había borrado las barreras del color entre los hombres y abierto todas las puertas a la igualdad por la conversión a la fe».

Magistral síntesis de la raíz más trascendente de lo que ha sido la larga y accidentada historia de la cultura que, primero, conformó Europa y, luego, se ha ido difundiendo de mil modos por el universo entero, en lo que cupo a Castilla y a toda España un papel de muy destacada importancia desde aquellos tiempos de Cortés y algo antes.

La trascendencia de ese encuentro se está poniendo de nuevo de relieve por aquellos autores recientes que, con gran éxito editorial, están recordando, entre otras cosas, lo que era a principios del siglo XVI el sangriento imperio que los aztecas ejercían sobre una diversidad de pueblos a los que dominaban en las tierras que hoy forman una buena parte de México y, con cuyo concurso, aquel puñado de españoles que seguían a Hernán Cortés logró su liberación y sentar las bases de una nueva sociedad progresivamente respetuosa de la dignidad y los derechos de todas las personas, con cuanto de ello derivó.

Pero, si traigo hoy aquí el memorable texto de Madariaga que acabo de transcribir, es para glosar brevemente su núcleo más sustancial, precisamente en estos días en que el mundo cristiano –más o menos cristiano-, y con particular tono el hispánico, cambia su habitual ritmo y se detiene en multiformes manifestaciones religiosas y culturales, para venerar destacadamente la Cruz, el Sacrificio de Cristo al que se refería Madariaga, y su impresionante desenlace festivo final en la Resurrección que comporta la nueva Pascua.

Que un cruel instrumento de tortura y muerte, y la imagen de un crucificado, llegaran a erigirse en objeto de adoración y culto y en símbolo de liberación y salvación humanas, de superación del dolor y el sufrimiento, de apertura a la felicidad y al progreso, sigue sin ser entendido por muchos, pero en ello reside, en realidad, la clave de la historia humana. Hace muchos siglos que así fue percibido, dividiéndose la Historia radicalmente entre los tiempos antes de Cristo y después de Cristo. Madariaga lo vio y lo dijo certeramente.

Lo ocurrido no hubiera tenido relevancia alguna, ni nadie habría hablado de ello pasado escaso tiempo, si el Crucificado no hubiera sido, en efecto, como El mismo dijese de sí claramente, el Hijo de Dios, a quien el análisis teológico posterior pronto identificaría como la Segunda Persona del Dios Uno y Trino que El mismo reveló, completando lo que ese mismo Dios ya había ido revelando al pueblo israelita desde Abraham.

Su condición divina quedó acreditada por su reiterada capacidad de dominar y modificar circunstancialmente las leyes ordinarias de la naturaleza, a la vez que demostró su preferencia habitual por su cumplimiento y respeto.

Su resurrección al tercer día de su muerte efectiva, evidenciada en diversas ocasiones ante varios centenares de testigos de su misma corporeidad humana viva, aunque ciertamente transmutada, confirmaría definitivamente su divinidad y el sentido de su “encarnación” o “kenosis” o abajamiento, para asumir hipostáticamente en plenitud la condición humana, sin dejar de ser Dios.

“Tanto amó Dios al mundo –cuenta el evangelio de San Juan que le dijo Jesús a Nicodemo, el culto fariseo que se le acercó una noche a preguntarle- que le entregó a su Hijo Unigénito para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga vida eterna”, para lo que –le dijo también- el Hijo del Hombre debía “ser levantado”, como lo fue, en efecto, en la Cruz. Pues, ciertamente, al decir de San Pablo a los Filipenses, Cristo, “siendo de condición divina (…), se anonadó a sí mismo tomando la forma de siervo, hecho semejante a los hombres y (…) se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz. Y por eso Dios lo exaltó y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre”. O, como diría a los de Éfeso, “mediante su sangre tenemos la redención, el perdón de los pecados, según las riquezas de su gracia”, y “nos dio a conocer el misterio de su voluntad (…): recapitular en Cristo todas las cosas, las de los cielos y las de la tierra”.

No hay manera de entender al hombre, ni la sociedad, el mundo o la historia, sin contar con el modo en que fue creado el ser humano y el desacertado empleo que él hizo del don de la libertad con que fue dotado, para rebelarse y distanciarse de su Creador –lo que llamamos el pecado-, una primera vez e infinitas veces después, con todas las infelices secuelas que de ello se han seguido y siguen provocándose. Todo el mal o los males se reconducen a ellas. Y Dios –que se ha revelado como Padre afectuoso, pero que respeta la libertad con que nos ha querido-, en su Sabiduría infinita, viene tratando de liberarnos de todo ese mal sin dejar de respetar nuestra libertad, con una infinita Misericordia, que se concilia asombrosamente también con su infinita Justicia. En Jesucristo ha mostrado el camino de “transformar” aquellos males en bienes, burlando al ángel caído, Satanás, que siempre ha tratado de engañar y aherrojar al ser humano. Y así la Cruz, de símbolo de tortura, ignominia y muerte, ha pasado a serlo de salvación y ventura. Un gran misterio que preside la Historia.

Con cuánto acierto vino a decirlo Madariaga en el texto con que hemos iniciado estas líneas. Estos días nos facilitan considerarlo especialmente, aunque cada día, “desde donde sale el sol hasta el ocaso”, no deje de celebrarlo la Iglesia fundada por el mismo Cristo, en esa realidad tan asombrosa del sacramento del Sacrifico eucarístico, que “actualiza” –rompiendo límites de espacio y tiempo- lo acaecido en el Gólgota en un momento histórico concreto, facilitando a la Humanidad de todos los tiempos, desde entonces, participar y unirse de manera sublime a aquel hecho único, de inconmensurable trascendencia.

José Luis Martínez López-Muñiz

Catedrático de Derecho Administrativo y profesor emérito de la Universidad de Valladolid

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