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Por siempre, Antonieta

Beatriz Reyes Nevares
sábado 27 de septiembre de 2008, 00:19h
Por estos meses los mexicanos hemos venido recordando a Antonieta Rivas Mercado. La memoria de este personaje singular ocurre dentro de la corriente de festejos por el centenario del comienzo de la gesta revolucionaria (1910). Se ha montado en el Palacio de Bellas Artes una muy completa exposición que será vista, con seguridad, por varios miles de espectadores intrigados por la figura difícil de descifrar de aquella mujer de vanguardia. La exposición, que ocupa cuatro salas del recinto, suscita una primera reacción. El visitante tiene que admirarse delante del vigor de un pueblo que, apenas salido de pugnas cruentas, supo dar con caminos nuevos para vivir en paz realidades desconocidas. Se trata, claro está, de realidades culturales, y que, por esa misma entidad, son concretas, tangibles, e imaginarias.

Antonieta Rivas Mercado nació en 1900, en la colonia Guerrero de la ciudad de México. Ahora zona populosa y bien poblada de negras leyendas, aquel barrio capitalino tenía entonces aires aristocráticos. Hija de un destacadísimo arquitecto (constructor de la Columna de la Independencia), entró en relación con artistas e intelectuales desde su infancia. Ya joven, y poseyendo una avidez cultural bien alimentada por los viajes a Europa y Estados Unidos, Antonieta comenzará sus años de esplendor y de dolor. Se enamora del gran pintor Manuel Rodríguez Lozano, vanamente, dada la homosexualidad del artista. Con él y otros artistas de enorme valía –como los poetas Xavier Villaurrutia, Salvador Novo y Gilberto Owen, las actrices Clementina Otero e Isabela Corona, o el gran pintor Roberto Montenegro– echa a andar el Teatro Ulises, donde se representan obras de autores como O’Neil, Lenormand, Cocteau. Actúa, traduce, y ejerce con energía inusual su papel de mecenas. Financia la publicación de obras de Owen y Andrés Henestrosa. Anima el nacimiento de la Orquesta Sinfónica Nacional.

Luego de un matrimonio infeliz, con un norteamericano, Antonieta entra en amores con un personaje central de la vida mexicana: José Vasconcelos. Escritor formidable, político, hombre de luces y pasiones, Vasconcelos se encontraría con Antonieta en París. El desenlace de la historia sobreviene entonces. Lo que ocurre es un desencuentro. Y una muerte, en 1931, en la iglesia de Nuestra Señora.

Antonieta pasará a la historia como un mito. En realidad fue una adelantada, poseedora de un espíritu nuevo, muy distante de los estereotipos, una mujer inteligente que vivió rodeada de amigos brillantes y terminó sola en el París que tanto amó.

Beatriz Reyes Nevares

Periodista y analista política

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