Emigración: derecho al retorno
sábado 27 de septiembre de 2008, 00:24h
Fiel al principio tan socialista de “sostenella e non enmendalla” el gobierno español acaba de aprobar la anunciada e indiscutida ley (no hubo debate previo ni nada parecido) que permite y promueve el retorno a sus países de origen de los emigrantes que así lo deseen.
Todo indica que la ley en cuestión se procesará con dificultades y concluirá en un fracaso. Eso al menos consideran casi todas las organizaciones corporativas de emigrantes iberoamericanos o magrebíes para quienes volver a casa no constituye un objetivo ni viable ni atractivo.
Al principio los altos funcionarios del gobierno socialista se las dieron muy felices y optimistas hasta el punto de que el ministro Corbacho aseguró que podrían abandonar España y regresar a sus países de origen un millón de trabajadores emigrantes.
Pero ha venido el tío Paco con la rebaja y hoy el mismo ministro habla de unos noventa mil “retornados” en el mejor de los casos.
Hay razones de sobra para que la oferta no sea aceptada por los emigrantes aunque hayan perdido el trabajo en España y tengan pocas posibilidades de recuperarlo en los próximos meses- Por muy mal que se pongan las cosas en España, razonan, incluso si debemos seguir viviendo del paro, en su país de origen (Ecuador, Paraguay, Bolivia, Marruecos) están incomparablemente peor y para lograr allí el nivel de vida de que gozamos en España tendríamos enormes dificultades para emularlas.
Resulta difícil explicar la decisión del gobierno socialista sin echar mano del problema del paro que aumenta sin control. Algunos políticos creen que con tal de que unos cientos de emigrantes regresen a sus países las cifras de paro mejoran. Bendita y un tanto pánfila ilusión: el paro está afectando, por supuesto, a todos, emigrantes y oriundos, con la diferencia de que muchos de los que eventualmente podrían regresar no querrán hacerlo entre otras razones porque tienen la nacionalidad española, han constituido en España hogar y familia, incluso han comprado una vivienda que están pagando y sus hijos estudian en instituciones españolas con vistas a un futuro que no lograrían en los países de origen de sus padres.
Por de pronto resulta absolutamente contradictorio promover esta ley al tiempo que se promueve también otra para la agrupación familiar.
La clave tal vez esté en aquella fábula de Samaniego de -“Cuentan de un sabio que un día”- demostraba que lo malo siempre puede ser batido por lo peor.
Esta “ley del retorno” se presenta además como un engañabobos para quienes la analizan con parsimononia. Por muy alta que sea la indemnización ofrecida al llegar al país de origen resulta muy dudoso que llegue para instalarse allí en condiciones de vida comparables con las que se tenían en España. Por supuesto que España no es un paraíso de trabajo y progreso pero si se compara con la vida que un “retornado” de Senegal, Marruecos o Ecuador puede encontrar en su país, la diferencia es abismal.
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Periodista
ALBERTO MÍGUEZ es periodista
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