Con El hijo del hombre, la editorial Seix Barral nos brinda la oportunidad de disfrutar esta primavera del talento narrativo de Jean-Baptiste del Amo (Toulouse, 1981), un escritor maduro y contundente. Es capaz de crear y trasladarte a atmósferas complejas. De traspasar sensaciones. Impresiona su habilidad para lograr que el lector sienta físicamente lo que él pretende. Puede escribir a cámara lenta, como un torrente, dejar que madure, al galope, frenar. Puede gritar escribiendo. Es un narrador omnisciente que todo lo ve y todo lo sabe, que despliega sus alas de magnífico escritor para sumergirte por completo en la extrañeza o el asombro, en la amenaza, el agobio y la compasión. Un demiurgo que hace contagiosos la cautela y el temor.
Llevado de la mano por una prosa enriquecida por mil matices, y gracias a la traducción al castellano de Lydia Vázquez, el lector transita una historia que habla de la desdicha de recibir por herencia una conducta despiadada, de la genética del rencor, de la maldición de haber crecido chupando veneno, a la sombra de un modelo de comportamiento feroz.
El mensaje aterrador consiste en hacernos comprender que de una generación a otra se transmite el odio, se imitan los comportamientos de crueldad, resentimiento y control.
El hijo del hombre (título con reminiscencias bíblicas y nombre también de uno de los cuadros más famosos de René Magritte), comienza con una cita de Séneca: “Que se encone la rabia de los padres y llegue hasta los nietos esa larga impiedad”, y con el extraño relato, escrito en cursiva, sobre un grupo humano que lucha por la vida en mitad de la naturaleza salvaje, encabezado por un líder primitivo, dominante, brutal. Parece querer hablarnos de una herencia ancestral que se transmite como el poder o la fuerza, como la sangre o la autoridad patriarcal.
Pero ese relato no ocupa más de veinte páginas y Del Amo nos sitúa entonces dentro de un coche en el que viajan, de madrugada, un padre, una madre y un niño. Sin nombres, solo el genérico de un papel que representar. Desde una despersonalización que universaliza, Del Amo inicia una pormenorizada descripción de los paisajes y de cada objeto, registra los silencios, expone los detalles de lo que flota en el ambiente. Mediante un diálogo entrecortado, en absoluto fluido, limitado a secas órdenes, Del Amo avanza como se mueve un camaleón; mirada multifocal, visión panorámica, queriendo dejar constancia de todos los detalles, revisando cada sensación, midiendo espacios, ensayando movimientos mínimos, lentamente estirando una pata de sospecha para luego volverse atrás, asegurando cada movimiento como se elige la palabra precisa, sopesando cada acción.
Casi no hablan, se examinan en la distancia, valoran los riesgos, los peligros de una mirada a destiempo o de un gesto de equívoca interpretación. Están latentes la tensión y la amenaza, mientras siguen las órdenes del padre montaña arriba, rumbo a la cima, camino a la casa en ruinas en Les Roches, donde se instalará ahora la familia y donde se fraguó hace milenios la desolación.
Tres semanas antes, el hijo esperaba en la puerta de la casa de su vida normal a que volviera su madre del trabajo. Con solo dos palabras, “Está aquí”, anuncia la nueva situación. Ha regresado el padre que estuvo ausente durante tantos años, viene a saldar renovadas afrentas y a que aprendas la lección.
“El hombre y el niño permanecen inmóviles. El padre evalúa los medios de reparar la techumbre, el hijo busca adivinar los pensamientos del padre y se esmera por reproducir la mímica de su perplejidad”.
Magistral quinta novela a la altura de una trayectoria literaria consolidada, que se inició con Una educación libertina (2011), ganadora del Goncourt de primera novela, entre otros premios, y siguió con La sal (2013), Pornographía (2014) y Reino animal (2017).