Hace pocos días poca gente conocía el nombre de Anatóliy Chubáis, un político ruso surgido en la época de Boris Yeltsin. Pero desde el pasado día 24 de marzo su nombre está en todos los periódicos, medios de comunicación y redes sociales.
¿Por qué tanta atención a esta persona? ¿Qué es lo que ha hecho para llamar tanto la atención, cuando la mayoría de la gente en todo el mundo está atenta a las noticas sobre la guerra en Ucrania? Porque el nombre de Anatóliy Chubáis ha surgido y está relacionado directamente con la actual guerra ruso-ucraniana y, más aún, con su principal impulsor el presidente ruso, Vladimir Putin.
Fue Anatóliy Chubáis, quien hace 25 años abrió el camino al ex agente de la KGB (la policía secreta rusa), Vladimir Putin, hacía el Kremlin y a la cúspide del poder en la Rusia “post Yeltsin”. Y es quien hace tres semanas ha dimitido de su puesto de “Representante Especial del Presidente de Rusia para el Desarrollo Sostenible”, y ha abandonado Rusia, dejando plantado a su jefe, en señal de protesta contra la guerra que éste ha desatado en Ucrania.
Sin embargo, algunos analistas muy astutos ponen en duda que la “huida” de Chubáis se debe a su actitud “crítica” respecto a la política belicista de Putin y de su agresión a la vecina Ucrania. Le atribuyen alguna misión “secreta”, encomendada por el propio inquilino del Kremlin, para colgar puentes “encubiertos” con los líderes occidentales a fin de negociar una salida “digna” para Putin, una vez terminada, de una u otra forma, la guerra en Ucrania. Lo que no ponen en duda dichos analistas es que la imagen de Chubáis en Occidente es mucho más “limpia” y más aceptable que la del propio Putin, aunque Anatóliy estaba ocupando, hasta hace muy poco, puestos importantes en la esfera económica de la Rusia actual. Comparto plenamente esta opinión y voy a explicar el porqué.
En primer lugar, él, durante estos 22 años de Putin en el poder, nunca formó parte de ningún gobierno kremleniano ni de cualquier otro órgano directivo que marcase la política del país en todas las esferas. A diferencia de la época de Yeltsin – cuando Chubáis era un hombre poderoso e influyente –, en la época putinesca él sólo era un alto “funcionario” en el campo económico. Debido a sus grandes conocimientos y a la exitosa trayectoria reformista durante el periodo de la presidencia de Boris Yeltsin, él intentaba llevar a cabo unas reformas en los sectores de la economía rusa, que todavía se encontraban sin tocar desde la herencia soviética. En la última etapa, hasta su dimisión, se ocupaba del desarrollo de las tecnologías puntas, como “nano-tecnologías”, y del desarrollo “sostenible” de Rusia, que implicaba las estrechas relaciones con el mundo tecnológico occidental, donde Chubáis sigue teniendo muy buenos e importantes contactos a los más altos niveles políticos y económicos, heredados de su anterior trabajo en la época de Yeltsin.
Chubáis ganó este prestigio internacional por su incansable e histórica labor de transformar la economía centralizada de la Rusia soviética en una economía de libre mercado, después de los 74 años de comunismo totalitario en la Rusia - URSS. Y lo consiguió, junto con los jóvenes reformistas de los años 90, bajo la dirección del primer presidente de la Federación Rusa, Boris Yeltsin, quien les delegó la tarea de la liberalización económica, mientras él se ocupaba de la liberalización política.
Ambas tareas fueron sumamente complejas, dada la tremenda herencia dejada por los gobernantes comunistas, desde Stalin hasta Chernénko. Pero los reformistas yeltsinianos, entre ellos Chubáis, lo consiguieron, asombrando al mundo entero, en un periodo récord – en unos 8 años. El pasar de un sistema comunista-socialista-totalitario a uno democrático y capitalista de libre mercado en menos de una década, no conozco ningún ejemplo en la historia de la humanidad referente a la transformación de un sistema político – económico al otro, además totalmente contrario, que se produjera en tan breve periodo de tiempo.
Y uno de estos “históricos” protagonistas fue Anatóliy Chubáis. Quiero que lo sepa la gente que desconoce estos datos y recordárselo a algunos analistas olvidadizos que con tanto fervor critican la figura de este gran economista-reformista. Por tanto, culpar a Anatoliy Chubáis, como lo está haciendo la mayoría de los críticos del régimen de Putin, de ser uno de los resortes de este régimen, es falso, tendencioso e injusto. Y voy a dar algunos ejemplos.
Cuando Putin llegó al poder – después de la dimisión del presidente Boris Yeltsin, a finales de diciembre de 1999 – conservó durante algún tiempo el gobierno a los reformistas, colegas de Chufáis, quienes proseguían con las reformas económicas, mientras el nuevo inquilino del Kremlin se dedicaba a formar su nuevo entorno gobernante a base de los amigos personales y de los ex colegas del servicio secreto de la ex URSS, la KGB (transformada en los tiempos de Yeltsin en la “FSB”). Su principal objetivo en aquel momento fue crear las bases para su dictadura personal, limitando las libertades establecidas por el Presidente Yeltsin, a fin de controlar todas las facetas de la vida del país.
Mientras Putin no se metía todavía en la esfera económica, dejándola en manos de los reformistas yeltsinianos, Rusia durante casi 10 años estuvo creciendo, gracias a los efectos de las reformas efectuadas por Yeltsin y sus seguidores – Chubáis entre ellos – unos 6-7% anuales, que representaban los índices del crecimiento económico más altos en todo el mundo industrializado (menos China).
Y sólo cuando, finalmente, Putin empezó a construir un sistema económico, basado en el control total por el Kremlin de toda la actividad empresarial y de los flujos financieros, dejando en manos de sus amigos oligarcas todas las enormes riquezas del país, para su propio enriquecimiento personal y corporativo “mafioso”, Rusia dejó de crecer económicamente y durante más de una década su crecimiento ya ronda un “cero” por ciento.
Hay que reconocer que la figura de Chubáis es muy polémica dentro de Rusia, principalmente, por su etapa reformista en los años 90. Las complicadas reformas económicas en aquella etapa, exigía la toma de unas decisiones muy impopulares, que afectaban a casi todas las capas de la población. Una de esas reformas fue la “privatización” de todos los medios de producción, que se encontraban en manos del Estado, pasándolos a las manos y a la iniciativa privada, fomentando el mercado libre de bienes y servicios, inexistente en Rusia desde la Revolución bolchevique en octubre de 1917.
A parte de transformar la propiedad estatal en la privada, se necesitaba crear una nueva clase de propietarios y empresarios, esta clase media sin la cual sería imposible construir una economía capitalista de libre mercado, que sirve de fundamento en una sociedad democrática, prospera y progresista.
¿Dónde encontrar en un sistema socialista centralizado, con el único propietario y patrón el Estado – que había durado tres cuartos del siglo (unas cuatro generaciones) – unos millones y millones de nuevos propietarios, dueños de su propio destino y el bienestar? Y que estos propietarios novatos supieran organizar y administrar sus negocios, una tarea a que ellos jamás habían podido dedicarse antes.
Más aún, era necesario, cambiar lo antes posible la abundante legislación soviética, a base de las cuales estaba funcionando el sistema económico socialista centralizado y planificado, por las normas propias de una economía libre y no intervenida por el Estado.
Y todos estos cambios tan fundamentales se debían ir haciendo simultáneamente, ya que la tremenda crisis económica, con la escasez de productos – a punto de la hambruna – heredada por el presidente de Rusia, Boris Yeltsin, de la ex URSS, no dejaba tiempo para vacilaciones y largas discusiones, exigiendo de los dirigentes políticos y económicos la actuación, con la máxima decisión y urgencia.
Y, precisamente, fue Anatóliy Chubáis, quien tuvo que dirigir y llevar a cabo toda esta enorme transformación del patrimonio estatal en el privado y que éste resulte mucho más productivo que el anterior socialista soviético. Pero, no todos los nuevos propietarios eran iguales en la gestión de su nuevo patrimonio, en crear y llevar sus negocios, en acertar en sus decisiones empresariales. Unos fueron más audaces, otros menos. Unos triunfaron, otros fracasaron. Unos se hicieron más ricos que los demás.
Empezó el proceso inevitable en un sistema de libre mercado – la diferenciación social. Y los menos afortunados culpaban de sus fracasos a los reformistas, entre ellos a Chubáis, el principal “privatizador” del país, acusándolo de que las privatizaciones habían sido mal diseñadas e injustas para algunos y demasiado favorables para otros. Y los “otros”, que se hicieron ricos, estaban descontentos con el “privatizador jefe” del país, porque él no les permitía hacerse más ricos aún por medio de unos trucos y formulas fraudulentas que infringían la “Ley de Privatización” elaborada por Chubáis y su equipo.
Pero los que le odiaban, más que nadie, fueron los miembros de la antigua “nomenclatura” soviética de los tiempos de la URSS, aquellos directores de las empresas estatales, quienes en la primera etapa de una privatización “encubierta”, propiciada por las primeras leyes aperturistas de Gorbachov, empezaron una privatización “salvaje”, convirtiéndose de unos “simples” administradores estatales de las empresas soviéticas en unos dueños de ellas, sin aportar ni un “cópek” (un centavo del “rublo”, la moneda rusa) a las arcas del Estado. Fue Chubáis, quien primero lanzó la voz de alarma y paró esta privatización “roja” de la nomenclatura comunista.
Por tanto, son falsas e infundadas las acusaciones de algunos de los críticos de Chubáis de que él fue el “arquitecto” del “corrupto régimen oligárquico” en Rusia. No es así, ni mucho menos. Los “oligarcas” de la época de Yeltsin-Chubáis, eran unos empresarios que supieron aprovechar las oportunidades que les brindaban las reformas económicas y, con su esfuerzo, arriesgando su propio dinero, consiguieron los resultados fabulosos. Lo mismo que los “oligarcas” mundiales al inicio del capitalismo, los Rockefeller, Rothschild, Ford y muchos más. Mientras los “oligarcas” de la “corte putinesca”, son las personas superricos, que no ganaron sus fortunas con sudor y lágrimas, sino las recibieron como una parte de las enormes riquezas del país (petróleo, gas, materias primas más valiosas) de manos del oligarca número uno, Putin, por servirle fielmente en la ejecución de su política de eternizarse en el poder.
Para que el lector tenga una idea del trabajo titánico que hizo Chybáis y su equipo en el campo de las privatizaciones, citaré unos cuantos ejemplos. En total se tuvo que privatizar la mayoría de las 240.000 empresas estatales. En el periodo inicial, 1991-1992, fueron privatizados 46.800 empresas estatales. En 1993 su número alcanzó la cifra de 88.600. Para el año 1994, a las manos privadas ya habían pasado 112.600 empresas estatales. Durante toda la época del Presidente Yeltsin, unos 8 años, el 80% del sector productivo del país se había quedado en manos privadas. Es un ritmo de privatizaciones jamás visto en otros países que las practicaron en su momento.
Esta fue la aportación personal de Anatóliy Chubáis a la transformación de la Rusia con una deficiente economía centralizada socialista en un país con la economía de libre de mercado, próspera y dinámica. Toda una labor no exenta de errores y equivocaciones. No se equivoca el que no hace nada. Pero el resultado general de estas tan impopulares reformas ha sido muy positivo. Y lo demuestran los hechos. En menos de un año, al iniciarse las reformas económicas en enero de 1991, las tiendas del país, prácticamente vacías en aquel momento, se llenaron de los productos y artículos que hasta entonces se escaseaban en todo el país. Y el decenio del 2000-2010 quizás fuera el más próspero en de toda la historia de Rusia. Hasta que el país no empezara a caer de nuevo en decadencia por la nefasta gestión económica de los gobiernos de Putin.
Y que ahora, el hombre que tanto ha hecho al progreso de su país, decide abandonarlo y autoexiliarse, me demuestra su total desacuerdo con la belicista política de Putin, con quien había trabajado estrechamente a lo largo de casi 30 años, con más o menos suerte. Uno no deja su casa y su Patria por pequeñeces. Creo también que el abandono a Putin por una figura tan emblemática en Rusia y estrechamente relacionada con el actual presidente del país, debilita, sin duda alguna, la imagen de la unidad en la cúpula del poder, que tanto intenta vender la propaganda oficial rusa.
De todas formas, para desgracia de Chubáis, la sombra de Putin le perseguirá en el tiempo, hasta que el actual presidente de Rusia no dejara el poder y que el propio Chubáis, que ahora está fuera de Rusia, no hiciera algo para ayudar a los que se encuentran dentro, a desbancar al tirano del “trono moscovita”. Y, quizás, Anatóliy Chubáis, pudiera contribuir de nuevo a la reconstrucción en su Patria de la democracia, libertad y prosperidad. ¡Quién sabe!