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DESDE ULTRAMAR

Entre la Expo’92 y un debate energético

Marcos Marín Amezcua
jueves 21 de abril de 2022, 18:37h
Actualizado el: 22/04/2022 14:30h

Con Sevilla, contar y no acabar y está de aniversario. Bien reza la copla por sevillanas: “en delirio, pena y arte, lo mejor de España entera”. Pues va a ser que sí. Los sevillanos gustan de computar el tiempo transcurrido desde aquel magno acontecimiento del 92, la Exposición Universal, que redelineó su querida ciudad y que tan gratos recuerdos agolpa en mi memoria al conducirme entonces, por primera vez a España. Tres décadas ya desde aquel soleado 20 de abril, cuando atestigué como las campanas de la Giralda repicaban anunciando la ansiada inauguración de la magna muestra de la Cartuja, aquel conglomerado de pabellones inolvidable e irrepetible, que dejó más ganancias que pérdidas, digan lo que digan. Porque las ganancias se miden de múltiples maneras.

Desconozco si hoy caminaría lo que recorrí entonces. La última noche en el recinto expositor salí por la Puerta de la Barqueta, caminé hasta el puente de El Alamillo difuminado sobre el Guadalquivir y desde allí hasta la Plaza de España. Lo que es tener 20 años. Noches de abril, aroma de azahar y jazmín. Ya sabe, cosas de Sevilla. Ahora han presentado un logo conmemorativo muy deslucido, que no le hace justicia al acaecimiento. Tenían más encanto aquellos gallardetes situados alrededor del puente de Los Remedios bordeando la fuente de Los Descubridores en el Parque de María Luisa, que rezaban “Gracias Coca Cola por poner a Sevilla de exposición”. ¿Qué quiere que le diga? Tanta maravilla arracimada y fulgurante era una loa a la creatividad y la imaginación.

Cuatro días y apenas para medio ver aquello, a contrarreloj, pues el gentío entorpecía la andadura. No obstante que eran las primeras jornadas a partir del 20 de abril, la Expo ya estaba algo atestada. Y eso que no vi el verano. El conjunto era uniformidad de equipamiento, cuidado hasta el último detalle. Loable. Refrendo mi sentir: el mejor pabellón, el de la Navegación. El nacional, el japonés y muy grato el castellano-leonés. Una toma panorámica de la Expo desde la Torre Banesto, la mejor de todas. Sabemos que ha desaparecido la mitad de los pabellones y otros tantos, no están utilizados. Era eso un dechado de arquitectura. Qué pena. Celebro que el ayuntamiento hispalense haya decretado la protección de los inmuebles sobrevivientes. ¡Alto a la picota! conjurando la maldición de las expos, consistente en la destrucción de su legado preservando solo aquello emblemático. Ahora resta aún resguardar su floresta y que no cunda más el deterioro, que hay zonas del recinto expositor que todavía lo padecen y merecerían mejor esmero, dedicación y cuidado.

Retrotrayéndome, recuerdo el estupor me que provocó el incendio del Pabellón de los Descubrimientos, dos meses antes de la apertura. Cuando ardió el de las Islas del Pacífico me dije “verla pronto o no quedará nada”. Calamitosos momentos que algo empañaron la ocasión. Recapitulo la Plaza de África, conocer el petróleo, las joyas australianas, el iceberg chileno, los portentos del pabellón de la Santa Sede, el piel roja yanqui vivo, el cubo del pabellón español, la ikurriña recubriendo el vasco, el espectáculo del Lago de España y la Cabalgata. El contenido del pabellón mexicano me desagradó. Se pudo decir allí tanto más, dejándose pasar.

La Cartuja es un espacio que prometía el futuro, ese de una Sevilla modernizada. Por eso, siempre he considerado que no cabía tanto debate en torno a la llamada Torre Pellis o Sevilla y tal, emplazada en un sitio adecuado ligado a la modernidad. Juzguen los sevillanos si quita protagonismo a la Giralda. Lo considero algo imposible. Por otra parte, 30 años después la Feria de Abril alza una portada alusiva al espléndido hotel Alfonso XIII, homenaje merecido, sí, y del cual además de su magnificencia doy fe de la honestidad de su personal, que me guardó mi cámara olvidada allí y la recuperé en su recepción. Sin embargo, el 30 aniversario, como 5 años atrás sucedió, merecía aludir a la Expo en la Feria, bien guardándose el tema escogido para esta ocasión, ya aludido, montándolo en el centenario de tan distintivo alojamiento que exorna a Sevilla toda. La Expo del 92 debió ser exaltada, aunque perdura como sea. Y sigue estando y sigue clamando por estar para lujo, recreación y norte de la Sevilla del futuro, que ya es hoy.

Y a los gratos recuerdos del pasado, las apremiantes realidades del presente. En México se discute la soberanía energética. Se entrecruza –y se entrampa el tema– con las acciones vendepatrias del priista Peña Nieto –el PRI que no sabe hacer otra cosa y sí, robó más, como todos sabemos– junto con la imperiosa necesidad de detender la entrega de recursos a manos extranjeras o de prestanombres nacionales, comprometiendo la soberanía energética, cosa que cualquier país decente defiende para sí. No es algo reprobable hacerlo. Debe aquilatarse y sopesarse la viable rectoría del Estado y, lo más importante, preguntémonos quién se quedará el apetitoso y creciente mercado mexicano, con sus 126 millones de consumidores cautivos. Ello implica plantearse quién explotará la energía y dónde se radicarán las ganancias. Ese es el quid del asunto y ese mercado es millonario y por eso es absolutamente intrascendente si a la CFE la preside Barttlet o si fue priista hace 20 años. El tema es otro y ese, los opositores lo evaden amañados.

Esas dos preguntas las obvió la oposición en la Cámara de Diputados el domingo 17 de abril. Para tal oposición ciega, el problema es López Obrador, y ella no propone una reforma energética viable ni sensata, que es necesaria por ser la de 2013, retrógrada y contraria a los intereses de México. Es grave su ceguera. No come ni dejar comer. Niega la de López, cierra la opción de que los mexicanos asuman plena soberanía energética y no propone nada viable a cambio de lo que no le gusta. Dicen que el petróleo, refinarlo o ciertos recursos no son negocio y son tóxicos; sí, hasta que se los concesionen a sí mismos, como siempre y así ya no serán dañinos por arte de magia. Así de hipócritas y mientras, apuestan solo a la iniciativa privada, cuyo fin de lucro nos encarecerá la energía eléctrica hasta colocarnos en predicamentos como los que padece España, deseando un Estado que solo mire y calle.

Definir en qué términos México debe asumir la explotación de sus recursos, incluye no ceder a intereses particulares así como así. No debe implicar contratos leoninos como los hay, si es que se acepta la participación privada en la explotacion energética, sea nacional o extranjera y en la generación de electricidad. La competencia no tiene que acarrear desequilibrio y ser contraria a los intereses de México, como sí lo hace la reforma peñista que no beneficia a los más. En cambio, tenemos opositores incapaces de proponer una alternativa viable y detallada a lo rechazado, avalando contratos leoninos contrarios a los intereses de México, como los que en minas, viento, sol y energéticos representaron las desastrosas reformas priistas y las concesiones panistas. ¿Proponen más energías limpias con sus contratos sucios? ¡Vaya propuesta opositora! Eso ni la hace mejor ni más ambientalista y ataca al bolsillo de los mexicanos.

PRI, PAN, PRD y MC carecen de una visión integral del problema, no resguardan la soberanía energética de México –olvidando que países como Francia detentan el 80% de su industria eléctrica– y defienden más los intereses de las empresas extranjeras que de México. Su voto derribando la iniciativa presidencial, lo ha tildado el mandatario mexicano de traición a la Patria. Pues no le falta razón. ¿De lado de quién, están? Hacerse los ofendidos no cuela y vierten lágrimas de cocodrilo, farsantes. Y al que le pique, que se rasque. No, no es que sean un poder de contrapeso, es que son unos irresponsables y no tengo que callarlo. No proponen detalladamente una alternativa a la rectoría del Estado en materia de generacion de energía. La pregunta sigue siendo puntual: ¿quién de ellos ve por los intereses, por los bolsillos de los mexicanos? Si no se articula una reforma enegética que resguarde a los mexicanos, México lo pagará caro y la pagará caro. Para sus opositores, López Obrador es el problema. Así de ciegos y tramposos.

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