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Ensayo

J. Chicote y J. Fdez-Miranda: El jefe de los espías

domingo 24 de abril de 2022, 19:25h
J. Chicote y J. Fdez-Miranda: El jefe de los espías

Roca. Barcelona, 2022. 456 páginas. 20,90 €. Libro electrónico: 6,99 €.

Por Carlos Abella

La lectura de este sin duda apasionante libro, despertará al lector con mayor conocimiento de lo que ocurrió en España entre 1981 y 1995, un sentimiento de inevitable ambivalencia, porque conocer las tareas que tuvo que realizar en esos años el director del CESID, el general Emilio Alonso Manglano, acredita que junto a las misiones propias de un jefe del espionaje español, en tareas de defensa del Estado y de nuestra soberanía, llevó a cabo otras misiones que se limitaron simple y llanamente a ocultar corrupciones, a interferir en la vida política española, a tapar lisa y llanamente la etapa de mayor corrupción institucional de la reciente historia de la democracia española.

Los autores, Juan Fernández-Miranda (Madrid, 1979), adjunto al director de ABC, y Javier Chicote Lerena (Logroño, 1979), responsable del área de investigación de ABC, afirman en la página 434 que “a partir de los años noventa, Manglano fue testigo destacado de las estrategias del felipismo por ocultar sus errores y de la campaña de acoso lanzada por tierra mar o aire para derribar a un presidente del gobierno que en aquel tiempo parecía eterno”.

Es una benévola visión llamar “errores” a las sucias maniobras que el Servicio tuvo que realizar para que no se descubrieran los crímenes cometidos desde el poder en una guerra sucia, y que no se ignorara su repugnante intento de endosar esa guerra a los anteriores gobiernos al PSOE. El CESID cayó en la tupida red de corrupción que pasaba desde la máxima autoridad del Estado, al gobierno. Equiparar todos esos lamentables escándalos -que no podemos olvidar- con la indignación que esa corrupción produjo en la ciudadanía, en los medios políticos y periodísticos, tiene poca justificación por mucho que quien tratara de utilizarlos para chantajear al Estado, fuera la alianza establecida por un traidor del Servicio y un empresario -ese si con una ambición desmedida- desde la cárcel. Porque el chantaje se inspiraba en hechos cometidos por el poder político y por servidores públicos.

El libro es inevitablemente apasionante, está bien estructurado en el criterio cronológico y temático y aporta un ingente información porque está inspirado en las metódicas anotaciones de un hombre riguroso, severo, consciente de su misión, y al que desgraciadamente un poder corrupto llevó al descrédito final y de ser un ejemplar servidor público, con sólidos principios democráticos y acreditada lealtad monárquica desde muy joven y capaz de modernizar los servicios secretos, ha pasado en parte a la historia como un servidor de los peores intérpretes del ejercicio del poder

Y esa triste mutación se percibe cuando en los primeros tiempos de su misión en 1981, Manglano trató de descifrar el malestar militar, y de ofrecer al Rey, y al Gobierno claves del ya fracasado golpe de Estado del 23 F, que los autores resumen en una decisión que tiene su clave en pasadas discrepancias sobre el camino a seguir en los primeros meses de la Transición: ( pág. 25: “una parte del ejército siente que cuando Adolfo Suárez decidió por su cuenta y riesgo legalizar el PCE el sábado santo de 1977 lo hizo traicionando a los generales a los que meses antes habia prometido que no daría un paso sin su conocimiento”). Conclusión arriesgada porque fue el impulso regio de legalizar el PCE el que ya estableció contactos clandestinos con Santiago Carrillo antes de la muerte de Franco a través de relevantes personalidades y que parece olvidar intencionadamente que fue ese impulso regio el que llevó al presidente Suárez a la histórica y decisiva operación de legalizar el Partido Comunista con el aval -no hay que olvidarlo- de la propia justicia.

Sorprende que la inquina a Suárez se desliza en otras páginas de este libro, llegando al ridículo de que Manglano sea depositario de infantiles lamentos del propio Rey por la conducta de Suárez al abandonar el Gobierno y a que sea el CESID quien deba ocuparse de vigilar sus pasos como si fuera un enemigo, como ilustra estos párrafos de la pág. 52: “El Rey es consciente de las dificultades que la estrategia de Suárez está generando al nuevo gobierno y de las complicaciones que acompañan su ambición política nunca suficientemente colmada”. Y para asombro de quienes lean este libro, los autores incluyen a continuación este comentario: “Pero tiene un plan que tal vez pueda frenarlo: Estoy dispuesto a neutralizar a Suárez-confiesa el Rey. Y líneas más abajo el jefe del Estado le revela al jefe del espionaje el punto débil del expresidente. Así de claro se lo había expresado al Rey: “Si me hacen duque no me meteré en política”.

Obviamente desde el mismo momento que el PSOE se asienta en el poder desde 1982 la misión de Manglano es de estrecha colaboración con los ministros de Defensa socialistas, primero Narcis Serra, y posteriormente con Julián Garcia Vargas, que no es casualidad que ambos tuvieran que dimitir por diversos espionajes y corrupciones, y por supuesto con el Rey del que es confidente de muchos de los asuntos que desgraciadamente han sido precursores de muchos de los que han sido actualidad en los ultimos meses, y que afectan a la financiación de la Transición –dicho así en términos generales- como a sus conexiones con Arabia Saudita, y su acuerdo con Manuel Prado y Colón de Carvajal. Produce tristeza que en la página 178 los autores cuenten que el rey le había pedido a Manglano que le buscara un piso para asuntos discretos. Seleccionan uno en Aravaca, muy cerca de la Zarzuela. “Le enseño el piso. Le parece bien. Se lo preparamos”-anota Manglano. Estaría listo el 13 de julio cuando tras mostrárselo de nuevo, y el rey dar su aprobación, Manglano el entrega las llaves.

Ya imagina el lector el detalle con el que los autores narran las anotaciones del episodio de las relaciones entre el Rey y una actriz de televisión, que en una de sus citas con el Rey ha llevado a un fotógrafo (página 329) y Manglano confirma que hay una cinta grabada. En la página 330, cuentan Chicote y Fernández Miranda que “Manolo Prado le ha dado a BR 25 millones de pesetas. Le dará más y hay que ocuparse de su contrato con TVE” y añade Manglano: “El acuerdo con BR tiene la aprobación del jefe del estado y del Gobierno”.

De otro tenor es el relato de las preocupaciones del Gobierno de Felipe González por los medios de comunicación traducido en la anotación de la página 187. “Narcis Serra pone sobre la mesa la parte mollar del encuentro; los disgustos que pueden darle al gobierno los medios de comunicación en concreto los que forman el Grupo ZETA, El Periódico, Interviú y Tiempo. Cita que se complementa con la inquietud que produce en el seno del gobierno que el expresidente de Banesto, “(según Serra) haya dado 700 millones a El Independiente, 500 a Pedro J. Ramirez y también estaba el Grupo ZETA por los de las televisiones privadas”.

Para los que vivimos a aquella época con la cercanía de los escenarios que se describen y de ciertos personajes, resulta triste y esclarecedor confirmar a través de estas anotaciones las razones de la salida de Zarzuela de una persona clave en la historia de España: el general Sabino Fernández Campo, cuyo papel en la noche del 23 F fue vital para salvar la democracia al parar las maniobras del general Armada, y cuyas advertencias sobre la conducta del Rey y de su cercanía a determinados empresarios fueron desoídas entonces y que Manglano describe en la página 229 con esta sentencia que le es ajena pero que él anota: “Sabino cuenta cosas”.

Sería muy prolijo hacer mención de otros muchos episodios de esos años -en parte nefastos- de nuestra democracia en la que se aprecia la connivencia política entre el jefe del Estado y Felipe González, sin que el libro pudiera narrar lo que habría ocurrido tras su triste salida del Servicio en 1995.

Enhorabuena a Juan Fernández Miranda y a Javier Chicote por reivindicar lo mucho positivo que hubo en la labor de Emilio Alonso Manglano, del que guardo un muy grato recuerdo en lo personal y en lo político por cuanto me orientó, y colaboró en modesta misión de ser espectador activo del juicio del 23 F, por indicación suya y del Gobierno de Leopoldo Calvo Sotelo. El archivo secreto del general Manglano nos desvela a través de sus anotaciones y agendas las claves del llamado politicamente “felipismo” y que confiemos no se reproduzcan porque obligaron al CESID a centrar su misión en aspectos puramente partidarios y defensores de actuaciones políticas alejadas de las buenas prácticas y tipificadas con certeza de inmorales y en conductas impropias del sentido de Estado.

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