Sorprenden, esta es la verdad, las dificultades de Emanuel Macron para revalidar su magistratura, como han mostrado los resultados electorales del domingo día 24 de abril. Es un presidente digno y preparado, que no tiene nada que ver con sus precedentes, entre el desastre y el ridículo, como Sarkozy u Hollande. Irreprochable en su capacitación como alto funcionario, su experiencia en las finanzas privadas, o sus dotes intelectuales, formado en el entorno nada menos de un gran filósofo como Ricoeur y dispuesto a tenérselas en público discutiendo con Habermas sobre el futuro de Europa. Parece adecuarse a ese deseo de representación escenográfica, casi monárquica, que tienen los franceses del poderío de su Estado, correspondiente a la grandeur de su cultura y su situación en el mundo, según un modelo que encarnó De Gaulle y que se les antoja casi perenne. Por lo demás la capacidad política del presidente es indudable, como lo muestra su gestión económica o su protagonismo internacional. Como prometió en 2017 cuando accedió al poder ha abierto el país en la globalización y ha provocado una modernización de la economía causando en cascada un crecimiento en el empleo y la creación de nuevos negocios. Según es reconocido en vez de mantener empleos redundantes ha fomentado la formación profesional y la educación primaria. Su política internacional está orientada por un reforzado europeísmo, que le ha acompañado desde su mismo comienzo presidencial, cuando premonitoriamente Macron subió al escenario frente al Louvre al ritmo no de "La Marsellesa", sino de la "Oda a la alegría" de Beethoven, el himno oficial de la Unión Europea. Para Macron las oportunidades de liderazgo internacional para Francia han de afirmarse a través de su protagonismo en la Unión Europea, y en estrecha cooperación con Alemania.
Pero es un error evaluar una política en términos sólo de eficiencia o considerando exclusivamente sus capacidades económicas o de protagonismo internacional. Desde estas perspectivas la ejecutoria de Macron debería ser imbatible. Debemos sin duda atender a las exigencias de otros parámetros, de naturaleza, si se quiere ver así, espiritual que se refieren a los logros en la integración o el refuerzo de la solidaridad de la comunidad que constituye el Estado. Aquí el rendimiento de Macron es más discutible y la marcha a una nueva sociedad que prometió abrir ha encontrado tropiezos y dificultades. La sociedad francesa no ha mejorado su homogeneidad y le malaise (el malestar) no ha disminuido. No se ha acertado con el tratamiento de la multiculturalidad y no se han entendido correctamente los límites que a esta impone lícitamente la afirmación de la identidad francesa, construida sobre el laicismo, la igualdad y el predomino de lo público. Cierto que es muy difícil imaginar una política inclusiva generosa con los aportes que se puedan derivar de los supuestos culturales importados, tan diferentes de los existentes en la sociedad francesa de siempre, pero es una tarea inexcusable. Creo que la orientación que aquí señalo no es imposible y dudo que tratamientos preferentemente represivos y que reposan sobre la sospecha, como ocurre con llamada ley antiseparatista (vaya denominación, por cierto) poco ayudan. Me parece que, en ese sentido, las bases de nuestra constitución religiosa, o sea, el laicismo positivo, abre perspectivas mejores de abordar el pluralismo espiritual.
En segundo lugar, hay un fallo en el rendimiento de Macron que es claramente constatable. La sociedad francés está deviniendo progresivamente desigualitaria. Sí, es cierto que Macron es preferentemente el presidente de los ricos, a los que se trata con creciente deferencia fiscal. Como lo es la desconsideración con la Francia interior, la de las provincias, que diríamos, utilizando con toda la intención el epíteto de Ortega, marginada en la globalización y el incrementado centralismo parisiense, según detectó el episodio del levantamiento rural de los chalecos amarillos, aquella crisis de los años 2018, de una virulencia memorable. Según rezaba la pancarta de unos manifestantes en Marsella contra la visita reciente del presidente: “La respuesta de Macron a los chalecos amarillos: 2500 heridos, 26 con pérdida de vista”.
Que conste que no nos hemos equivocado de sitio al colocar el análisis de estas muestras de desigualdad en el capítulo espiritual y no en el económico. Estamos hablando de desigualdades no solo objetivas sino sobre todo hirientes, que producen un sentimiento de exclusión y que equivalen a denuncias de insolidaridad, que es un comportamiento que niega el lema francés revolucionario de la fraternité. Algo así es lo que sugería la queja del joven estudiante hecha en una visita reciente electoral de Macron a Pau cuando denunciaba la desigualdad de oportunidades para llegar a las escuelas de alta formación del Estado de los aspirantes procedentes de la Francia periférica.
Así, llegamos al tercer, y más importante, reproche que se hace a Macron como presidente jupeterino, endiosado y arrogante, siempre distante. ¿Por qué irrita este presidente impecable en su orden mental y en su misma apariencia?¿No habíamos quedado en que los franceses añoraban la pompa y solemnidad de la monarquía con sus presidentes entronados, como De Gaulle, Pompidou o Miterrand?. Primero porque no pocas veces la manifestación de esa arrogancia es ofensiva. Por ejemplo en 2017, en la inauguración la Estación F que se presentaba como un modelo de empresa emergente a generalizar en Francia, Macron habló sobre cómo en una estación de tren uno a menudo se encuentra con “des gens qui ne sont rien”, personas que no son nada. En realidad, en segundo lugar, este modo de hablar asume una forma de gobernar que es lo opuesto a la política de proximidad que se considera inexcusable en las democracias de nuestro tiempo si éstas pretenden superar sus deficiencias representativas y proceder a su reforma. Lo que hoy demandan los ciudadanos es una política con rostro humano, que aprecia la cercanía y normalidad como modo de conducirse de los gobernantes o de quienes aspiran a serlo, y así puedan sentirse incluidos, respetados y no simple objeto de una relación de dominio. Obviamente la alternativa a la lejanía del poder no es el populismo sino un modo de hacer la política mas afín al respeto de la dignidad de la persona, o sea, como decimos, la democracia de proximidad. Aquí ha fallado claramente, Macron y quizás el electorado puede pensar que no se trata de un simple problema de formas sino de concepción que resulta difícil de aceptar para una ciudadanía adulta y exigente. Algo de razón no les falta y los resultados del domingo pasado lo acreditan: una victoria clara del Presidente Macron, pero de lectura complicada.