¿Ustedes no están ya hartos de esa maldita guerra civil?
sábado 27 de septiembre de 2008, 18:33h
Hubo una época en la que sólo eran españoles indiscutibles los cristianos viejos. Un árbol genealógico limpio de ramas musulmanas o hebraicas despejaba los caminos del medrar. Hasta los cardenales de la Iglesia –Siliceo, por ejemplo, cuyo apellido era Guijarro- se veían forzados a recomponer sus circundados prepucios familiares a fuerza de latines y chanchullos heráldicos.
Luego, aunque la figura del cristiano viejo cayó en desuso, la mala costumbre de clasificar a los paisanos de acuerdo con un arquetipo de pureza ha perdurado de diversas maneras. Es como si nuestras cabezas estuvieran hechas solamente para la unanimidad, conforme a una lógica que no entiende que la sociedad es conflicto y que la misión de la política no es terminar con él, sino hacer posible cierto equilibrio. En vez de esto lo que encontramos todos los días es el perpetuo maniqueísmo, ese discurso bochornoso de los buenos y los malos, la luz y la oscuridad, que tan esperpénticamente escenificó ante un grupo de escolares la vicepresidenta del gobierno.
Por una extraña peculiaridad racial que nos ha impedido hasta ahora ocupar esos lugares intermedios donde no rige el conmigo o contra mí, los españoles propendemos a concebir la vida política en claves fratricidas. Se diría que no nos interesa que la nación mire hacia adelante, o que preferimos que lo haga siempre a regañadientes y con mala conciencia. Los nacionalistas han sacado gran partido de esta estrategia y ahora parece que quieren adoptarla algunos sectores del progresismo. Me refiero, como sin duda han adivinado, a esa otra piedra que se nos ha metido en el zapato, el discurso de la memoria histórica, un discurso tras el cual se oculta la admirable ocurrencia de que la historia no pasará hasta que no sea sometida a juicio justo.
Entiéndaseme bien. Yo no digo que estas personas no tengan derecho a reclamar lo que reclaman, digo que ese derecho no basta para dotar de sentido a su reclamación. Verdad que siempre resulta fácil decir esto cuando uno no es la víctima de la injusticia, pero el caso es que a estas alturas hace ya mucho que la cuestión no es esa. Buena parte de los que exigen la identificación de sus parientes desaparecidos en fosas comunes o la reapertura de los procesos en que aquellos se vieron involucrados por causa de la guerra civil y la represión franquista, sencillamente no los conocieron. A mí se me saltan las lágrimas cuando escucho el lamento de Ariadna en el escollo donde la abandonó Teseo, pero soy incapaz de conmoverme cuando alguien de mi generación quiebra la voz al enseñarme la foto de un abuelo fusilado en la guerra. A estos efectos, tanto daría que me hablara del bisabuelo carlista o del tatarabuelo guerrillero. No creo ser demasiado joven ni demasiado duro de corazón si digo que antes de proseguir por este camino tendrían el deber de convencernos de que su rabia ante la injusticia es un absoluto, completamente ajeno a la consecución de sus fines particulares, el pedigrí progresista, que decía alguien evocando los tiempos de la limpieza de sangre.
Si por memoria histórica –que es un sin sentido o una redundancia- se entendiera un examen imparcial de la época dorada de los verdugos y los pistoleros, este examen deberían hacerlo los historiadores y no los jueces. El problema es que los historiadores, cuando se trata de hechos recientes, suelen hacer política en vez de historia y entonces estamos como al principio. Todos sabemos, sin embargo, que la idealización que de sus actuaciones respectivas hicieron los contendientes de la guerra civil y siguen haciendo ahora los nostálgicos no puede ocultar el hecho de que en aquella contienda, además de vencedores y vencidos, hubo sobre todo víctimas, que lo fueron, no se olvide, tanto de unos como de otros. Sería bueno, por eso, que en vez de hocicar en la inmundicia patria, los políticos actuales se limitaran a no acrecentarla poniendo en práctica los intachables principios que dicen defender.