Las muelas
sábado 27 de septiembre de 2008, 18:37h
A Ibarretxe, las víctimas de ETA le importan tan poco como a usted y a mí el “día del soldado vasco”. Yo no se lo tengo en cuenta porque sé que es de otro planeta, y no debe resultar sencillo interpretar el papel de lehendakari cuando uno lleva dentro al mismísimo Señor Spock. Fíjense ustedes en su mano y apreciarán un hueco entre los dedos anular y corazón: no hay duda, es un auténtico hijo de Vulcano.
Por eso, al pobre Spock, tan racional y flemático, le cuesta tanto manifestar emociones que consigan parecer humanas. El día que los traviesos muchachos de ETA colocan una bomba, Spock defiende su derecho a mostrar su disconformidad con el Estado opresor. Y cuando la gamberrada va más allá y alguien resulta muerto, entonces, Spock se ve obligado ha echarles una buena reprimenda, pero sin pasar por alto su voluntad de tenderles la mano si están dispuestos a ser buenos chicos. Pedagogía ante todo.
Ahora bien, cuando de solidarizarse con las víctimas se trata, cuando lo que toca es defender las libertades individuales, cuando el papel le exige escudar el Estado de derecho, entonces, le duelen las muelas. Sí, no pongan esa cara. Debe ser un rasgo típico de los de su raza, cosa del Rh tal vez. En esas ocasiones, el bienpensante Spock se mete en la cama y, arropado hasta sus puntiagudas orejas, ruega que no le obliguen a leer otro comunicado, igual que un niño implora a su madre que lo deje faltar a la escuela aduciendo dolor de estómago. De nada valen las tretas, así que, al final, el pobre niño no se libra de ir al cole. Tampoco se sale con la suya Spock. Mamá Urkullu le pone guapo, le arregla el nudo de la corbata y lo envía cabizbajo a decir que le da mucha penita que se hayan cargado a otro poli. Los demás agentes le miran con unos ojos que reflejan el miedo del que puede ser el próximo en morir y la indignación de saber lo poco que le preocupa eso a Spock. Pero, una vez pasado el mal trago, el lehendakari vuelve a casa confiado, con la tranquilidad que proporciona saber que podrán matar a otro, a muchos, pero no a él. A él nunca. Entonces, sonríe, se sienta en el sofá y retoma sus lecturas de Sabino Arana junto al calor del fuego: parece que las muelas ya le duelen menos.