En la República, Aristóteles considera que la condición esencial para cualquier forma de gobierno no pasa por la perfección, sino por “la credibilidad y la transparencia”. En su idea de polis como fenómeno establecido empieza por definir su pensamiento sobre la ética y la política, los dos elementos esenciales para sostener la convivencia. Luego, al analizar el orden del mundo natural, el estagirita concibe la idea de que todo lo que existe tiene un propósito, y este debe concretarse en el afianzamiento de una saludable forma de vida; la cual significa alcanzar virtudes como la igualdad de derechos ante la ley, la solidaridad y la belleza. El propósito en la polis es entonces vivir de acuerdo con esas reglas, cumpliendo aquellos postulados esenciales que llevaron a los antiguos griegos a considerar la estructura del Estado como un elemento indispensable para el orden.
Esas ideas eran justas y benefactoras para la gente. Si bien la naturaleza humana ha cambiado en muchos aspectos, Aristóteles conjeturaba que para la concreción de estos propósitos “es fundamental tener fe en la política”. Ya en nuestro tiempo, el problema central que hoy atraviesa la sociedad Argentina es, entre otras razones no menos graves, “una crisis ética y de confianza”. La corrupción ha llevado a la incredulidad de la política y esto hace que se sienta rechazo hacia la calidad de la democracia y a las prestaciones que brinda el sistema. Un desencanto que no se reduce a la mera sanción de un grupo político, sino a una falta de confianza general con respecto a “los políticos” que la representan, sean oficialistas u opositores, y que en la revuelta de 2001 llevó a la coincidencia casi generalizada del “que se vayan todos”.
Este enojoso asunto, por supuesto, no es nuevo y viene desde muy atrás. Con distintos protagonistas y bajo distintas circunstancias, la Argentina se ha habituado al eterno retorno. Si hacemos memoria, en la década del ’70 un delegado de Perón, el odontólogo Héctor J. Cámpora, hoy reverenciado por la juventud kirchnerista (¿?), recibió el simbólico bastón presidencial sin que ello lo convirtiese en el mandatario de la Nación; sobre todo porque, en la realidad, nadie tenía dudas, que el dueño del poder residía en la quinta madrileña 17 de octubre.
La historia se repite y esto puede servir para considerar hoy a esta Argentina del corsi e recorsi formulado por Giambattista Vico; es decir, que la historia no avanza de forma lineal, sino en forma de ciclos que se van repitiendo a través de los años. En este caso el elegido como sustituto o testaferro, para ganar una elección, como en su momento lo fuera Cámpora, fue un catedrático de Derecho Penal, con alguna experiencia operativa en asuntos de gobierno, pero con absoluta carencia de autoridad y liderazgo. La dueña del poder, todos lo saben, es la vice presidenta Cristina Fernández. Transparentar tamaña realidad congela las lindes de la autoridad del doctor Alberto Fernández y pone límites que no puede sobrepasar so pena de poner en riesgo el gobierno que constitucionalmente detenta, atacado por opositores y propios, sin darle tregua.
Esta es la razón por la cual hay una danza de nombres y una ola de rumores que cruzan a la Argentina, todos relacionados con las modificaciones en los elencos ministeriales que, en el fondo, carecen de importancia ya que “el mal pasa por otro lado”. Sin embargo, estos cambios de gabinete a pesar de ser invariables cosméticos tienen una lectura concreta. Si el Ministro de Economía fuese despedido y suplantado por alguien un poco más predispuesto a poner en marcha un plan estabilizador, la jugada implicaría una modificación substancial del rumbo que ha llevado el Gobierno desde que comenzó a andar, allá por diciembre de 2019. Claro, una imprevista peste y luego una guerra puede cambiar todo de la noche a la mañana. Esto, en parte, lo que ha venido sucediendo y acelerando los hechos.
Ahora bien, si los clamorosos barones camporistas, que se escudan en el impetuoso Instituto Patria (una agrupación que se define como dedicada a promover los procesos políticos de la región, y contribuir al desarrollo de políticas inclusivas), se fueran a sus casas merced a un ucase presidencial, se podría conjeturar que el elegido por Cristina Fernández ha decidido ponerse los pantalones largos. Asunto poco probable por cierto, ya que si el Jefe del Gobierno fue incapaz de echar a un subsecretario rebelde menos puede hacerlo con un ministro. Sería inimaginable, sobre todo, que lograra remover de sus despachos a los principales alfiles que Cristina Fernández posee en el gobierno. En fin, un tire y afloje imposible de componer, que ya se les vuelve insostenible.
Mientras tanto la otra guerra interna que involucra al país; digamos, la de todas las corporaciones enfrentadas en la llamada “grieta” crece y hablando en términos poco metafóricos es a matar o morir; políticamente se entiende, porque en el fondo la complicidad de obtención de beneficios también es innegable. A ese ritmo una posible unidad de oficialistas y opositores en bien de la República cada vez se diluye más; entre otras cosas por los muy buenos haberes que cobran y las coimas propias de la corrupción generalizada que se reparten (verbigracia y como un detalle, la vice presidenta gana impunemente cien veces más que un jubilado común). De esta manera cierta forma de destrucción avanza con una prisa arrasadora de la que en algún momento, como el Raskolnikov de Crimen y castigo serán las víctimas de ellos mismos.
Enmarcadas en esta puja interna que exhibe el más desfachatado y desastroso nivel inflacionario de muchos años (en un mes supera cómodamente el 6 por ciento) y con índices de pobreza que crecen y se multiplican a pasos agigantados, hasta el punto de aterrarnos, la Argentina es un caos inquietante en un mundo no menos caótico y con una guerra de por medio que tiende a complicar más las cosas en el breve plazo. Tan es así que la deuda externa, bajo presión del FMI, que exige se cumpla lo recientemente pactado, aprieta de un modo implacable, haciendo acaso imposible su cumplimiento; debido a que otro ajuste de tarifas, la clase media en bancarrota ya no podrá soportar; menos todavía una clase trabajadora enmascarada en una economía informal, sostenida por dádivas que no se pueden suprimir y necesariamente deben ser aumentadas para que el sector más afectado pueda seguir comiendo. A esto se suman la salud y la educación que cada día son más ineficientes con índices no menos aterradores.
Cómo se seguirá adelante, nadie lo sabe. La guerra entre el Gobierno y el campo (que es el único que exporta y recauda dólares frescos, está casi declarada). A todo esto, el gigantesco paquidermo paralítico llamado Estado necesita más impuestos para sostenerse y seguir subsidiando; se ha llegado al colmo de querer cobrar una grotesca “renta inesperada” que, sin entrar en detalles, es algo difícil de imaginar, quizá solo por un autor de literatura fantástica. Lo cierto es que “el déficit fiscal es altísimo” y buena parte del fenómeno inflacionario pasa por allí. Muy sencillo si cualquier grupo familiar gasta dos veces más de lo que gana, entrará en bancarrota. Por otro lado los ahorros esenciales para una estabilidad relean y el Banco Centrar no cuenta con suficientes reservas.
En fin, tantos años de no aprender nada, nos han llevado a esto. Ni siquiera lo elemental de lo que filosóficamente concibe en su La República el ecuménico Aristóteles, que consideraba (lo repetimos) que la condición esencial para cualquier forma de gobierno es la credibilidad, y, en nuestro caso, robar menos, agregaría yo.
De tal manera, ante un abismo estremecedor, danza la Argentina, menos cerca de la indispensable confianza en sus políticos que del pesimismo. Y si bien es cierto que desde remotas épocas este fenómeno natural que es la polis, no transita por la “ética”, sino que en este caso se aleja cada vez más de ella y la ciudadanía lo percibe y lo padece, una tormenta se puede venir en cualquier momento con consecuencias impredecibles y muy preocupantes por las secuelas que puede dejar.
Triste en un país que lo tiene todo y en el fondo no cuenta con nada. Como decían nuestras sabias abuelas, “en casa del herrero cuchillo de palo”. Don José Ortega y Gasset, cuando vivió aquí, nos advirtió “Argentinos a las cosas”. No somos alarmistas, pero tampoco ingenuos. Con una clase política encerrada en sus propios privilegios todos estamos expuestos a lo peor. Hay chicos desnutridos y la pobreza aumenta. El día a día lo confirma. Atención que las luces rojas se pueden encender.