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ORIENT EXPRESS

Alemania y la guerra de Ucrania

Ricardo Ruiz de la Serna
domingo 08 de mayo de 2022, 19:07h

Esta semana Hans-Georg Maassen, expresidente del servicio de inteligencia interior de la República Federal de Alemania (2012-2018), ha publicado una tribuna en el semanario suizo Die Weltwoche. Su título resume la opinión de muchos alemanes: “La guerra de Ucrania no es nuestra guerra”. En la tribuna, Maassen afirma que no es "una lucha entre el Bien y el Mal, sino que se trata de intereses políticos y económicos”. Es una voz autorizada de una corriente crítica del sentido de la guerra.

Según una encuesta publicada por Deutschlandtrend el pasado 28 de abril, sólo el 45% de los alemanes apoyan la entrega de armamento pesado a Ucrania. El apoyo ha caído diez puntos desde principios de abril. La publicación de una carta abierta firmada por 28 intelectuales alemanes y dirigida al canciller Olaf Scholz urgía a “hacer todo lo posible por alcanzar un alto el fuego tan pronto como sea posible, un compromiso que ambas partes puedan aceptar”. Se trata, en fin, de llevar a Ucrania a aceptar algún tipo de acuerdo con la Federación de Rusia desde una posición de debilidad, es decir, con parte de su territorio ocupado (Jersón, Mariúpol), con Donetsk y Lugansk reconocidas por Moscú como repúblicas populares independientes y con Crimea directamente anexionada.

Admitamos que los intereses comunes entre Rusia y Alemania son muchos y exceden el campo energético. La proximidad entre Berlín y Moscú se remonta a mucho tiempo atrás. En realidad, este año se cumple un siglo del establecimiento de una relación que cambió la historia de Europa.

En efecto, en 1922, la recién nacida República Socialista Federativa Soviética de Rusia y la República de Weimar firmaron un tratado de amistad y cooperación que ha pasado a la historia con el nombre de la localidad balnearia próxima a Génova en que lo suscribieron: Rapallo. Fue el 16 de abril de 1922 y, a la sazón, Rusia y Alemania eran Estados considerados casi parias por la comunidad internacional.

La Rusia soviética aún libraba una guerra civil terrible contra las fuerzas contrarrevolucionarias, en las que se unían los ejércitos rusos blancos y los cuerpos expedicionarios que Estados Unidos, Japón, Francia y el Reino Unido, entre otros, habían enviado para combatir a los bolcheviques. El Ejército Rojo aún no había tomado Vladivostok, pero ya se había impuesto en Ucrania, Transbaikalia, Mongolia y otros territorios. Poco a poco, la revolución se consolidaba, pero estaba aislada política y económicamente. Ni siquiera eran parte del Tratado de Versalles porque habían alcanzado una paz por separado en Brest-Litovsk.

La Alemania de Weimar no estaba en una posición mucho mejor. Seguía llamándose “Imperio Alemán” oficialmente, pero la habían despojado de sus territorios coloniales y estaba sometida a las durísimas condiciones económicas y militares del Tratado de Versalles (1919) y la Conferencia de París (1921). En tres años, la joven república había sufrido tentativas golpistas de la derecha y de la izquierda y la situación económica se deterioraba gravemente.

El Tratado de Rapallo fue un fracaso diplomático de los británicos y los franceses y un éxito para los soviéticos y los alemanes. Gracias a él, la Rusia soviética se beneficiaria del desarrollo tecnológico alemán al tiempo que Alemania podría rearmarse en secreto. Los intercambios económicos entre los dos países se dispararon a pesar de las evidentes diferencias políticas entre una dictadura comunista y una democracia liberal.

Como señala Fernando del Castillo Durán en su magnífica monografía “La invención de Vulcano. El rearme clandestino alemán (1918-1942)”, publicado en 2020 por la editorial Rialp, “a partir de Rapallo y hasta 1933, se abrió una era de colaboración militar sin precedentes, tanto es así que bajo apariencia de empresas alemanas que pretendían expandirse y explorar los mercados soviéticos, cientos de especialistas militares de la Reichswehr [las fuerzas armadas de Alemania entre 1919 y 1935] se dieron de baja provisionalmente del ejército y fueron contratados por empresas alemanas instaladas en Rusia, siempre dependientes de la Reichswehr, con aspecto, indumentaria y apariencia civil, para viajar a la URSS y el Reich”.

Estas actividades alemanas, en evidente violación del Tratado de Versalles, fueron fundamentales en la carrera de algunos de los militares que terminarían participando en la II Guerra Mundial. Así, sucedió, por ejemplo, con Von Hammerstein, a cuya vida dedicó un libro homónimo Hans Magnus Enzensberger (Anagrama, 2011).

Podría pensarse que la invasión de la URSS en 1941 desbarató esa relación estrecha entre Alemania y la URSS, pero en realidad hubo matices. Moscú sirvió de refugio a comunistas alemanes que pudieron escapar del Reich y siempre se hizo la distinción entre ellos y los nazis. De hecho, hasta 1939, la URSS trató de detener el ascenso de Hitler, que por su parte reprimió con saña a los comunistas en el territorio del Reich. Después de los Acuerdos de Múnich de 1938, cuando ya fue evidente que las potencias occidentales no iban a enfrentarse a Hitler, la URSS dio el golpe de timón que llevaría al Tratado Germano-Soviético de Amistad, Cooperación y Demarcación de 1939. Incluso entonces, Stalin y Hitler desconfiaban el uno del otro, pero eso ya es otra historia. Basta por ahora señalar que, durante más de diez años, Rusia y Alemania se ayudaron mutuamente y encontraron numerosos campos de interés mutuo.

Esa comunidad de intereses no ha desaparecido. Se habla mucho del gas y del petróleo, pero no es sólo una cuestión económica. La combinación de izquierdismo, pacifismo y realismo político ha llevado a grandes sectores de la opinión pública alemana al escepticismo respecto de Ucrania. El anuncio del rearme alemán, la entrega de material bélico a Ucrania y la imposición de sanciones económicas cada vez mayores están generando una creciente oposición en Alemania. Hans-Gerg Maassen no es el único alemán que siente que la guerra de Ucrania no es su guerra.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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