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Ensayo

Ana Arias y Fernando Palmero: Hiroshima

domingo 08 de mayo de 2022, 22:59h
Ana Arias y Fernando Palmero: Hiroshima

Confluencias. Almería, 2022. 228 páginas. 15,90 €.

Por José Pazó Espinosa

Es difícil juzgar que un libro sobre Hiroshima sea agradable, pero este lo es. Lo es por el formato, el papel, la maquetación, la prosa, clara y sencilla, por la organización del texto, por todo aquello que define un libro. Tanto la editorial como los autores, han logrado un producto que merece ser leído y seguramente comentado. Pero no deja de ser polémico.

En él, los autores, Ana Arias y Fernando Palmero hablan de Hiroshima, de la bomba atómica que sufrió la ciudad japonesa en 1949 de mano del ejército estadounidense, el pika don, que es seguramente el golpe de mano militar más brutal y absoluto que se ha llevado a cabo en la historia de la humanidad. Y no contento con efectuarlo una vez, el ejército de los Estados Unidos lo repitió poco después en Nagasaki. ¿Qué se puede decir de Hiroshima o del armamento nuclear que no sea la más absoluta condena?

Estados Unidos nunca se ha disculpado por su uso sobre la población civil japonesa. La bomba de Hiroshima (y la posterior de Nagasaki) se sustenta históricamente en una enorme e inagotable justificación anglosajona de insistente argumentación: se repite que ahorró vidas norteamericanas y japonesas, que si no se hubiese tirado los japoneses no se habrían rendido hasta ser aniquilados, que los métodos de los soldados nipones eran suicidas, desesperados e inhumanos, que los civiles japoneses no se habrían rendido sin recurrir al suicidio, que los soldados nipones usaban escudos humanos… Todo para justificar algo difícilmente justificable, para lograr cierta paz de espíritu. Pero a pesar de ello las dudas permanecen. Algún autor no citado en el libro incluso ha apuntado a la invasión de Manchuria por Rusia como el desencadenante real de la rendición nipona, no las dos bombas atómicas, lo que las despojaría de su supuesta función.

El libro se divide en varios bloques principales: el primero, los EEUU y su racismo frente a lo japonés; el segundo, Japón y sus atrocidades imperiales en Manchuria, China y otros países de Asia. Hay también una incursión cinematográfica interesante. La tesis final del libro de Arias y Palmero viene a ser que Japón no ha hecho una verdadera revisión histórica y que ha silenciado la bomba atómica y sus efectos para acallar también su pasado atroz y cruel en Asia. Los autores se basan sobre todo en tres fuentes: los trabajos de Ian Buruma, los de Florentino Rodao y su propia experiencia personal como viajeros en Japón. Tanto Buruma como Rodao son revisionistas, y partidarios de una tesis similar a la expuesta en el libro. Esa tesis condena, por ejemplo, la existencia de Yasukuni, el templo en el que están enterrados los caídos japoneses y que con periodicidad han visitado miembros del gobierno, por estar allí también enterrados militares juzgados como criminales de guerra tras los juicios de Tokio. Y critican también, de forma explícita o implícita, la existencia de museos como el de la paz de Chiran o el Yushukan de Tokio, dedicados parcial o totalmente a los kamikaze y otros soldados nipones, por consideraciones menos claras, entre ellas la de que muchos de esos pilotos y soldados iban obligados, no eran en realidad voluntarios.

Es interesante notar esta palabra, “obligados”, ya que el concepto de obligación debida es propio y está bien vigente todavía en los ejércitos, sean asiáticos u occidentales. Además, en Japón el término “deber” u “obligación” tiene un valor cultural especial. En el libro que nos ocupa, se despacha una crítica rápida y descalificadora en su conjunto hacia el libro El crisantemo y la espada (1946), de la antropóloga Ruth Benedict, un clásico sobre Japón que puede ser criticable en algunos aspectos, pero que explica el sistema nipón de deberes, los giri que constituyen la columna vertebral de un ciudadano japonés como ser social. El giri como concepto de deber hacia los demás, la sociedad, la familia, la empresa, los ancestros, o simplemente los conciudadanos. Es difícil intentar comprender el Japón antiguo o actual sin tener en cuenta ese sistema de sacrificios y entregas hacia los demás dentro del grupo, algo que Benedict sí establece en su antiguo trabajo de forma útil.

Quizá también conviene no olvidar que, en contra de lo que mucha gente piensa, Japón es el país que más veces ha ofrecido disculpas oficiales y reparaciones económicas por las atrocidades de su pasado, por delante incluso de Alemania y mucho más que los Estados Unidos o Gran Bretaña. Y mientras que Alemania se ha disculpado en numerosas ocasiones por el Holocausto, no lo ha hecho por los horrores que cometió en Namibia, por ejemplo. No es que una cosa justifique o equilibre la contabilidad de las disculpas, pero conviene valorar el asunto en su conjunto. Ahora que la guerra se ha acercado a Europa, frente a apoyos rendidos por un bando o su contrario, valdría la pena reflexionar sobre el valor, no de la paz como deseo, sino del pacifismo como realidad, y considerar que toda contienda militar conlleva otras guerras aparejadas, la de la propaganda y la posterior de la memoria, no menos complicadas y plenas de intereses varios.

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