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TRIBUNA

¿Qué es el hombre?

José María Méndez
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axiologiatelefonicanet/9/9/20
miércoles 18 de mayo de 2022, 19:37h

Hay una multitud incontable de respuestas a esta pregunta. Y sin embargo en todas ellas podemos señalar una característica común. Todas están redactadas en lenguaje ordinario, da igual si alemán, francés o español. Ninguna empieza por la lógica formalizada y lo que ésta implica. Por este detalle, la respuesta que ofrezco es del todo nueva.

En efecto, la formalización de la lógica por Frege y Peano, que ha permitido construir ordenadores y dinamizar el enorme cambio social que estamos viviendo, es tan revolucionaria en el plano teórico como en el práctico. Nunca ha existido un avance teórico comparable en la historia del conocimiento humano. Fijemos nuestra atención ahora en los dos transcendentales efectos del primero de los operadores lógicos, el afirmador-negador.

Primero, hacernos capaces de pensar y comunicarnos mediante el lenguaje. Un animal no puede decir “no”. Dice siempre “sí”. En rigor, no dice nunca nada. No posee el pensamiento, ni el lenguaje que lo trasmite de una mente a otra.

Segundo, hacernos libres en sentido positivo, independientes de todo impulso causal, como ya vio Kant en la Tercera Antinomia de su “Crítica de la Razón Pura”. Ser responsables únicos y exclusivos del bien o el mal de nuestros actos.

Por ambos motivos el espíritu humano, pensante y volente a la vez, emerge “ex novo” sobre la materia. Toda la realidad queda dividida de entrada en dos mundos tajantemente separados. El mundo de la naturaleza causal, donde está nuestro cuerpo, y hasta la psique o nuestros sentimientos. Y el mundo de la libertad y los valores donde se sitúa nuestro espíritu. Pues libertad positiva y valores se coimplican. El primer valor que discierne el espíritu es el valor de la Verdad, que está en la entraña misma del afirmador-negador.

Eso supone dar la razón a Platón en su famosa controversia con Aristóteles. Espíritu y cuerpo no forman la unidad substancial que el último postulaba. Aunque Platón exagerara al afirmar que el espíritu está encerrado en la cárcel del cuerpo y quiere escapar de esa prisión. El cuerpo puede reajustarse con el espíritu, como más adelante veremos.

El valor de la Verdad se despliega ante el espíritu en los tres estratos de valores propios -éticos, estéticos y religiosos-. Son los fines que Dios propone al espíritu humano cuando lo crea uno a uno. El cuerpo, en cambio, tiene valor derivado o instrumental. Es el primer medio a disposición del espíritu para realizar los valores fines. El cuerpo no es un valor propio, sino económico o instrumental.

Por tanto, “persona” es en rigor el espíritu humano, el ente que posee el afirmador-negador. Merlau-Ponty, hablando en nombre de todos los materialistas de la historia, afirmó: “yo soy mi cuerpo”. No sabía lógica. Desconocía los dos efectos del afirmador-negador antes citados. Lo correcto es: “yo soy mi espíritu, y mi cuerpo no lo soy, lo tengo”. Soy persona por mi espíritu, que no cambia. Mi cuerpo por el

contrario cambia desde la infancia hasta la vejez. Y hasta lo acabaré perdiendo. Aunque con la esperanza de recuperarlo una vez transformado adecuadamente. Esta es la respuesta provisional que damos a la pregunta ¿qué es el hombre? Un espíritu que tiene delante el arco de los valores-fines, y para alcanzarlos tiene a su disposición el cuerpo, como el primer valor-medio, y luego el resto de la naturaleza en cuanto dotada de valor económico.

Esta respuesta es aproximada y provisional, porque cada persona es única en la historia. “Nunca hubo antes un Miguel de Unamuno, ni lo volverá a haber”, repetía nuestro insigne pensador. La consecuencia inmediata de la libertad positiva es la unicidad absoluta de la persona humana. Cada persona construye su propia y única historia, con los valores o antivalores que realice.

Por tanto, no existe algo así como la “esencia del hombre”. Tampoco la “naturaleza del hombre”, si por “naturaleza” entendemos la esencia como principio de sus operaciones. Ni siquiera tiene sentido la pregunta “qué es el hombre”.

Lavelle decía que el hombre es una existencia que se da a sí misma su propia esencia. Ortega afirmaba lo mismo con su conocida sentencia “el hombre no tiene esencia sino historia”. Así pues, en vez de “¿qué es hombre?”, la pregunta con sentido sería “¿quién es Fulano de Tal?”. Y más correcto todavía “¿quién fue Fulano de Tal?”. Pues sólo a su muerte habrá terminado de construir él mismo su propia y única historia personal.

Se estima que el ser humano apareció en este mundo hace unos dos millones de años. Si hubo más de una pareja, fueron desde luego muy pocas. Cuanto más antiguos son los restos que descubren los paleontólogos, más se reduce el área geográfica en Africa donde fueron encontrados.

Con todo, saltan a la vista dos fundamentales diferencias entre nuestro cuerpo y el cuerpo de aquellos primates que recibieron por primera vez el supremo don de los operadores lógicos.

Primera, el hombre está en celo sexual permanente. En cambio, los animales sólo están en celo en determinados tiempos. El resto viven en castidad. El ser humano sólo logra ser casto en la medida en que es capaz de dominar un instinto sexual presto a desbocarse en cualquier momento.

Segunda, aparece el “instinto de posesión”. La gran mayoría de los animales viven al día, no almacenan. Y si almacenan, saben imponerse un límite. Recuerdo un apicultor que se enfadaba cuando oía hablar de las “laboriosas abejas”. Cuando han almacenado lo suficiente, dejan de trabajar. Hay que quitarles la miel, para vencer su inactividad.

Se suele describir el llamado “pecado original” como la falta de control del espíritu humano sobre lo instintivo en el cuerpo. Cuando el instinto se orienta al mal, empleamos la palabra “pasiones”. Es muy arduo, quizá imposible, describir y clasificar las pasiones. Pero el conjunto de todas ellas, que sólo con mucho esfuerzo logra embridar el espíritu humano, se remite en el fondo a los dos cambios en el “status” de la vida animal antes citados.

¿No hubiera sido mejor que no existiera el pecado original? Los hombres serían más castos y menos avariciosos. A primera vista eso parece lo mejor. La mayor parte de nuestras desgracias no hubiera tenido lugar.

Así es como concebimos a los ángeles. Son libres en sentido positivo y sin pasiones. Pero se lo juegan todo a una sola carta. Si hacen el mal, no hay arreglo o vuelta atrás. Su arrepentimiento, si lo hubiera, sería inútil. No existe la segunda oportunidad para ser buenos: pedir perdón y ser perdonados. No hay reconciliación posible. Tenían un total dominio sobre sus capacidades de actuar. No había para ellos tentaciones externas, ni incitación al mal desde su propio ser. Carecían del pecado original. Por eso, no hubo para ellos una segunda opción. No hubo Redención para los ángeles.

En cambio, el hombre camina en la vida con el pecado original encima. Pero esa pesada carga es compensada con la segunda oportunidad de ser buenos, mediante un arrepentimiento que ya no es estéril. Hay Redención, porque hubo pecado original. ¿Es mejor o peor la condición humana que la angélica?

Algunos teólogos han opinado que la caída de los ángeles réprobos se debió a su envidia por la mejor condición humana. Sin duda debieron inclinarse a la suprema voluntad de Dios. Pero quizá no les faltaban motivos para la envidia. Mejor es ser publicano que fariseo. El arrepentimiento es fácil para el publicano y difícil para el fariseo. Para el ángel la situación es incluso peor que para el fariseo. Su arrepentimiento es completamente inútil, sin posibilidad alguna de reconciliación. Sólo hay libertad positiva en estado puro, completa clarividencia de lo que se hace y de sus consecuencias. No cabe la vuelta atrás del arrepentimiento y la reconciliación. Esta cerrada la puerta de pedir perdón y obtenerlo.

Si lo pensamos un momento, se trata del peor de los dos infiernos imaginables. Un hombre que muere sin arrepentirse al menos tuvo abierta la oportunidad de pedir perdón y ser perdonado. El infierno de Satán tiene que ser peor que el de Judas. A pesar de los enormes desastres de la lujuria y la codicia en la historia universal, más bien parece que la condición humana es preferible a la angélica.

José María Méndez

Presidente de la Asociación Estudios de Axiología

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