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TRIBUNA

El espejo de Don Juan

El espejo de Don Juan
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lunes 23 de mayo de 2022, 12:12h

Julián Quirós ha publicado en la tercera de ABC un excelente artículo sobre la situación actual de la Monarquía Española. Lo reproducimos a continuación.

“La mañana del 16 de julio de 1969 Don Juan tiene 56 años, lleva toda la vida sosteniendo la causa monárquica en precario, vive exiliado en Estoril y ese día se siente un hombre completamente vencido, el león se ha cansado. Ya parece definitivo; ha perdido su pelea con Franco, la dictadura militar arruinó su reputación, en el mejor de los casos es un desconocido para los españoles y además su hijo Juanito (poco tiempo después, Juan Carlos I) le ha traicionado. Eso es lo que siente en su despacho de 16 metros cuadrados mientras Luis María Anson usa un cortaplumas de hueso para cortar los lacres de la carta de El Pardo que ha llegado pocas horas antes a Villa Giralda. La misiva, encabezada con un insultante “mi querido infante”, informa de que el hijo de Don Juan será designado de inmediato sucesor del Generalísimo, quien le previene contra “el consejo de aquellos seguidores que ven defraudas ambiciones” y le pide que la decisión no altere “los lazos familiares de vuestro hogar”. La Familia Real vivía sus horas más bajas. Unas semanas antes el heredero de Alfonso XIII advirtió a su hijo de que no le había mandado a Madrid para que suplantara y alterara el orden dinástico. Pese al total abatimiento de las bases monárquicas ante el atropello cometido contra su Rey natura, Torcuato Luca de Tena publica en ABC un largo editorial (‘Con la sangre de nuestros reyes’) que viene a aceptar la voluntad del Caudillo. Don Juan, por su parte, firma la disolución de su Secretariado Político y de su Consejo Privado y comunica a los suyos la conveniencia (nunca ejecutada) de trasladar su residencia a Canadá para no causar problemas al sucesor: “Si continúo aquí la gente seguirá viniendo a verme y cualquier cosa que yo diga será mal interpretada, le haría daño a mi hijo aunque no quisiera”.

Don Juan, a partir de ese momento y en el cuarto de siglo que le queda de vida, pasa a ser una sombra, digamos que una sombra resignadamente feliz o al menos satisfecha, pero consciente de que el curso de la historia, las tempestades políticas, le privaron de aquello que por derecho le correspondía. Él y todas las huestes juanistas, legitimistas, tras la pesadumbre inicial, pasaron a ponerse a las órdenes de Juan Carlos I, con lealtad y responsabilidad, orillando el dolor de las injusticias. Todo esto se desveló al año y medio de fallecer Don Juan, cuando Luis María Anson, director de ABC y en la plenitud de su influencia profesional, publicó una de las obras esenciales de la década, en forma híbrida de biografía, ensayo y memorias. Pocos podían imaginarse a mediados de los noventa, cuando salió el ‘Don Juan’ de Anson, que tres décadas después volveríamos a chocar con tensiones parecidas entre padre e hijo dentro de la familia real. Alguien dijo que la historia no se repite pero rima. Ahora, tras el archivo de las investigaciones contra el Rey Emérito, más que en 2014, más que en el momento de la sucesión, los juancarlistas digieren el trago de demostrar que además y por encima de todo son monárquicos constitucionales; que la institucionalidad prevalece sobre el nominalismo. También Don Juan Carlos es consciente de que todavía tiene dos obligaciones ineludibles, servir a España y más aún servir a su Rey, poniendo los intereses personales por detrás de ambos servicios. Como hizo su padre con él.

La visita a España de Don Juan Carlos está saliendo razonablemente correcta razonablemente, por mucho que rabie la izquierda republicana, teniendo en cuenta que empezó de la peor manera: con el silencio de la Casa Real ante la ausencia de una agenda confirmada, sin comunicación oficial, sostenida con informaciones periodísticas, inflando las expectativas en torno a homenajes y desagravios, con un peso indeseable del famoso ‘entorno’, tiras y aflojas, en fin… afortunadamente, todo se ha ido encauzando, sea por un ejercicio de contención final de los colaboradores del Rey Emérito o porque el pueblo español es más sabio de lo que creemos y no está para ferias innecesarias. Ahora conviene que el encuentro de mañana con Felipe VI contribuya a reparar los daños emocionales y sobre todo a fijar una relación confortable donde a la fuerza ha de primar la obediencia al jefe de la familia, o sea al Rey. Con disciplina y generosidad del padre y compresión hacia las extremas dificultades con las que el hijo ha heredado la Corona. En realidad, todo se soluciona ajustándose a los criterios de la carta que Don Juan Carlos firmó hace nueve semanas en la que se considera un hombre jubilado, que quiere tener un retiro privado y tranquilo, viajando con frecuencia a España, manteniéndose por sus propios medios y donde lamenta los acontecimientos de su vida pasada así como se siente orgulloso de su contribución a la convivencia democrática. Perfecto, no necesita más, salvo ignorar el cortesanismo malsano que reniega de la firma real en aquella misiva, algo tan estrambótico como si se cuestionara el valor del discurso de abdicación de Alfonso XIII porque sucumbió a las presiones del Conde de Romanones.

Que los ataques a Don Juan Carlos se usan en el fondo para debilitar la monarquía parece incuestionable, porque justamente es su eslabón más débil y por eso mismo conviene evitar que pueda ser utilizado contra la Corona. Por desgracia, la opinión antimonárquica ha crecido en los últimos años, hasta representar un sector ya apreciable del Parlamento. La parte podemita del Gobierno es ferozmente hostil a la institución y la parte socialista juega a dos bandas; Sánchez si quisiera podría haber hecho más perjuicio, bien, pero también podría haber ayudado más, mide el punto de apoyo exacto para ejercer un mayor control sobre la Jefatura del Estado, aprovechando los errores finales del anterior reinado. Carmen Calvo arremetió ayer contra “el bochorno de Sangenjo” y lo dice ella que fue consejera en los gobiernos andaluces que hicieron desaparecer 680 millones de euros de las arcas públicas. Ella, que como vicepresidenta intentó ponerle a Felipe VI el corsé de una ley de la Corona y el grillete de la pérdida de la inviolabilidad. Afortunadamente, la institución está a salvo de los ataques antisistema gracias a su protección constitucional, un seguro hasta que lleguen tiempos menos convulsos. Es imposible derribar la monarquía desde la ley, sin embargo tampoco puede continuar más en el disparadero; su esencia es el consenso y la neutralidad. Hay que sacarla cuanto antes de las polémicas; para eso se precisan gobiernos leales y una ejemplaridad irreprochable en la propia casa. Dentro de poco, a finales de 2023, la Princesa de Asturias deberá jurar la Constitución, es un paso importantísimo para la continuidad histórica, a ver si algunos se enteran de una vez”.

Julián Quirós

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