Federico Granell: sesiones sin grupo. Todas las luces encendidas. Toca el timbre de los bosques, el picaporte de la soledad, la puerta del rellano más alto fue abierta de par en par para recibir sus cuadros. Pinta sin sillón tapizado de cretona, su cerebro está formado por playas, países, pájaros extintos que dan color a la banalidad que nos rodea. Sin que nadie le buscase ni llamase cogió la metáfora del paisaje y entró en el aula oscura. Federico Granell: no tiene aterrorizada soledad, es otra cosa, su lucha simple y sincera, su sensibilidad convencida, sus pasos elásticos después del invierno, el abismo no bosteza. Me quedo perplejo admirando cualquier obra. Su arte avanza con valentía.
Volverse adicto a las playas es algo propio de su personalidad. Está en guardia ante el viento que quiere sumirnos en el estupor y el mutismo y que estimula toda creatividad. Miro: “Caminando sobre el cielo” (Óleo-lienzo 46 x 54 cm), el lago Calabazosa congelado y sin esquinas. Estoy dándole vueltas procurando sacar el mayor partido posible. “Playa de Campiecho (Óleo / papel 11 x 15 cm), tiempo organizado, oscuridad que se antoja gratificante. “Tres hombres y un perro” (Óleo / lienzo 19 x 27 cm). Distanciamiento y cercanía. Espacio exterior gris y beis.
Sótano luminoso de Federico Granell en la calle de la Argañosa como ejemplo de sus preocupaciones, gatos asombrosos y queridísimos, repentinos, con los que estar a punto de sentirse radiante de felicidad. Niños que sueñan mapas y a los que les invaden los nervios. La infancia de Federico que nos hace amar el pasado. Los veranos de pasar puentes y caminar hacia el norte. El trabajo nos convierte en habitantes del lugar. Progresos como el surfista que regresa tras pasar días enteros en la playa. Música profunda. Creo que de eso se trata, emisoras en las que el locutor, larga a toda velocidad entre canción y canción. Los ojos de Federico. Ojos destinados a no engañar a nadie. La mirada que llega a penetrar en su objetivo. Sus obras están vivas. ¡Al diablo con el reloj! Obras en las que el tiempo no nos hace correr un peligro mortal. Objetos que examinar con demasiada atención. Pedazos de papel con los que contener el aliento. Zapatos que pisan la misma grava. Los viejos corazones no tropiezan al subir las escaleras. Sueños populares, «erudita precisión de la memoria» (Don DeLillo). Frágiles ventanas como piezas de museo, fantasmas en vías férreas del recuerdo a lo largo de húmedos túneles de emociones brillantes.
«Solo mirando a todos lados al mismo tiempo podrás ver el Problema, es decir: la solución», escribió Gonçalo M. Tavares. Mira a cualquier parte Federico. Muchas páginas valorándolo, inventor de obras reales. Granell viaja y lo hace por regiones particulares. Viaja inclusive con el sofá situado en el otro extremo del cuarto. Pasión viva por lo que hace. Su exposición es prodigiosa. Los paisajes que le habitan nos hacen reflexionar por un momento. Rocas que no se cierran cada vez más herméticamente. Corales de las montañas. Resbalones para pararse y disfrutar de la pegajosa tierra. Estupefacción y ojos risueños. Lagos, árboles y detalles que el crepúsculo anterior le ha impedido completar. Granell hace círculos dentro de su obra, uno dentro de otro. Húmedos silencios, manos eléctricas estallando de pronto. Voz personal que sueña como un trueno al llegar a puntos culminantes de madurez.
Una exposición admirable, una exposición ofreciendo brevemente su propio y peculiar mensaje cifrado. Crece su figura que no se desvía de la meta: ser fiel a lo inmediatamente perceptible, como el mejor oulipiano. Granell dibuja como embrujado una maraña de desvencijados andamiajes, construye permanentemente cosas curiosas. Todo lo que hace Granell es una notable maravilla en estas épocas arduas e incongruentes. La buena pintura siempre será una obra inmortal. El viaje comienza en la Galería Gema Llamazares y nos hará alcanzar la nivelación de la riqueza.