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LA BÁMBOLA

La vida al galope por la falta de Pepe Bárcena

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
martes 31 de mayo de 2022, 19:28h

Pepe Bárcena, almirante mayor del Café Gijón, se jubila. A los náufragos recién llegados a la costa de Recoletos, preguntando por éste o aquél, poetas impecunes de provincias o caninos de taxi amarillo neoyorkino, no les quedará más suerte que regresar sobre sus pasos mar adentro, donde las huellas entre la espuma de las olas es algo similar a las cifras sobre la larga barra de hielo. La gabarra dorada de Recoletos es ya guillotina, de la quilla hasta el tope, y los dientes apretados como un máster.

No más vasos cortos de agua ni recado de escribir, ni manuscritos de tapadillo para quien parte la pana y el bacalao, ni techo seguro sin lágrimas/lluvia hacia abajo. Es el puro presente en la rúa: solidaridad o indiferencia, no hay otro paso. No tocará más que huelga de putas, huelga de mendigos, huelga de la poetambre entera, huelga de los bancos próximos, donde tantos dormiremos entre gatos como tigres, monos con viruela y sarna.

El faro cíclope queda sin el único ojo sano. El visor del arma está obturado. Pobres, a la puerta, los ciegos de vino y los lazarillos sin perro. No hay tu tía ni cuartelillo. Ni pipas ni azumbre de oro blanco on the rocks. Huelga de paniaguados y escritores sin trono ni butaca de peluchín. Pagar es lo más triste. Las cuentas sin cuentos, ay. Ni canalla ni trasnochatrices. Ni bellas ni cortejadas. Ni caras con huellas felices ni clandestinidades amorosas. Ni buscavidas ni buscafamas. Acabar enseguida la partida/operación, el bisnis, para salir de naja sin que se note, herido, anónimo, muerto, helado.

No más ladrones de oído, no más ladrones de fuego, no más literatura oral, ni amada turba de desesperados por el azogue húmedo de los espejos en flor. No más ahorcados en endecasílabos, ni envenenados al óleo, ni borrachos de vino negro con el que fregar la chapa o la sartén. La revolución será volver a hacer la moto, hacer la cobra, por no comerse el marrón. Ni cigalas ni botella fría, tan fina y femenina, de Albariño. No más bofetadas de tablao, ni camisas ajustadas, ni boinas requetés, ni escarpadas minifaldas por encima del Manifiesto Comunista. No más trincheras ni novias/os de la Muerte. No más vanguardia ni socialrealismo ni las letras aquellas de la berza, tan cocidas y tan olorosas, en zapatillas a cuadros con borreguito, pringue y mucha bola de pan en la boca, donde se evita el adjetivo lujoso.

¿Y los negros de negros? Ya no se venderán manuscritos, ni mecanoscritos, ni servilletas sonetistas. No más imposibles ni interrogantes frente a ubres lecheras de carne y hueso. No más corta y pega, a matacaballo, porque se acaba la hora (a precio de oro; grana y ganga). No más mártires simultáneos ni abulias sacudiéndose todos los pelos. No más visones hasta los pies ni vermús más rojos que algunas bocas o corazones. No más nadales en los portales ni hiperiones superiores. Dónde, dime, los ateos, los feos, los amorales, los subnormales, los legos y ése, innombrable, cara de pájaro, sin cuartos ni para cerillas. No más contertulio/funcionario de nueve a dos, y de cuatro a nueve, por si alguien llega e invita al acaso boreal. No más mitin, ni aspirina rosa, ni corral ni huevos duros.

Quedarán los dolores de cabeza sin las charlas que los producen. Quedará la confianza y no los suicidas, tal vez de vuelta al Viaducto. Quedarán los gastos y no los secretos. No más adonáis de los chinos ni berceos como llaveros, ay. No más catálogos de arte airados, abandonados, junto a una croqueta con forma de mamá. Quedará la mesa y no la impuntualidad, la esperanza sin espera, la espera sin esperanza, unas llaves sin casa que al entrar al baño mean fuerte. Quedará el tapete sin los burlangas. No más cocido para la tos ni apariciones imprevistas. Dónde los excéntricos y visionarios, quienes tejen primero silencio para que luego cruja la arena y la perplejidad. Dónde la claque, la tribu y la repisa, el toque a rebato, los buitres por el suelo porque suena a timbre o toca hacer palmas a algún notas de los flashes nuevos.

Los malditos volverán a ser tímidos, y las vírgenes precavidas, y los discursos un par de monosílabos, y bajo la mesa los vasos para que nadie chupe, y el medro junto a la puerta de salida y el extintor color cipote. Adiós juventud ácrata, fornicadora, estudiante y borracha. Adiós momias de pergamino, tacañas como vosotras solas, aunque descolgabais el teléfono para otros. Adiós a la hidalguía del pícaro y la grandeza del arruinado, algo así como la copa de oros, o el as de bastos. Volverán las pensiones, calle Almirante u Hortaleza, el baño al final del pasillo, los chaperos como ángeles con las alas chorreando mierda como grifos. Adiós a los duelos a florete y las mantas de hostias. Adiós a los retratos con parecido, los cafés con leche calentita, la voluntad como pago al portador, la vocación como única herencia y paciencia seguras, el pago en ideas, el pago en dibujos.

Cantaremos flamenco en francés hasta la llegada de un nuevo ángel custodio. Adiós a esos mirones bizcos y los contertulios de costumbre. Adiós a todas las moscas que van a las braguetas pasados los 60 años. Adiós a la morosidad, que fue morbosa, y al libro lenguaraz, ultramontano y montaraz. Adiós a los cigarrillos bebidos y a las copas fumadas. Quedarán las penurias sin sus hijos más graciosos, nuestros trapicheos. Quedarán las fotos sin el pie escrito. Quedará el cónclave pero no la madrugá donde aquél toma cuerpo. No más horas inmorales reñidas con la lógica, ni armas entre las letras, ni obras inconclusas tan prolijas e interminables e imperecederas, por sólo eso de no haber nacido.

Quedará la noche, y la tarde y la mañana, pero con memoria. Algo no apto para todos los bolsillos. Quedará el barullo del presente pero sin el silencio del futuro. Lágrimas como melones. Volverán las limosnas. Las miserias, primero, pase usted. Las vilezas, ahora que estamos todos juntos, cuanto primero mejor. Tocará sudar mucho y a escondidas. Quedará el humo, sin los cigarrillos ni los matones, pero ese tan específico de los cementerios, donde la ausencia es blanca, y Pepe Bárcena camina de espaldas hacia el hoyo, un esclavo más del ocio, la vida sin prisa, todas las metáforas al espaldar, el oro por delante y todavía algún golpe de muñeca para libros tan suyos como Aquellos bohemios del café Gijón (Huerga & Fierro, 2004) y otros muchos. Sus memorias, en tránsito, será otro bar. Pero no se dirá en ellas, seguro, que ya no bebemos lo que decían que bebíamos. Eterna cofradía de la pirueta y el alambre, sin más calambre que un paso lento tras otro, por si las moscas, donde las jais. Gracias, Pepe. Dabuten.

Diego Medrano

Escritor

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