En París se dieron cita cuestiones extradeportivas de injustificada contemplación. Quizás la causa no sea otra que la nueva cultura tan progresista del todo vale a costa de robar lo ajeno, ser apaleados y con suerte la de salir vivos para contarlo. Los testimonios de miles de personas que han sido víctimas del vandalismo sistemático causan auténtico terror. Es la actual Europa del miedo, de la vergüenza y de la descomposición de valores. La misma que se ha extendido y nada parece importar más allá del silencio de los corderos, de la servil justicia y de la falta de orden público por obediencia de mandatos. Bienvenidos al nuevo modelo de la convivencia violenta, protegida e incentivada.
Por suerte, capítulo aparte merece lo deportivo. Una vez más, y van catorce, el Real Madrid ha renovado sus idílicos votos con la Copa de Europa-Liga de Campeones. Amor eterno que se juramenta para seguirle queriendo allá donde vaya. Y es que el Real Madrid no tiene remedio porque este club, y su propia historia, transitan por el mundo como objeto de deseo.
El fútbol, que no es otra cosa que dar patadas a un balón, unas veces con arte y otras sin escrúpulos, es uno de esos fenómenos capaces de romper los principios de la física cuántica y dejar a muchas lampreas deportivas sin el refrito de sus propias diatribas. A estas alturas dudar de la capacidad futbolística del Real Madrid es como meter una alpargata en una jaula y esperar a que ésta rompa a cantar, como bien dice mi querido tío Pepe. En fútbol se juega y se juzga, pero conviene saber que los buenos profesionales hacen autocrítica para entender desde dentro la importancia de competir a resultas de ganar o perder, y eso se consigue a base de trabajo y humildad. Por cierto, principal asignatura impuesta dentro de la entidad blanca.
El Real Madrid no es ni mejor ni peor que cualquiera, le avalan, eso sí, sus 120 años haciendo historia y esto más que un simple dato es una virtud dado el palmarés que ostenta. El Madrid compite para ganar por decencia institucional sin subestimar nunca al adversario, y ello forma parte de una filosofía basada en la responsabilidad del privilegio al ser portadores de un escudo con huella estelar. Da igual las generaciones, los aciertos y también los errores, en este club siempre hay cabida para soñar con veteranos y noveles sabedores que por encima de ellos está la elegancia y también la sencillez. Aquí la fama la pusieron otros y es la misma que ponen los que juegan hoy, mañana y los que vengan.
Como ya mencioné, el futbol carece de ciencia exacta sobre el césped, lo que sucede es que la lógica es invertida cuando quien juega es el Real Madrid. Lo hace con la leyenda que atesora y la modestia de sus logros porque no hay mejor dogma que apostar por la fidelidad y el trabajo bien hecho a sabiendas de que la suerte tiene las patas muy cortas cuando te confías y le cedes el balón al contrario. El éxito de este Real Madrid es también el triunfo de un vestuario sin fisuras, desconfiado del ego y llevando a rajatabla aquella máxima de don Alfredo Di Stéfano: de que no hay un futbolista mejor que todos juntos.
Don Florentino Pérez, con quien aún no he tenido tiempo ni oportunidad de tomar café con él, es quien alimenta esta realidad. Su mensaje es unívoco: –“El Madrid es una manera de entender la vida con sus valores”. Es el referente de algo llamado pasado y presente, que a su vez es el futuro mismo. Ya sé que para muchos esto pueda resultar difícil de digerir pero es que el Real Madrid es una entidad en constante movimiento, siempre vuelve, siempre se reinventa. La historia de este club es la que es porque se trata de un ser vivo al que su presidente alimenta a diario ora ganando la liga doméstica, ora ganando la Liga de Campeones, u ora perdiendo contra el contrario; pero él quiere más. Él quiere al Real Madrid, así de fácil y así de sencillo.
Como no soy de hurgar en causas perdidas, me privo de pasar lija. Allá cada cual con su propia felicidad. A pesar de todo aún seguirán los detractores lanzando la eterna pregunta: ¿A qué juega el Madrid? Pues muy sencillo, a la excelencia competitiva y a la cultura del esfuerzo.
Alguien dijo que el fútbol es lo más importante de las cosas menos importantes, pero al menos hemos tenido un par de horas dedicadas a la contemplación de unas cuantas estrellas bajo el cielo de París, incluidas las del Liverpool. Y además lo de Mbappé ya es historia. En fin, lo importante es saber que esto solo es fútbol y así lo seguirá siendo.