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Bochorno en Nueva York

Alejandro Muñoz-Alonso
lunes 29 de septiembre de 2008, 21:18h
A la fuerza nos hemos tenido que acostumbrar al comportamiento habitual del Presidente Zapatero y de la mayor parte de los miembros de su Gobierno (sin olvidar a los capitostes de su partido como Blanco o Pajín), caracterizado por la mentira sistemática, la negación de la realidad, las promesas vacuas, la descalificación de los discrepantes, las rectificaciones sobre la marcha nunca reconocidas o las machadas del tipo “estamos en la champions league”. Lo que empezó en la pasada legislatura –en opinión de muchos la peor de toda la democracia- se ha prolongado en la presente, como era de esperar: Si a una buena mayoría de españoles no les importa que les tomen el pelo y mantienen en el poder a quienes así se comportan, es lógico que éstos estimen que no vale la pena cambiar de conducta. La desfachatez cotidiana ya no sorprende y hasta Solbes, que durante algún tiempo fue considerado como una garantía de seriedad y fiabilidad, no tiene inconveniente en decir en pleno Congreso de los Diputados eso de “nunca hemos negado la crisis”. La trola, por inmensa y desmedida, dejó con la boca abierta a los propios diputados socialistas, mientras los de la oposición estallaban en una incontenible y sonora carcajada. Pero todo eso forma parte del paisaje cotidiano de nuestra vida política y a nadie extraña ya. Como dicen los castizos, “con esos bueyes hay que arar”.

Pero cuando estas prácticas viciosas –que difícilmente se producen en los países serios- se repiten en los escenarios internacionales, como ha ocurrido con el espectáculo montado por Zapatero en Nueva York, el bochorno se hace abrumador. Y la razón es que, en esas ocasiones, no sólo hace el ridículo y queda mal el protagonista del suceso sino España entera, pues estamos hablando del máximo responsable de nuestra vida política, que nos representa a todos, a los que le votaron y a los que no le votamos. Daba una vergüenza mucho más que ajena escuchar al presidente ponderar nuestra situación económica y nuestro sistema financiero como si quienes le escuchaban –que, significativamente, no fueron tantos ni tan distinguidos como se esperaba- fueran unos pardillos. El estilo era parecido al que se usaba en la última etapa del franquismo, cuando Solís se paseaba por Europa dando lecciones políticas y asegurando que los otros países acabarían imitando a aquella España. Las gracietas acerca de sus colegas Sarkozy y Berlusconi aumentaban el bochorno porque suponiendo que fuera cierto eso de que “entre los primeros ministros nos gastamos este tipo de bromas” es más que evidente que tales chanzas burlescas se hacen en privado y sin micrófonos ni cámaras delante. La verdad es que entre esta fotografía neoyorkina de Zapatero haciéndose el gracioso y aquella otra de su patética soledad en la cumbre de Bucarest, habría que quedarse con esta última porque daña menos al prestigio de España. Un prestigio que, desde que Zapatero entró en la Moncloa, está en caída libre. Parece mentira que todavía saque pecho, como hizo también en Nueva York, por la retirada de Irak –que, más bien, fue una vergonzosa huída- sin que nadie le haya dicho que ese es un baldón del que mejor es que no vuelva a hablar. Y no por la retirada en sí, a la que tenía todo el derecho, sino por la forma en que la llevó a cabo, propia de un país bananero y sin dignidad. ¿Cómo se puede decir, además, lo que allí dijo acerca de nuestro sistema financiero cuando todo el mundo sabe que en este mundo globalizado ningún país es una isla a salvo de tormentas? Zapatero confundió el Waldorf Astoria con el mitin de Rodiezmo.

En el discurso que pronunció ante la Asamblea General de Naciones, Zapatero abandonó, por fortuna, el histrionismo, pero nos dio una nueva lección de vacuidad. Ahí está su magno proyecto, la Alianza de Civilizaciones, máximo ejemplo de una cáscara vacía y sin contenido. Todos compartimos la necesidad de ayudar a los países en vías de desarrollo pero la mejor manera de hacerlo es, como decían hace años los polacos, “no nos den ayuda, pero cómprennos nuestras patatas y nuestro carbón”. Y en eso en la UE tenemos todavía mucho que aprender. También puede ser urgente, en estos momentos de crisis internacional, reformar el sistema de instituciones económicas internacionales que provienen de los acuerdos de Bretton Woods de 1944, pero es ridículo que España, que ni siquiera pertenece al G 8, quiera presentarse como punta de lanza del proyecto. Igual que cuando lanzó un plan de paz para el conflicto palestino-israelí. Los faroles y las baladronadas es mejor que los guarde para consumo interno, que ya sabemos tomarlas como merecen. En suma, un viaje que ha servido para hacer más amigos… Por eso el Herald Tribune sacaba en primera el pasado jueves las fotografías de ocho jefes de Estado o de Gobierno, más Ban Ki Moon, que han dicho en Nueva York algo notable sobre las crisis, pero a Zapatero ni se le citaba.

Alejandro Muñoz-Alonso

Catedrático de la UCM

ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular

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