El estadio Metropolitano se teñía de fiesta. Los Rolling Stones arrancaban una nueva gira por Europa: esa, de la que siempre se dice, es la última. Las inmediaciones del lugar vibraban con la esperanza de presenciar uno de esos conciertos que algunos tildan de históricos. Todos, sin excepción alguna, queremos ser protagonistas de los relatos que se cuentan, de aquello que, paradójicamente, deja de ser nuestro para pasar a formar parte del imaginario retórico de la colectividad.
Durante dos horas y cuarto los Rolling Stones ofrecieron un espectáculo más que digno para unos tipos de su edad. La ausencia de Charlie Watts se hizo notar, tanto en el plano nostálgico como en el musical, si bien Steve Jordan tiene una pegada que impulsa a la banda como nunca antes la habíamos sentido. Se dice que hubo un héroe llamado Ulises; seguramente se tenía que apellidar Jagger. No se trata de una exageración: lo de Mick Jagger el pasado miércoles, a sus 78 años, no solo es merecedor de alabanza sino de estudio científico. Es difícil no admirar a Keith Richards y sentir cariño por Ron Wood. Aunque para ellos simplemente seamos unos desconocidos, para nosotros siempre han estado ahí: no los conocemos solo a través de canciones, sino que sabemos que son los mejores compañeros de taberna que se podría tener. A pesar de que flaqueen y sus manos ya no sean las de antaño, ellos siempre acudirían al abrigo de la barra de cualquier bar, los queremos. Y por un instante, gracias a ese inexplicable poder de la música, volvimos a creer que todo podía ser posible, que mañana no tendríamos que retomar muestras pequeñas e insignificantes vidas carentes, la gran mayoría de días, de emoción.
Pero, ¿cuándo pasó todo esto en realidad? Las crónicas “oficiales” dicen que durante la noche del 1 de junio. Y, en efecto, no mienten. 54.000 espectadores se congregaron la noche indicada para disfrutar de un magnífico concierto de los Rolling Stones. Pero aquello a lo que llamamos realidad no es siempre algo objetivo o, al menos, puede contener varios reversos. Toda una red de metáforas, de connotaciones, se esconden detrás de un espectáculo brillante como el de Jagger, Richards y Wood.
Los Stones han disfrutado de unas agradables vacaciones en Madrid durante una semana, tal y como han mostrado a través de sus redes sociales. Es irremediable que durante estos días, los fans más acérrimos de la formación hayan fantaseado con encontrarse por las calles que habitualmente pisan, esas de la cotidianeidad y lo ordinario, de las prisas y el bullicio, con Sus majestades satánicas. Porque quizá en ese bar de la esquina, pintoresco a todas luces para una estrella del rock habituada a los lugares más selectos, podría encontrarse Mick Jagger tomando una cañas, buscando la autenticidad de la Villa y Corte, aquello que no revelan esos lujosos hoteles y restaurantes.
Y como toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son, cabría la posibilidad de que ese fan, esa persona ya entrada en años pero en la que todavía palpitan aquellas sensaciones de descubrir y escuchar a los Stones por primera vez durante la adolescencia, cuando todo descubrimiento, por pequeño que sea, tiene ese sabor que impregna la inocencia, saliera en busca de la banda británica.
Y allí, en el Metropolitano, el pasado 30 de mayo halló a los Rolling Stones al completo. Porque Sixty, la gira que se encuentran realizando no solo habla de longevidad, sino también de esfuerzo y de perseverancia. Si los Stones han llegado donde lo han hecho, más allá del talento innato y de esa suerte necesaria para casi todo en la vida, es porque han trabajado de manera constante a lo largo de estas décadas.
Además de disfrutar de esos días en Madrid con sus familias, la banda se encontraba preparando el inicio del tour, ensayando todo al milímetro.
En lugar de las 54.000 personas congregadas el miércoles, lo hacían, esta vez, un vulgar lunes por la tarde, cuando todavía el sol pareciera impedir a Keith ser persona, apenas unas 15. Los curiosos que se acercaron al lugar pudieron disfrutar, íntegramente, en el mismo orden, de la lista de canciones con la que dos días después, ya de manera oficial, abrieron la gira. La suerte, precisamente esa que los Stones habían buscado cuando eran unos chavales de barrio, premiaba a los que se congregaban aquella tarde. Desde el sector 20 solo se veía hormigón, pero se escuchaba a los Stones. Alejados del tumulto de una gran muchedumbre, la banda ensayaba el que sería su primer concierto de la gira. El propio Jagger, incluso, respondía con tarareos a los coros con los que se arrancaban los allí presentes.
Las crónicas “oficiales” inciden en el bonito homenaje a Charly, en la proyección que tuvo lugar al comienzo del concierto. La “apócrifa”, en cambio, puede hablar también de un grupo de argentinos que acudieron con una bandera de su país con la cara estampada, a gran tamaño, de Watts. Y es que, como rezaba una de las pancartas que portaban, Argentina es la República Stone.
Alguien podría argumentar que solo se trataba de un ensayo, pero no todos los días se tiene la oportunidad de escuchar ensayar a la mayor banda de rock and roll de la historia. Y, quizá, lo importante no es tanto el nombre que le demos, que también, sino la sensación de haber sido un testigo privilegiado, llegando a conocer algunos de los trucos y recursos de los grandes profetas del rock, ya que, incluso, a pesar de la espontaneidad mostrada por la banda el miércoles, la supuesta canción elegida por el público para el concierto de Madrid, Beast of Burden, se encontraba ya estratégicamente colocada en el ensayo del lunes. Porque un espectáculo de esta envergadura se asienta sobre una serie de recursos figurativos que terminan por hacernos conmover hasta el punto de llegar a creer que hablamos el mismísimo lenguaje de los Stones, el del rock and roll. Porque a pesar de que nunca hayamos sabido tocar ni un acorde, lo hacen nuestros sueños.