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TRIBUNA

La vida sigue igual o peor

Juan José Vijuesca
miércoles 29 de junio de 2022, 19:54h

Nos dijeron que la COVID era agua pasada. Y el virus sigue entre nosotros. Nos dijeron que el uso de la mascarilla dejaba de ser obligatorio con ciertas excepciones. Y los contagios aumentan de manera alarmante. Nos dijeron que el problema dejaba de ser controlado por el Ministerio de Sanidad y pasaba a depender de nosotros mismos y de nuestra propia responsabilidad. Y la ministra Carolina Darías se quedó tan contenta dando carpetazo al asunto dejándonos al libre albedrío como pollos sin cabeza.

No satisfecha con eso, doña Carolina anunció que habrá dosis de refuerzo en torno al otoño, pero su propio departamento tuvo que corregir matizando que aún no hay fecha definida. A lo mejor porque ningún país del mundo a día de hoy ha decidido no administrarla de forma generalizada. Es decir, la señora ministra, licenciada en Derecho, que no en Medicina, está en ese limbo de asesores que cobran a destajo, mientras el virus sigue entre nosotros y aumentando de manera exponencial.

Nos dijeron que nada de teletrabajo porque la COVID dejaba de ser enfermedad incapacitante. Se cura sola y además sin necesidad de cuarentena ni aislamiento. No precisa baja médica y el trabajo presencial, según dicen, es la mejor terapia para la economía y la socialización entre trabajadores. De manera que al menor síntoma sospechoso lo más indicado es hacerse el test uno mismo y si es positivo salir a la calle a compartirlo con los demás como si fuera un décimo de lotería de Navidad.

No se preocupen ustedes, históricamente siempre se suele ir a peor. Según dicen los entendidos las secuelas carecen de importancia porque estamos vacunados y con ello los trastornos físicos-psicológicos-económicos se vuelven normales con el tiempo. Nada que no se arregle con un paracetamol. -“Qué suerte Luis José, a lo mejor te quedas sin olfato. Sin ir más lejos mi amiga Menchu ha perdido el gusto. Ahora no distingue un Cabernet Sauvignon de un Don Simón. ¡Qué graciosa está!-

La guerra de Ucrania, por ejemplo, es otro capítulo que nos identifica con la normalización de todo lo que nos cae encima. Mucho embargo, muchas armas de aquí para allá, miles de muertos, torturas, violaciones, crímenes de guerra, familias enteras a la deriva, niños desarraigados, y 125 días después nada ha mejorado la vida de nadie. Por sistema a peor como suele ser. Mientras tanto Putin nos está dando calabazas a base de crear pobreza energética y no solo eso, sino cuando llegue el frío es posible que tengamos la reprimenda por haber vivido todo este tiempo por encima de nuestras posibilidades. De tal manera que la guerra ha dejado de interesar salvo a EE.UU y a China, país éste tan misterioso como reservado en sus apoyos. Y pocos más, porque el resto ya tiene cita con las barbacoas de verano y los espetos de sardinas playeros.

Entre unas cosas y otras el contexto del mercado de abastos se ha puesto tan inaccesible para la cesta de la compra que los expertos nutricionistas aconsejan al consumidor buscar calibres más pequeños y elegir la fruta en su momento justo; es decir, “Señor frutero, quiero una pieza de fruta pequeña, sin hueso para que pese menos y a ser posible que me dure varios días” ¿Recuerdan cuando la Organización Mundial de la Salud cuidaba de nosotros recomendando consumir, al menos, cinco raciones de frutas y verduras al día para mantener una dieta saludable? Pues eso.

Tomen nota de esta palabra: Reduflación” Ya sé que no es muy agraciada en acústica, pero es uno de esos vocablos que los expertos en economía guardan para casos de primera necesidad. Lo venimos sospechando en lo de comer que, como todos sabemos, es una tradición que viene de antiguo; pues la reduflación no es más que un proceso en que ciertas mercancías se reducen en tamaño y cantidad, mientras que sus precios siguen siendo los mismos o aumentan. Y esto es lo que algunos grandes fabricantes han puesto en marcha para marcarse una maniobra con cargo al bolsillo del consumidor. Es decir, menos lonchas de pechugas de pavo en el envase y un euro más caro. Aquí el que no corre vuela y conste que no lo digo por la inocente ave de corral en cuestión, que nada tiene que ver con la denuncia presentada por la OCU ante la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia. De manera que no les extrañe que a la hora de abrir una lata de caballa del sur en aceite de oliva se encuentren su interior vacío con un mensaje del fabricante: “Mala suerte. Siga comprando”

Como podrán comprobar la vida es una simple casualidad, una especie de caja de bombones al estilo Forrest Gump. Es el sino de una especie humana acostumbrada a que todo sigue igual con garantías de empeorar, lo que sucede es que después del primer trago nos importa todo un carajo, sea lo que sea.

Les dejo que tengo cita en la peluquería. Por si acaso me llaman los de la OTAN.

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