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Archipiélago Gulag

miércoles 01 de octubre de 2008, 23:19h
Cuando en 1973 se publicaba en París la obra magna de Aleksandr Solzhenitsyn, muchos intelectuales de izquierda hubieron de enfrentarse a sus vergüenzas, aunque más de uno –y aún hoy- volviese la vista a otro lado. Es comprensible. Nadie que abra las páginas de “archipiélago GULAG” sentirá placer o alegría. Antes al contrario, las sensaciones que evocan los recuerdos del autor y los testimonios de 224 supervivientes de uno de los mayores horrores que ha conocido la humanidad conducirán al lector a un estado de angustia brutal. GULAG es un acrónimo referido a la Dirección General de Campos de Trabajo, maquinaria ideada por Stalin para llevar a cabo su feroz represión. En una palabra, campos de exterminio.

Poco se sabe hoy. Quizá porque a la izquierda nunca le ha gustado mucho airear sus miserias, y precisamente por eso el nombre del Premio Nóbel ruso –al que las autoridades soviéticas le obligaron a renunciar- ni se menciona en colegios y universidades. Solzhenitsyn era un joven oficial del Ejército Rojo que, a finales de la Segunda Guerra Mundial, tuvo la fatal ocurrencia de escribir a un amigo. Referencias al día a día en el frente y poco más; nada importante en cualquier caso. Pero cometió el error de referirse a Stalin como “el bigotes”, y eso le costó 8 años de reclusión. Su crimen, “opiniones antisoviéticas”. La última parte de su condena, por mor de sus conocimientos como físico, matemático e historiador, la pasó en un centro de desarrollo científico, pero en condiciones igualmente penosas.

¿Y cuáles eran esas condiciones? Su solo recuerdo pone los pelos de punta. Torturas que sonrojarían a la mismísima Inquisición. Degradación moral. Nulo contacto con el mundo exterior; ni familia, ni amigos, ni noticias. Nada. Sólo palizas, hambre y frío. Delitos ridículos, surrealistas. Se detallan casos como el de una pescadera que envolvió un besugo con unas hojas de periódico en las que, desafortunadamente para ella, aparecía una foto de Stalin. Semejante desprecio fue castigado con 15 años de reclusión. O aquel destacado miembro del Partido Comunista de Minsk, que fue el primero en dejar de aplaudir un discurso del camarada Stalin. Lo pagó con 25 años, y un consejo del fiscal: “la próxima vez, no sea el primero en dejar de aplaudir”. En los campos se hacinaban en apenas 10 metros cuadrados hasta 20 hombres. Presos políticos y delincuentes comunes, todos juntos. Eso sí, había clases. Los ladrones o “cofrades” eran los reyes del GULAG, y llegó a darse el caso de un grupo de delincuentes depravados a los que se entregó, para su diversión, a un puñado de niños, hijos de “reos de delitos de opinión contra la Madre Rusia”. Es todo tan aberrante que su sola mención deprime. Pero hace falta que se sepa, igual que se publicitan los horrores de Hitler o Pol Pot. Fundamentalmente, porque Stalin lo hizo en nombre del socialismo. Y hoy hay quien todavía mira hacia aquello con cierta nostalgia.

Antonio Hualde

Abogado

ANTONIO HUALDE es abogado e investigador de la Fundación Ortega y Gasset

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